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No hay sitios seguros en Barcelona esta noche, pero el instinto me obliga a apartarme de las grandes avenidas iluminadas, así que giro a la izquierda de forma violenta, dejando atrás el asfalto ancho de la Via Laietana para sepultarme en las primeras calles del Barrio Gótico.
La moto derrapa sobre las losas de piedra desgastadas y húmedas, y alrededor de mí las paredes medievales de los edificios se alzan altas y opresivas, estrechando el espacio hasta convertir la calle en un pasadizo sombrío.
Aquí dentro la oscuridad es casi total —el Proyecto Barcino sigue devorando la red eléctrica y las farolas de los callejones están muertas—, y solo el faro de mi scooter corta la penumbra.
—Marc, ya estoy dentro —le digo al micrófono, bajando la velocidad a cuarenta kilómetros por hora, porque es imposible ir más rápido sin estamparse contra una esquina ciega—. ¿Me recibes? El maletín ha dejado de pitar, pero la pantalla parpadea en un tono naranja que no me gusta nada.
—Te escucho con mucha estática, Mía —la voz de Marc entra entrecortada, sepultada por un zumbido de fondo—.
Las estructuras de piedra del Gótico hacen rebotar las frecuencias.
Estoy perdiendo tu posición GPS. Las cámaras de tráfico de estas calles son antiguas, analógicas...
No tengo ojos ahí dentro. Estás a ciegas.
—A ciegas estamos los dos. Dime qué hacemos con este paquete. Dijiste que teníamos que hablar.
—El chip de integridad que ha saltado con el disparo...
—Marc duda un segundo, y escucho el chasquido de sus dientes al morderse el labio—.
No es un simple disco duro, Mía. Si el blindaje de titanio recibe otro impacto directo o una deceleración brutal, el núcleo térmico del maletín iniciará un formateo por microondas.
Se quemará todo. Los datos desaparecerán, pero la deflagración te va a arrancar las piernas.
Llevas una puta bomba incendiaria entre las rodillas.
Un escalofrío me recorre la columna, borrando de golpe el calor de la adrenalina, y cruzo la explanada de la Plaza del Rey en silencio, con el peso de la mochila transformado ahora en una amenaza de muerte.
—Sants sigue siendo el único destino —continúa Marc, con un tono que transmite una impotencia absoluta—. La taquilla 104 tiene un supresor de carga estática. Si logras meterlo ahí y cerrar la puerta, el núcleo se estabilizará. Pero tiene que llegar intacta.
Un destello blanco cruza mi espejo retrovisor.
No es un coche: es el haz de una linterna táctica acoplada a un arma larga.
Al fondo del callejón, dos siluetas con chalecos antibalas y cascos de asalto asoman desde la esquina de la calle Ferran.
No son los trajes negros del hotel. Estos llevan uniforme táctico militar, limpio, sin insignias.
Los mercenarios de campo del Proyecto Barcino.
—¡Marc, tienen patrullas a pie dentro del barrio! —le grito, inclinando la moto para meterme por el pasaje más estrecho que encuentro—. Conocen los puntos de fuga.
—Saben que los todoterrenos no entran en el Gótico, así que han vallado las salidas a pie —responde Marc, mientras la estática de la línea aumenta—.
Mía, muévete hacia el oeste. Busca la Plaza de Sant Jaume.
El Ayuntamiento tiene una red de subestaciones subterráneas que todavía no han podido capar.
Si llegas allí, podré volver a mapear tu ruta.
Acelero el paso, sorteando los contenedores de basura y las mesas plegadas de las terrazas de los bares, mientras el laberinto de piedra se cierra sobre mí y el eco de unos pasos rápidos que corren a mi espalda me advierte que la caza a pie acaba de comenzar.