07
El trueno de los disparos me revienta los tímpanos.
No es el sonido limpio de una pistola, sino el tableteo sordo, rápido y metálico de un subfusil automático con silenciador, y los proyectiles perforan la puerta de madera de la suite como si fuera papel, astillando los paneles de diseño del salón en una lluvia de fragmentos que me cae sobre la cabeza.
Me pego al suelo, encogiéndome detrás de la estructura de acero del sofá volcado, cruzando los brazos sobre el casco para protegerme la cara.
Inhala. Retén. Exhala.
La adrenalina me quema la garganta, pero el pánico no llega.
Mi cerebro militar toma los mandos, y el ruido de los impactos, el olor a pólvora ácida y los fogonazos que cortan la penumbra de la suite me devuelven a mi zona de confort.
El TEPT, mi Trastorno de Estrés Postraumático, se disipa.
Ya no soy una repartidora precaria; vuelvo a ser una soldado en mitad de una zona de exclusión.
—¡Fuego de supresión! ¡Muévete a la izquierda!
—brama una de las voces en el pasillo, y el tiroteo cesa tan rápido como empezó.
El silencio que le sigue es denso, roto solo por el pitido agudo que me ha quedado en el oído izquierdo y el goteo constante de los aspersores rotos del techo.
Escucho el crujido de las botas militares sobre los restos de cristal. Están entrando.
—¡Escúchame! —susurro, pegando los labios al micrófono del terminal que llevo anclado al pecho—. Sé que me oyes. El pasillo y la puerta están cubiertos. No tengo ángulo de salida. Necesito una vía de escape ya.
—El mueble bar —la voz del hacker entra por el altavoz con un zumbido limpio, rápida, desprovista del titubeo de antes—. A tu derecha, Mía. Detrás de las botellas de coleccionista. Hay un panel de registro detrás del mueble bar. Conecta con un conducto técnico de mantenimiento. Lo he abierto.
Se me hiela un instante la sangre. No recuerdo haberle dicho mi nombre.
Miro a mi derecha. El mueble bar es una estructura de espejo y madera noble empotrada en la pared, a escasos dos metros de mi posición, pero el espacio que me separa de él está totalmente expuesto.
Un haz de luz blanca de una linterna táctica barre el suelo, a solo unos centímetros de mis botas.
—Aquí hay sangre fresca —dice el ejecutor más alto, rodeando el sofá por el flanco contrario—. Alguien se ha arrastrado por la alfombra. Sigue en la habitación.
No tengo otra opción. Si me quedo aquí, me coserán a tiros en el suelo, así que me impulso con las piernas, ignorando el pinchazo en mi muslo, donde uno de los cristales rotos se ha hundido profundamente, y me lanzo a gatas hacia el hueco del mueble bar.
Mis manos resbalan sobre el parqué húmedo.
Ocupo el estrecho espacio inferior, agarro dos botellas pesadas de whisky y las estampo contra el suelo en el lado opuesto del salón.
El ruido del cristal rompiéndose surte efecto.
—¡Ahí! —grita el bajo.
Las dos linternas se giran al unísono hacia la esquina contraria, y aprovecho ese segundo de distracción para hurgar detrás del estante de madera.
Mis dedos topan con una pestaña metálica.
Tiro de ella hacia arriba y un panel cuadrado de sesenta centímetros se desliza hacia un lado, revelando una boca de oscuridad absoluta de la que emerge una corriente de aire frío con olor a grasa de motor. Mi billete de salida.
—¡La repartidora! ¡Está en la pared! —brama el alto tras descubrir mi silueta.
El suelo vuelve a vibrar. Los subfusiles abren fuego de nuevo, destrozando las botellas del mueble bar justo sobre mi cabeza, y una lluvia de alcohol y cristales me empapa la espalda mientras me deslizo de cabeza por el agujero negro, arrastrando mi mochila rígida conmigo, justo cuando una bala perfora el marco de metal donde estaba mi mano.
Me lanzo al vacío a oscuras, confiando ciegamente en la voz del maldito hacker de las pantallas.