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Giro el puño del acelerador a tope. El motor de la scooter ruge y la rueda trasera patina un segundo sobre el cemento pulido antes de morder el asfalto y salir disparada hacia la rampa de salida.
—¡Mía, aborta la rampa principal! —la voz del hacker llega distorsionada, rota por una interferencia brutal—. Han tomado el control de las barreras de acceso. ¡Han cruzado dos vehículos en la salida!
Asomo la cabeza por encima de la cúpula de la moto al coronar la rampa, y veo que tiene razón: la barrera de salida del parking está bajada, y justo detrás, taponando por completo el túnel que conecta con el Paseo Marítimo, hay dos todoterrenos negros con los motores encendidos.
Cuatro tíos armados saltan de los asientos, apuntándome directamente.
Es un embudo mortal. Si freno, soy una diana estática.
Si sigo, me desintegro contra el blindaje de los coches.
—No voy a frenar —le grito por el micrófono.
A mi derecha, una furgoneta de lavandería espera junto al muelle de carga. La plataforma está elevada casi un metro sobre la calzada del parking y la rampa trasera conecta ambos niveles con una pendiente perfecta. Mi cabeza hace las cuentas antes que el miedo. Solo hay cálculo físico.
Giro el manillar a la derecha de forma violenta.
La scooter derrapa de lado, paso a escasos centímetros de la columna verde y enfilo la rampa de la furgoneta.
El motor llora por el esfuerzo. Subo la chapa metálica a sesenta kilómetros por hora, y la suspensión delantera de la scooter llega al tope con un golpe seco que me sacude los dientes.
Y salgo volando.
El mundo se congela durante un segundo agónico.
La scooter apenas supera los capós de los todoterrenos negros, y a través de la visera del casco veo las caras de sorpresa de los tiradores abajo, mirando al techo del parking mientras sus linternas iluminan los bajos de mi scooter en el aire.
Las balas muerden el vacío por debajo de mis botas.
La gravedad me reclama. La moto impacta contra el asfalto del Paseo Marítimo exterior con un golpe brutal, la rueda trasera rebota, y el manillar me da un latigazo en las muñecas que casi me descoyunta los brazos, pero logro mantener la verticalidad a base de puro instinto militar.
Acelero sin soltar el embrague, y el neumático trasero quema goma sobre el paseo peatonal del Hotel Vela, levantando una nube de humo blanco.
Dejo atrás el hotel, adentrándome a toda velocidad en la oscuridad de la playa de la Barceloneta bajo una lluvia de cristales rotos que caen de los ventanales superiores. Estoy fuera del edificio. Pero la cuenta atrás sigue corriendo en mi cabeza.