03
El pulso se me dispara, un martilleo seco contra las costillas, y mi mano derecha baja por puro instinto hacia mi costado, buscando la funda del cuchillo táctico que solía llevar en el chaleco de la UME.
No hay nada, solo la lona barata de mi chaqueta reflectante, y por primera vez esta noche soy plenamente consciente de lo indefensa que estoy.
Doy un paso atrás, dispuesta a darme la vuelta y correr hacia el ascensor, cuando un sonido metálico a mi espalda me congela la sangre.
Click.
El cierre de una puerta, o el seguro de un arma.
No tengo tiempo de averiguar cuál de las dos cosas, porque el eco llega ya desde el fondo del pasillo, doblando la esquina de la zona de servicio: pasos rápidos, suelas de cuero pesado sobre la moqueta.
No tengo tiempo de huir tampoco. Si corro hacia el ascensor me verán en mitad de la línea recta del pasillo, y si me quedo quieta soy un blanco fácil.
Empujo la puerta de la suite 2604 con la punta de la bota y me deslizo hacia el interior de la habitación a oscuras justo cuando dos sombras recortan la esquina del corredor.
Dejo la puerta entornada exactamente como estaba y me pego a la pared de la entrada, oculta en la penumbra, conteniendo la respiración.
A través de la rendija de dos centímetros, los veo.
Son tres hombres, vestidos con trajes oscuros de corte impecable, corbatas negras y camisas blancas impolutas, con ese aire de ejecutivos de alguna multinacional del 22@ que sin embargo se mueven con la disciplina táctica de un grupo de asalto.
El más alto lleva unos guantes de látex negros bien ajustados; otro, más bajo, sostiene un paño empapado en algún líquido químico que huele a amoníaco, y el tercero permanece unos metros atrás, junto a la esquina de servicio, vigilando el pasillo en ambas direcciones sin apenas moverse.
Están limpiando el pasillo, de prisa y sin hablar, hasta que el de los guantes dobla el paño ensangrentado y se lo guarda en el bolsillo interior de la chaqueta.
Al hacerlo, la solapa de su traje se abre unos centímetros, y el destello plateado de una culata de acero bajo su axila me hace tragar saliva. Una pistola con silenciador acoplado.
—Pulso a cero —dice el más bajo, sin levantar la vista del teléfono que lleva en la mano, con un acento de aquí, de Barcelona, pero con la monotonía de quien está leyendo una lista de la compra—. Confirmado.
El alto no responde. Sigue mirando hacia el fondo del pasillo, hacia los ascensores, como si esperara que algo apareciera por ahí.
—El paquete no estaba en el maletín —añade el bajo, guardándose el teléfono—. Y el ascensor de servicio se ha desbloqueado solo, hace cuatro minutos. No he sido yo.
—¿Desde dentro o desde fuera? —pregunta el alto, por fin, sin apartar los ojos del corredor.
—Desde fuera. Alguien tiene acceso a la red del hotel.
Se hace un silencio breve, y el alto se pasa la lengua por los dientes, un gesto rápido, casi animal, la única grieta humana en toda esa disciplina de traje y corbata.
—Terminad con la habitación —dice—. Yo bajo a mirar las cámaras.
Se aleja hacia los ascensores sin esperar respuesta, y el tercer hombre abandona su puesto en la esquina para reunirse con el bajo, ocupando el hueco que deja el alto en la formación. Hablan de mí, entiendo entonces con un escalofrío. El tipo del teléfono me ha metido en una puta ejecución.
Los dos hombres que quedan se giran al unísono hacia mi posición, y sus pasos de cuero vuelven a avanzar por la moqueta, directos hacia la puerta de la 2604. Están a menos de cinco metros, y si entran y me encuentran aquí, oculta tras la puerta como una rata asustada, estoy muerta.
Miro de reojo hacia el interior de la suite presidencial, sumida en una oscuridad casi total, rota solo por los reflejos de las luces de la ciudad que entran por el gran ventanal del fondo.
Intuyo la silueta de un sofá volcado, papeles rotos por el suelo y, un poco más allá, una mancha oscura y alargada que se extiende sobre la alfombra clara.
Tengo tres segundos para tomar una decisión antes de que empujen la puerta.