04
Me deslizo hacia el interior de la suite como una sombra, con las botas apenas rozando la alfombra de felpa, mientras a mi espalda la puerta de la entrada se encaja muy despacio, aislando el pasillo.
Los pasos de los dos trajes negros se detienen justo al otro lado de la madera: tienen que estar a punto de girar el pomo.
Cruzo el salón principal en un parpadeo, guiada por los reflejos que la luna proyecta en el inmenso ventanal acristalado.
El lujo del ático está destrozado —lámparas de diseño por el suelo, cristales rotos de vasos, un olor insoportable a sangre caliente mezclada con pólvora— y me agacho detrás de un gran sofá blanco volcado de lado justo cuando mi rodilla impacta contra algo blando y húmedo.
Ahogo un gemido. Es un brazo humano.
Un hombre yace boca arriba sobre la alfombra, con la ropa oscura e informal desgarrada a la altura del pecho por tres impactos de bala perfectos, agrupados en el esternón.
Es una ejecución profesional, y el suelo que lo rodea está empapado en un charco negro que sigue creciendo mientras sus ojos, muy abiertos, fijos en el techo, se nublan ya por la muerte inminente.
Me dispongo a apartarme cuando sus dedos, fríos y manchados de rojo, se cierran alrededor de mi muñeca con una fuerza desesperada.
—Ah... —un quejido agónico escapa de sus labios, arrastrando un borbotón de espuma sangrienta.
—Tranquilo, tranquilo —le susurro, pegando mi rostro al suyo mientras presiono con mis dedos su carótida. El pulso es un hilo débil, errático, a punto de apagarse—. Soy la repartidora. Voy a sacarte de aquí.
El hombre niega levemente con la cabeza, y sus ojos se enfocan en mí por un segundo, inyectados en sangre, mientras su mano libre se desliza bajo el sofá invertido y arrastra un objeto pesado: un maletín metálico de titanio, del tamaño de una caja de herramientas, reforzado en los bordes y sin cierres visibles.
En la parte superior del metal, una pantalla de cristal líquido brilla en la oscuridad con una luz verde fosforita, y el contador parpadea: 171:59.
—Sants... —consigue articular, apretando mis dedos con una rabia que no parece humana—. Sants... taquilla ciento cuatro... código...
Pronuncia seis números entre jadeos, arrastrando cada sílaba como si le costara un esfuerzo imposible.
—...antes de cero... o Barcino... apagará la ciudad.
—¿Qué? ¿De qué me estás hablando? ¿Quién te ha hecho esto?
El hombre no responde. Su mandíbula se tensa en un último espasmo, sus pupilas se dilatan por completo y la fuerza que me sujetaba desaparece de golpe. Su cabeza cae de lado contra la alfombra. El pulso en su cuello se detiene. Ha muerto.
Click-clack.
El sonido metálico de la cerradura de la suite me congela el corazón, y la puerta principal se abre dejando que un hilo de luz del pasillo corte la oscuridad del salón. Dos siluetas alargadas entran en la suite, con las armas cortas alzadas en un ángulo de noventa grados. Limpias. Letales.
No lo dudo. Con el maletín todavía marcando la cuenta atrás junto a mis pies, abro la cremallera de mi mochila rígida de reparto, meto el bloque de metal dentro y tiro del cierre de un golpe silencioso antes de colgármela a la espalda y pegarme por completo a la base del sofá, conteniendo el aire.
Las linternas tácticas de sus pistolas se encienden, barriendo el mármol de la entrada en una coreografía perfecta de luces blancas.