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—Mía, responde. ¡Mía!

Golpeo con el puño cerrado la superficie metálica de la mesa de control.

Nada. Solo estática, un ruido blanco y sordo que me taladra el auricular.

En mis pantallas gigantes, el icono digital de su teléfono parpadea de forma errática sobre el plano del Barrio Gótico antes de congelarse por completo.

Se ha metido bajo el puente de la calle del Bisbe, y la piedra medieval y las paredes de los palacios públicos acaban de engullir su señal.

Estoy completamente ciego.

Me paso las manos por la cara, empapado en sudor frío, y miro los treinta monitores que me rodean en el Centro de Gestión de la Movilidad.

Todas las cámaras de la zona de la Catedral muestran pantallas en negro o bucles de estática digital: los ingenieros del Proyecto Barcino están ganando la guerra informática en este sector, capando los servidores municipales barrio por barrio.

—No voy a dejar que te maten a ti también —mascullo entre dientes, fijando los ojos en el terminal secundario.

Si no tengo ojos, tendré que usar los oídos.

Abro una consola de comandos antigua, una línea de código del sistema de seguridad pública que el ayuntamiento instaló hace tres años para medir la contaminación acústica y detectar peleas nocturnas en las zonas turísticas: los sensores de ruido urbano, micrófonos de alta sensibilidad ocultos en las farolas y las fachadas del centro histórico.

Todavía son analógicos. Barcino no los ha capado porque ni siquiera recuerdan que existen.

Tecleo la IP del nodo del Gótico y calibro la frecuencia, y de inmediato un mapa de ondas sonoras se despliega en mi pantalla central.

Fiuuuu.

El sonido ambiente de la noche barcelonesa entra por mis auriculares: el silbido del viento marino colándose entre las gárgolas, el zumbido lejano de un generador eléctrico moribundo y, de repente, una vibración rítmica y ascendente que hace saltar los gráficos de decibelios en el sensor de la calle Pietat.

Un motor de dos tiempos al límite. La scooter de Mía.

—Te tengo —susurro, enderezándome en la silla—. Sigues viva.

Acerco el micrófono de diadema a mi boca y aprovecho la misma red analógica de sensores acústicos para inyectar mi voz en el viejo canal municipal de emergencias. Una reliquia demasiado antigua para que Barcino se molestara en monitorizarla.

—Mía, si me oyes, no hables, solo escucha —le digo, con el tono más firme que consigo fingir mientras sigo la onda de su motor en la pantalla—.

Estás cruzando los callejones detrás de la Catedral.

No salgas a la Via Laietana. Mis sensores detectan tres frecuencias de radio encriptadas moviéndose a pie por la plaza de Ramon Berenguer.

Te están esperando en la salida principal.

El gráfico del ruido muestra una súbita deceleración. Ha frenado. Sabe que la Vía Laietana es una emboscada.

—Gira a la izquierda —le ordeno, siguiendo el dibujo de las ondas en el mapa de piedra—.

Métete por el pasaje que bordea los muros de la Catedral.

Hay un punto ciego que conecta con las escaleras de la plaza Nova.

Si logras cruzarlo, te abriré una ruta hacia el norte de la ciudad.

Vete ya, nena. Los micrófonos de la calle del Bisbe acaban de registrar pasos rápidos.

Los mercenarios de Barcino van detrás de ti a pie.