12
La recta que pasa junto al Hospital del Mar se abre ante mí, vacía y mal iluminada, y apuro el acelerador arañando los últimos kilómetros por hora que le quedan al motor de segunda mano.
A la derecha, la fachada del hospital parpadea con las luces de emergencia de siempre; a la izquierda, el paseo se pierde en la oscuridad hacia la Villa Olímpica.
No lo veo venir hasta que es demasiado tarde.
El golpe me llega por detrás, seco y brutal, directo a la rueda trasera.
El todoterreno negro me ha alcanzado sin que el rugido de su motor se distinguiera del mío, y la scooter da un latigazo hacia la izquierda mientras el asfalto se emborrona bajo la rueda delantera.
Durante un segundo entero creo que voy a besar el suelo a ochenta kilómetros por hora.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.
Desplazo el peso hacia el lado contrario del derrape, clavo la rodilla interior casi rozando el asfalto y suelto el acelerador sin tocar el freno.
Los reflejos aprendidos años atrás toman el mando.
La moto protesta, se endereza a duras penas, y logro devolverle las dos ruedas a la línea recta.
—¡Mía! —la voz de Marc me atraviesa el oído, alarmada—. ¿Qué ha sido eso?
—Me han dado —jadeo, sin aliento, sin atreverme a mirar atrás—. Siguen aquí.
El todoterreno vuelve a ganar terreno, su parachoques reforzado a un metro escaso de mi rueda trasera, y sé que si me toca de nuevo, con la rueda ya castigada, no voy a poder enderezar una segunda vez.
A mi derecha, una acera ancha del hospital se abre entre bolardos de piedra, demasiado estrecha para un todoterreno pero perfecta para una scooter.
Giro el manillar sin pensarlo dos veces y salto el bordillo con el cuerpo en tensión.
Las ruedas rebotan sobre las baldosas, esquivo un contenedor de basura por centímetros y gano metros de distancia mientras el todoterreno se ve obligado a frenar en seco, buscando un hueco por el que colarme sin encontrarlo.
Respiro. Solo un segundo. Sé que no va a durar.