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El aire helado del Mediterráneo me azota la cara como un latigazo, y no tengo tiempo de abrocharme la correa del casco: se me mueve sobre la cabeza a cada bache del paseo de la Barceloneta mientras acelero a fondo.
El velocímetro digital de la scooter sube a setenta, ochenta kilómetros por hora sobre las baldosas peatonales, y sé que si pillo una mancha de humedad o la arena que el viento arrastra de la playa, la rueda delantera patinará y me romperé el cuello contra las palmeras.
Pero no tengo alternativa. El rugido de un motor de gran cilindrada resuena a mi espalda, devorando la distancia.
Miro por el espejo retrovisor derecho —el izquierdo se ha quedado hecho trizas en el aparcamiento— y veo la silueta masiva del todoterreno negro superviviente, que ha saltado el bordillo del hotel.
Sus luces de xenón barren el paseo de madera, iluminando la lona reflectante de mi chaqueta como si fuera un faro.
—Mía, mantén el rumbo norte por el Paseo Marítimo —la voz del hacker entra limpia por el pinganillo, amortiguada por el estruendo del viento—. Olvídate de meterte por las calles interiores de la Barceloneta todavía. Te están esperando.
—¿Cómo que me están esperando? —le grito al micrófono, pegando el pecho al manillar para ofrecer la menor resistencia posible al aire.
—He recuperado el acceso a las cámaras de la red de autobuses urbanos de TMB —explica él, con el repiqueteo salvaje de sus dedos contra el teclado de fondo—.
El Proyecto Barcino ha desplegado dos furgonetas tácticas en la calle Pepe Rubianes y otra en el Paseo de Joan de Borbó.
Si te metes en el barrio, te vas a chocar de frente contra un muro de hormigón y hombres armados.
Tienes que seguir recto hacia la Villa Olímpica.
—¡Oye! ¿Cómo coño te llamas?
Hay una décima de segundo de silencio.
—Marc.
—Pues, Marc, más te vale que tengas otro milagro preparado.
Un golpe seco hace vibrar el chasis de la scooter.
Miro de reojo: el todoterreno negro se ha pegado a mi parachoques trasero, con la defensa de acero reforzado a escasos cinco centímetros de mi rueda, y el conductor da un volantazo intentando tocarme el lateral para hacerme perder el control y provocar un derrape definitivo.
Apretando los dientes, toco el freno delantero apenas un instante.
La horquilla se hunde y la scooter pierde justo la velocidad suficiente.
El morro del todoterreno pasa de largo por mi izquierda, golpeando el aire, y aprovecho su inercia para dar un golpe de gas, esquivarlo por el lado ciego y meterme de lleno por la pasarela de madera que desciende hacia la arena de la playa del Somorrostro.
La madera cruje bajo mis neumáticos, la scooter tiembla de forma violenta, pero el todoterreno, demasiado pesado para la pasarela, patina sobre el borde y se queda encallado de lado, levantando una polvareda de arena y astillas.
—¡Uno menos! —grito, permitiéndome una fracción de segundo de alivio.
—No cantes victoria —me corta él, y su tono de voz me hiela la sangre—. Acabo de ver el mapa de flujos de tráfico. Han activado las órdenes del satélite corporativo. Tienes sesenta segundos antes de que cierren el paso bajo las torres de la Villa Olímpica. ¡Acelera!