Tiempo Límite 21
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La pared de piedra del callejón está helada contra mi espalda. Sigo con el maletín de titanio apretado contra el pecho y la linterna táctica empuñada como un arma, pero la adrenalina empieza a abandonarme y el cuerpo me pasa  factura.

La pierna izquierda me arde. El corte del muslo, abierto por la caída, vuelve a sangrar bajo el pantalón de reparto. Intento cambiar ligeramente el peso para incorporarme y un latigazo de dolor me obliga a contener un gemido.

Aprieto los dientes y obligo a mis pulmones a obedecer. Cuatro segundos de aire. Cuatro segundos reteniéndolo. Cuatro segundos hasta que el presente vuelve a ocupar el lugar del pasado

La piedra fría contra mi espalda no es hormigón. El olor húmedo del callejón no es polvo de derrumbe. Los pasos que se acercan no son los de mis compañeros atrapados. Son ellos.

Si me encuentran tirada en el suelo como un fardo, estoy muerta.

Intento incorporarme apoyando la mano libre contra la piedra del portal, pero la pierna izquierda falla y vuelvo a caer de rodillas. No puedo correr. No puedo enfrentarme a tres hombres armados en campo abierto.

Aprieto el maletín contra el pecho y miro alrededor buscando una salida mientras las luces de sus linternas se acercan.

A través de la raja que dejó la bala, veo el  parpadeo de la luz naranja.

Los dígitos del marcador digital vibran, desdibujándose.

El contador marca 134:12, pero el maldito chip de integridad está zumbando de una forma mucho más aguda que antes.

El impacto ha llevado el sistema de protección interna al límite.

Llevo una bomba de microondas que puede freírme las tripas a la mínima sacudida.

Un haz de luz blanca pasa a escasos centímetros de mi bota derecha.

—¡Movimiento al fondo! —grita una voz ronca a la vuelta de la esquina—. ¡He visto un reflejo en la lona! ¡Avanzad en abanico!

Me hundo más en el hueco oscuro del portal, encogiendo las piernas todo lo que el dolor me permite, y aprieto el maletín de titanio contra el pecho, usando mi propio cuerpo como escudo.

La luz de una de las linternas barre la madera vieja del portal, pasando de largo por encima de mi casco por apenas unos palmos.

Me quedo inmóvil, con los ojos muy abiertos en la penumbra, escuchando el roce de sus chalecos tácticos contra la piedra a menos de diez metros de mi escondite.