Tiempo Límite 19
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La voz de Marc me llega por el pinganillo sepultada en un mar de estática, pero entiendo el mensaje, y giro a la izquierda de golpe.

La scooter derrapa sobre las losas de piedra que bordean la Catedral, esquivando los andamios de una fachada en restauración, mientras el motor ruge en una vibración agónica que rebota contra los muros góticos.

Acelero por el pasaje oscuro. No hay farolas encendidas; mi único mundo es el cono de luz pálida que proyecta el faro delantero de mi scooter.

De repente, un destello extraño me corta la respiración: a menos de cinco metros de distancia, el haz de luz de mi faro se refleja en una línea horizontal perfecta, delgada y brillante, suspendida en mitad del callejón desierto.

Un cable de acero. Está tensado de lado a lado entre dos farolas de hierro fundido, exactamente a la altura de mi cuello. Una guillotina invisible en la penumbra.

Mi mente militar calcula el vector de impacto en una milésima de segundo.

Si freno en línea recta, saldré despedida por encima del manillar y el cable me alcanzará antes de tocar el suelo.

No puedo saltar. No puedo agacharme lo suficiente a esta velocidad.

Solo queda una opción: tirar la moto antes de llegar al cable.

Fuerzo un violento volantazo a la izquierda a la vez que piso a fondo el pedal del freno trasero, bloqueando la rueda por completo.

La scooter se cruza de lado sobre las losas húmedas de piedra, y clavo el talón de mi bota militar contra el suelo, empujando el chasis de la moto hacia la derecha, obligándola a tumbarse.

La scooter cae con un estruendo metálico brutal.

¡Clang! El carenado de plástico se desintegra contra el suelo, levantando una cortina de chispas que ilumina las paredes del callejón, y yo caigo justo detrás del vehículo, usándolo como un escudo de metal y plástico en movimiento.

Nos deslizamos juntos a ras de suelo por la piedra resbaladiza, directos hacia la trampa.

La moto impacta primero contra el cable tensado.

El acero cede un centímetro antes de arrancar el manillar y la horquilla delantera de cuajo, y la scooter sale despedida hacia un lado en un amasijo de hierros retorcidos.

Mi cuerpo pasa por debajo del cable por escasos centímetros.

Extiendo los brazos por puro reflejo, abrazando la mochila antes de que golpee contra la piedra.

El maletín de titanio choca contra la chapa interior con un estruendo metálico que me hiela la sangre.

Ruedo sobre mí misma una, dos, tres veces, golpeándome los codos y las costillas contra los escalones de piedra del pasaje, hasta que me detengo en seco contra la base de una columna medieval.

El silencio regresa de golpe al callejón. El motor de mi scooter da un último suspiro ahogado y muere. El faro delantero se apaga. Nos quedamos en la más absoluta oscuridad de la noche de Barcelona.