Tiempo Límite 15
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—Sigue recto por el paseo, no gires todavía —la voz de Marc suena tensa, pero recuperada—. Te voy a sacar de la Barceloneta antes de que te acorralen contra el mar.

—¿Hacia dónde?

—Ronda Litoral. Es tu única salida hacia avenidas más anchas donde puedo maniobrar mejor con el tráfico. Pero hay un problema: el cruce de acceso tiene semáforo, y Barcino controla la centralita de todos los semáforos de la zona portuaria.

—Genial. O sea que también pueden ponérmelo en rojo cuando yo llegue.

—Van a intentarlo —dice Marc—. Y yo voy a impedir que lo consigan. Dame diez segundos.

El paseo se abre hacia la avenida, y al fondo distingo ya el brillo verde del semáforo que da paso a la Ronda Litoral. Un camión de reparto matinal, de los que abastecen los mercados antes del amanecer, avanza pesado por el carril contrario, directo hacia el mismo cruce.

—Marc, hay un camión.

—Lo veo. Eso es bueno para ti y muy malo para quien te sigue, si llegas a tiempo.

El todoterreno se pega de nuevo a mi rueda trasera, y oigo el chasquido metálico de otro cargador encajando en el arma por la ventanilla bajada.

—Diez segundos ya no me sirven, Marc.

—Tres —responde él, con el tecleo casi ilegible de la velocidad—. Dos.

El semáforo parpadea. Por una fracción de segundo se queda en ámbar, dudando, como si algo estuviera peleando por decidir su color desde dentro de un servidor a varios kilómetros de aquí.

—Uno.

Se pone verde.

Cruzo el carril sin frenar, con el corazón subiéndome a la garganta, justo cuando el camión entra en el cruce desde el lateral.

No miro atrás para comprobar si el todoterreno me sigue de cerca; lo sé por el sonido: el frenazo brutal de sus neumáticos, el bocinazo furioso del camionero, el golpe metálico de un impacto que no llego a ver pero que siento en el estómago como si fuera mío.

—¡Lo tienes! —grita Marc, y esta vez no disimula el alivio—. El camión se lo ha comido entero. El todoterreno está parado en mitad de la Ronda Litoral con el morro hundido. No te van a alcanzar en un rato.

Reduzco la velocidad por primera vez en varios minutos, dejando que el aire frío me llene los pulmones. Las manos me tiemblan sobre el manillar, y esta vez no es por ningún recuerdo de la AP-7. Es solo miedo, limpio y presente.

—Marc —digo, con la voz todavía quebrada—. El maletín sigue pitando.

—Lo sé —responde él, y algo en su tono ha cambiado, se ha vuelto más grave, más cauto—. Necesito que pares en algún sitio seguro. Tenemos que hablar de lo que llevas encima antes de que decidas seguir hasta Sants.