05
Las luces de las linternas tácticas barren el salón, rozando la parte superior del sofá blanco detrás del que me oculto, tan potentes que puedo ver las motas de polvo flotando en el aire a pocos centímetros de mis ojos.
—El contacto está frío —dice el más bajo de los trajes oscuros, tan cerca que el crujido de su suela sobre los cristales rotos me estalla en los oídos—. Le han dado en el pecho. Tres impactos. Ha sido limpio.
—¿Y el paquete? —la voz del alto resuena desde el otro extremo de la estancia, cerca del mueble bar—. No está en la mesa. Tampoco en sus bolsillos. El localizador sigue emitiendo en un radio de tres metros alrededor del cuerpo.
Tengo la mochila rígida a la espalda, con el maletín de titanio dentro clavándoseme frío contra las vértebras, y sé que si doy un solo paso en falso el sonido de la lona de mi chaqueta reflectante me delatará.
Mi cerebro entra en modo UME de forma automática, calculando vías de escape mientras controlo las pulsaciones, aunque no hay ninguna: ventanales blindados a un lado, dos asesinos armados al otro.
De pronto, un zumbido electrónico sordo hace vibrar las paredes de la suite, seguido de un chasquido metálico idéntico al de un cerrojo de alta seguridad en la puerta principal. Los indicadores led de los paneles de domótica cambian de azul a un rojo parpadeante.
Clack.
Las ventanas inteligentes de la suite se oscurecen al instante, polarizándose por completo hasta bloquear la poca luz lunar que entraba de la calle, y nos quedamos en una penumbra absoluta, rota únicamente por los dos conos de luz blanca de las linternas de los ejecutores.
El aire acondicionado se apaga con un quejido.
—¿Qué coño ha sido eso? —masculla el alto, bajando el arma por la sorpresa—. Los cierres magnéticos se han bloqueado. Alguien nos ha encerrado dentro.
—Es el hacker —responde el bajo, con una rabia contenida en la voz—. Está manipulando el edificio. Busca en los rincones. El maletín sigue aquí y la persona que ha entrado también. Moveros.
Los dos haces de luz comienzan a cruzarse con violencia por todo el salón, buscando cualquier silueta humana, y uno de los focos impacta directamente contra la esquina del sofá blanco. Están empezando a rodearlo. Van a encontrarme en menos de diez segundos.
Tengo los músculos en tensión, lista para saltar y usar el peso de la mochila para embestir al primero que asome la cabeza, cuando un escalofrío me recorre el cuello: el teléfono que llevo acoplado al pecho vibra con una intensidad salvaje, sin sonar, y el altavoz interno se enciende a distancia con un chasquido de estática que parece un disparo en mitad de este silencio de muerte.
Una voz masculina, distorsionada por la interferencia digital pero cargada de una urgencia frenética, me estalla directamente en el oído:
—Soy el único que te puede sacar viva de ahí. ¡Al suelo ahora mismo si quieres conservar la cabeza!