Tiempo Límite 23
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El estruendo de un motor al límite desorienta al mercenario, y el haz de su linterna se aparta de mi cara y regresa al centro del callejón. Me asomo un milisegundo por el borde del portal, con el hierro roto aferrado en la mano derecha.

Unos faros halógenos, amarillos y potentes, cortan la penumbra a toda velocidad.

Un Skoda Octavia negro y amarillo, el clásico taxi de Barcelona, entra en el callejón derrapando marcha atrás.

El conductor maneja el volante con una agresividad salvaje: golpea un contenedor de basura de plástico, lo arrastra un par de metros contra la pared de piedra y clava los frenos justo delante de mi portal, levantando una nube de humo blanco y olor a ferodo quemado.

La carrocería del taxi hace de escudo perfecto, taponando el pasadizo y ocultándome de la línea de visión de los mercenarios.

—¡Fuego! ¡Fuego! —braman al fondo de la calle, y el tableteo de los subfusiles estalla de nuevo.

Los proyectiles impactan contra la chapa de acero del maletero con un repiqueteo metálico ensordecedor —¡clack, clack, clack!

— y la luneta trasera salta en mil pedazos, lloviendo cristales rotos sobre los asientos.

La ventanilla del conductor baja de golpe. Un hombre canoso, de unos cincuenta y tantos años, asoma la cabeza por el hueco, con los ojos abiertos por la adrenalina pero las manos firmes sobre el volante. Su rostro me resulta completamente desconocido.

—¡Sube, nena! ¡Sube si no quieres que te dejen como un colador! —me grita a pleno pulmón, con un acento barcelonés cerrado que retumba dentro del coche.

No sé quién es. No sé por qué está aquí. No sé por qué acaba de meter un taxi entre esos hombres y yo.

Solo sé que acaba de salvarme la vida.

—¡Quim! ¡Mueve este cacharro antes de que nos conviertan en queso gruyère! —grita una voz por la radio del taxi.

El hombre golpea la radio con la mano abierta.

—¡Calla, Toni, que estoy trabajando!

Entonces me mira por el retrovisor.

—Quim, por cierto. Y tú debes de ser la chica que está haciendo correr a media Barcelona esta noche.

No tengo tiempo para preguntarme cómo demonios sabe eso.

No me lo pienso. Suelto el hierro roto de la moto y aprieto el maletín contra el pecho con un brazo mientras busco un hueco para moverme. La mochila rígida de reparto queda abandonada en el suelo del portal, entre los restos de la scooter y la piedra medieval.

—¡No tengo la puerta libre! —le grito, señalando el espacio de apenas veinte centímetros que queda entre el lateral del taxi y el marco de piedra del portal. El coche me ha bloqueado la salida.

—¡Por el capó, nena, muévete! —brama Quim, metiendo primera.

El coche da un tirón hacia delante, ganando apenas medio metro, el espacio justo para que la puerta trasera izquierda se encaje contra mi portal.

Uso la poca fuerza que me queda en la pierna derecha, apoyo las manos en la chapa caliente del vehículo y arrastro mi muslo ensangrentado sobre el asiento trasero, desplomándome en el interior del taxi justo cuando una nueva ráfaga de balas perfora la puerta metálica que acabo de cerrar a mi espalda.