20
Me quedo inmóvil sobre el suelo de piedra.
Durante unos segundos eternos, el dolor es tan difuso que no sé qué parte de mi cuerpo está rota.
El labio me sabe a sangre y tengo la rodilla izquierda ardiendo por el roce contra el suelo, pero fuerzo a mis pulmones a expandirse: inhala en cuatro, retén en cuatro.
El aire me entra con un pinchazo agudo en las costillas, pero los huesos aguantan. Estoy entera.
Me arrastro sobre los codos, apartándome de la columna. El pinganillo está totalmente muerto —el golpe ha arrancado el terminal del anclaje y el pinganillo solo devuelve estática muerta—, y estoy incomunicada. Sin Marc, sin moto y con la pierna herida.
—La mochila —susurro, y el pánico real me muerde el estómago.
Busco a tientas en la penumbra del callejón, arrastrando la pierna izquierda, hasta que a tres metros de mí, entre los restos plásticos del carenado de la scooter, distingo la forma rectangular de la lona negra. Me acerco a gatas y hundo las manos en las correas.
El cristal líquido de la pantalla del maletín de titanio parpadea con una luz naranja intermitente y furiosa.
El zumbido interno se ha vuelto más agudo, más rápido.
El contador marca 135:00, pero los dígitos vibran: la deceleración brutal del accidente ha comprometido el núcleo térmico del maletín.
Llevo una bomba de microondas que puede estallar a la mínima sacudida.
Un sonido lejano me hace congelar la respiración.
Tap, tap, tap. Pasos rápidos. Botas tácticas pesadas golpeando el suelo de piedra desde el final de la calle de la Pietat.
Las linternas de alta intensidad de los operativos a pie de Barcino comienzan a cortar las esquinas del callejón, barriendo las fachadas góticas con sus conos de luz blanca.
Nos separan menos de cien metros. Están buscando mi cadáver.
Intento ponerme en pie apoyándome en la pared de piedra del Palacio de la Generalitat, pero la pierna izquierda me falla, y suelto un gemido entre dientes antes de volver a caer de rodillas.
El laberinto del Gótico se ha convertido en un callejón sin salida.
Tengo a los mercenarios de Barcino avanzando en abanico por el pasaje y una bomba incendiaria en las manos. No puedo correr. No puedo esconderme.
Desgarrando la lona con los dedos, meto la mano en la mochila rígida y extraigo el maletín de titanio.
Lo abrazo contra el pecho, protegiendo el núcleo térmico con mis propios brazos mientras pego la espalda contra el muro de piedra, en las sombras.
Saco la linterna táctica que le robé al guardia del parking del cinturón y la empuño al revés, usándola como un mazo improvisado.
Si van a cazarme aquí dentro, el primero que asome la cabeza por el callejón se va a llevar un golpe en el tabique que le apagará las luces.
Los haces de luz blanca de sus armas cortan el aire a escasos diez metros de mi posición. Puedo escuchar el roce de sus chalecos tácticos contra la piedra. El corazón me va a mil por hora.
—Aquí hay restos de aceite —dice una voz armada a la vuelta de la esquina—. La moto se ha estrellado contra el cable. Está cerca. Buscad en los portales.
Cierro los ojos, pego la nuca al frío de la pared medieval y contengo el aire. Que vengan.