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El segundo todoterreno esquiva los restos del primero sin apenas reducir la velocidad, salta el bordillo del paseo con las dos ruedas en el aire durante un instante, y aterriza de nuevo sobre el asfalto ganándome terreno con una facilidad que me hiela la sangre.
—Marc, el segundo no ha caído en la trampa —grito, sin apartar los ojos del espejo retrovisor que me queda.
—Lo sé, lo estoy viendo —responde él, con el tecleo frenético de fondo que no cesa—. No puedo activar los mismos bolardos dos veces seguidas, necesitan recarga hidráulica. Dame unos segundos.
No tengo segundos. Una ventanilla del todoterreno baja con un zumbido eléctrico, y un cañón asoma por el hueco, corto, compacto, apuntando directamente a mi espalda.
—¡Van a disparar! —grito, sin saber muy bien a quién se lo digo.
El primer disparo pasa silbando a mi izquierda, tan cerca que noto el desplazamiento de aire contra la mejilla, y zigzagueo instintivamente, rompiendo la línea recta que me convierte en blanco fácil.
El segundo disparo impacta contra el asfalto a mi derecha, levantando una lluvia de chispas y grava.
El tercero alcanza la mochila. El impacto retumba entre mis rodillas como un mazazo metálico y un pitido agudo, electrónico, me perfora los oídos por encima incluso del rugido del motor.
Bajo la vista apenas un instante, sin dejar de acelerar: un hilo de humo gris se escapa por un agujero en la lona, justo donde descansa el maletín de titanio.
No parece haberlo atravesado, pero algo dentro se ha activado.
—Marc, el maletín está pitando —jadeo, con el pánico subiéndome por la garganta—. ¿Qué coño significa eso?
Un silencio al otro lado de la línea. Demasiado largo.
—Marc.
—Es una alarma de integridad —responde por fin, y por primera vez su voz suena tan asustada como la mía—. El maletín registra daño estructural. Si el impacto ha comprometido el núcleo... Mía, escúchame, no puedes dejar que te alcancen otra vez. Ese blindaje no va a aguantar un segundo golpe.
El todoterreno vuelve a ganar distancia a mi espalda, y el cañón asoma de nuevo por la ventanilla.
—Entonces dime por dónde tengo que ir —grito—, porque no pienso frenar para preguntártelo dos veces.