Tiempo Límite 08
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Caigo a oscuras. No es una caída libre vertical, sino un deslizamiento salvaje por una rampa de chapa metálica inclinada a unos cuarenta y cinco grados, y el aluminio me destroza las uñas mientras intento frenar.

El ruido de mi mochila rígida golpeando contra las paredes del conducto suena como una sucesión de disparos en mis oídos. Clang, clang, clang.

La fricción me quema la ropa y la piel de los antebrazos. No veo absolutamente nada, solo siento la fuerza de la gravedad empujándome hacia abajo a toda velocidad por las entrañas del hotel, tragando polvo acumulado y grasa industrial.

—¡Mía, frena! ¡La rampa termina en tres metros! —me grita Marc por el pinganillo, con la voz distorsionada por un eco metálico insoportable dentro de mi oreja.

¿Frenar? ¿Con qué?

Abro las piernas a la desesperada, clavando las suelas de mis botas militares contra los laterales del tubo de metal.

Mis rodillas protestan con un dolor agudo y mis hombros impactan contra los remaches de la estructura, pero el rozamiento surte efecto y reduzco la velocidad justo a tiempo.

Mi cuerpo sale despedido por una boca de ventilación abierta y aterrizo de espaldas sobre algo blando, pesado y con un fuerte olor a lejía: un carro de lona de la lavandería del hotel.

Me quedo boca arriba un segundo, hundida entre sábanas y toallas blancas, intentando recuperar el aire que se me ha escapado de los pulmones.

Me duele todo el cuerpo, y el corte de mi muslo vuelve a sangrar, empapando la tela de mi pantalón de reparto.

Salgo del carro rodando y caigo de rodillas sobre el suelo de cemento gris.

Estoy en los sótanos de mantenimiento. Una hilera de fluorescentes parpadea en el techo, proyectando una luz pálida sobre hileras de tuberías comunitarias y lavadoras industriales de metal, y el silencio aquí abajo es casi absoluto, roto solo por el goteo de un desagüe.

—Estoy abajo —susurro, limpiándome la cara con la manga de la chaqueta—. En la lavandería. ¿Por dónde salgo al parking?

—Sal de esa sala por la puerta de incendios de tu izquierda —responde él al instante, con el tecleo frenético de fondo, como si estuviera librando una guerra privada en su mesa de control—.

Tienes que darte prisa. Los dos trajes negros son mercenarios de la organización Barcino y acaban de reventar la puerta magnética de la suite con un explosivo plástico.

Saben que te has tirado por el conducto. Van a bajar en el ascensor de servicio.

Me pongo en pie de un salto, ignorando el dolor de la pierna, y ajusto las correas de la mochila a mi espalda. El peso del maletín de titanio me recuerda que sigo metida en este infierno por quinientos malditos euros.

Cruzo la puerta de chapa roja que me ha indicado el hacker.

Al otro lado se extiende un pasillo de hormigón interminable que conecta los almacenes con el aparcamiento subterráneo, y las luces de emergencia parpadean sobre mi cabeza.

Entonces escucho un pitido electrónico al fondo del corredor.

El ascensor de servicio acaba de abrirse en esta planta.

—Mía, corre —la voz ya no es fría; está rota por la tensión—. Ya están ahí. No mires atrás. ¡Corre!