Tiempo Límite 22
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Tengo a los hombres de Barcino tan cerca que huelo el sudor rancio de su equipamiento militar y el aceite de sus armas.

Mi teléfono sigue mudo; el pinganillo solo escupe un siseo de estática que me taladra el tímpano izquierdo.

Marc está ciego en su sala de control y yo estoy vendida en este portal de piedra.

Si van a sacarme de aquí con los pies por delante, juro que no se lo voy a poner fácil.

Me deslizo un palmo más hacia el fondo del portal, tentando las sombras con los dedos, hasta que mi mano derecha choca contra un fragmento pesado y afilado de mi scooter: el soporte de acero del espejo retrovisor izquierdo que saltó por los aires en el parking del hotel.

El espejo está hecho trizas, pero la barra metálica termina en un ángulo roto, astillado, con una arista de metal de diez centímetros tan afilada como un bisturí.

La empuño con fuerza, envolviendo la base con la lona desgarrada de mi chaqueta de reparto para que el metal no me rebane los propios dedos. Siento el frío del acero contra la palma. Es un arma de mierda frente a sus subfusiles, pero es todo lo que tengo.

—Aquí hay sangre —dice una de las voces, y sus pasos se detienen justo frente a mi portal—. Se esconde aquí. Está herida.

—Cerrad el pasillo —ordena otra voz desde el centro del callejón—. Entrad con todo. Si se resiste, fuego a discreción. El maletín aguanta los impactos de calibre corto. Ella no.

Escucho el crujido del seguro de un arma al liberarse, el sonido metálico y seco del click, y las pulsaciones se me disparan a doscientas.

Me pego a la pared de madera, flexiono la pierna derecha y alzo el hierro roto a la altura de mi hombro.

Voy a esperar a que el primer cañón asome por el marco de piedra.

Voy a clavarle el acero en la garganta, justo en el hueco que deja el chaleco antibalas por encima de la clavícula.

Es un movimiento sucio, de supervivencia, de los que aprendimos en la UME cuando no había espacio para dudar.

La luz de la linterna táctica empieza a girar hacia el interior de mi nicho, recortando las texturas de la piedra. Puedo ver la punta de una bota militar asomando a ras de suelo.

Cierro los ojos un instante y dejo de respirar. Todo se reduce al peso del hierro en mi mano, al sonido de la bota acercándose y al ángulo exacto que necesito.

Justo cuando la silueta del mercenario se recorta en la entrada de mi portal, un rugido brutal, agudo y ensordecedor rompe el silencio del Barrio Gótico, haciendo vibrar las piedras centenarias. El eco de unos neumáticos quemando goma de forma salvaje rebota en las paredes del callejón desierto.