09
Mis botas golpean el hormigón. El pasillo parece no tener fin, pero al doblar una esquina empujo una barra antipánico y salgo directamente a la inmensidad del parking subterráneo del hotel.
—La tengo visual —susurro, acortando la distancia a zancadas.
—No bajes la guardia —me advierte por el pinganillo—. El centro de seguridad del hotel no responde. Hay dos vigilantes privados en ese sector que no están en sus puestos. Creo que están comprados.
No me hace falta que me lo jure. Apenas he recorrido la mitad de la distancia cuando una silueta armada con una porra extensible emerge de detrás de una columna, justo en mi trayectoria, vestida con el uniforme oscuro de la empresa de seguridad del hotel.
No me da el alto ni me pide que me identifique: simplemente alza la porra y se lanza a por mí con los ojos inyectados en rabia.
Mi cerebro militar se activa antes que mis miedos.
Desprecio el dolor de la pierna herida y no me detengo, acelero el paso directo hacia él.
El guardia lanza un golpe descendente directo a mi clavícula, un movimiento predecible, y el entrenamiento de la UME toma el control: doy un paso lateral, esquivo la trayectoria de la porra por milímetros y hundo el talón de mi mano abierta, con todo el peso de mi cuerpo y la mochila detrás, directamente debajo de su barbilla. Un palm strike de manual.
El impacto hace que sus dientes castañeen con un golpe seco, y su cabeza se desplaza violentamente hacia atrás.
Sus ojos se ponen en blanco al instante.
Antes de que caiga al suelo, lo agarro por la solapa del uniforme, le paso el brazo alrededor del cuello en un mata-león perfecto y presiono mis músculos contra sus arterias carótidas.
Cuatro, cinco, seis segundos. Su cuerpo se vuelve de plomo en mis brazos y se desploma inconsciente sobre el cemento sin haber emitido un solo grito.
Le quito la linterna táctica del cinturón por puro instinto de supervivencia y recojo mi mochila de reparto.
Clack.
El eco de unas puertas de metal abriéndose resuena al fondo del parking. El ascensor de servicio. Los dos trajes negros del ático acaban de pisar el sótano.
—¡Mía, ya están en el parking! —grita el hacker, perdiendo los papeles—. ¡Arranca esa maldita moto ya!
Corro los últimos diez metros, lanzo la mochila sobre la plataforma reposapiés de la scooter, me recoloco el casco y meto la llave en el contacto.
El motor de segunda mano tose una vez, dos veces, mientras un sudor frío me corre por la espalda y escucho pasos rápidos aproximándose a la carrera entre las columnas.
A la tercera, el motor ruge. Meto primera justo cuando el primer haz de luz de sus linternas tácticas me ilumina la cara.