Tiempo Límite 17
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Cruzo el arco de piedra y salgo a la inmensidad de la plaza de Sant Jaume, y el espacio abierto se siente, de golpe, como una trampa.

A la izquierda, la fachada gótica del Ayuntamiento; a la derecha, la del Palau de la Generalitat.

Ambos edificios están completamente a oscuras, como dos gigantes de piedra mudos presenciando el fin del mundo.

No hay un alma, y el silencio es tan espeso que el motor de mi scooter suena como una motosierra en mitad de una iglesia.

De repente, un dolor agudo e hiriente me muerde el muslo izquierdo.

Suelto un gruñido, perdiendo por un segundo el control del manillar, y miro hacia abajo de reojo: mi pantalón de reparto está empapado en un líquido oscuro y pegajoso.

El corte que me hice con los cristales en la suite del hotel se ha abierto de par en par por el esfuerzo físico de la huida, y la sangre caliente me empapa ya el calcetín.

El chasquido seco de un disparo de alta precisión rompe la noche.

No hay silenciador esta vez, y el eco reverbera contra las fachadas de la plaza como un trueno.

A escasos centímetros de mi rueda delantera, el suelo de piedra salta hecho pedazos: un proyectil de calibre pesado levanta una nube de esquirlas que impacta contra el carenado de la moto.

—¡Tirador! —le grito a Marc, inclinando el cuerpo al máximo mientras hago zigzags desesperados sobre el suelo pulido de la plaza—. ¡Está en una de las azoteas!

—¡Mía, muévete! ¡No te quedes en el centro! —la voz de Marc llega distorsionada por las interferencias, como si hablara desde el fondo de un pozo—. Es un francotirador perimetral de Barcino. Tienen la plaza cubierta.

El segundo disparo impacta contra la caja trasera de la scooter, y la fuerza del golpe empuja la moto hacia delante, obligándome a sacar un pie para estabilizar la scooter.

El maletín de titanio que llevo dentro de la mochila rígida vibra contra mis rodillas, emitiendo un zumbido sordo.

La puta bomba incendiaria. Si una de esas balas toca el núcleo, me desintegro aquí mismo.

La detonación del rifle me golpea los oídos y, de golpe, el aire se vuelve espeso.

Huelo a humo químico. Escucho los gritos de mi antiguo equipo de la UME atrapado en el túnel colapsado de la AP-7.

Las luces rojas de la plaza parpadean y mi cerebro decide que ya no estoy en Barcelona.

El TEPT me bloquea los músculos, y mis manos se congelan sobre el freno, agarrotadas por el pánico del pasado.

Voy a detenerme en mitad de la plaza. Voy a dejar que me maten.

—¡Mía! ¡Mía, reacciona! —el grito de Marc me estalla en el pinganillo, rompiendo la alucinación—. ¡Inhala en cuatro! ¡Retén en cuatro! ¡Hazlo ya o te vuela la cabeza!

El protocolo de la UME. Su voz me ancla a la realidad. Fuerzo a mis pulmones a llenarse de aire frío, mantengo el aire, exhalo de golpe, y el hiperfoco regresa como un bofetón de agua helada. El tirador está recargando; escucho el cerrojo metálico a lo lejos.

Tengo cinco segundos antes del próximo disparo.

Delante de mí, al norte de la plaza, se abre la entrada oscura de la calle del Bisbe, estrecha, flanqueada por edificios altos que anularán el ángulo de visión del francotirador desde el tejado.

Giro el puño del acelerador a tope. El motor gime, la rueda trasera tracciona sobre la piedra y me lanzo de cabeza hacia la boca del callejón justo cuando el tercer disparo perfora el asfalto que acabo de dejar atrás, levantando una cortina de chispas a mi espalda.