02
Aparco la scooter sobre la acera del paseo marítimo, justo a los pies del Hotel W, y me quedo un segundo mirando hacia arriba.
La enorme estructura acristalada en forma de vela se alza sobre mí, recortando el cielo negro y absorbiendo el oleaje del Mediterráneo, imponente, un faro de lujo para los ricos de la ciudad.
Pero esta noche algo en su silueta me da mala espina: las luces de la fachada, que habitualmente arden en un degradado azul, están apagadas por completo.
Me quito el casco de un tirón y dejo que el aire frío de la madrugada me azote la cara mientras ajusto las correas de la mochila rígida de reparto a la espalda.
Pesa más de lo normal, o quizá soy yo quien empieza a pesar menos convencida, y cruzo hacia las puertas giratorias de cristal templado sin darme demasiado tiempo para pensarlo.
El vestíbulo es un desierto de mármol blanco.
No hay recepcionistas, ni botones, ni turistas rezagados de alguna discoteca del puerto, solo un silencio que no debería existir en un cinco estrellas a estas horas, ni siquiera de madrugada.
Mis botas militares resuenan contra el suelo pulido con un eco que no me gusta nada, y mi entrenamiento en la UME tiene un nombre para esto: la calma tensa antes de que todo se derrumbe.
Zona de catástrofe, deshabitada. Cada instinto me pide dar media vuelta.
Sigo caminando de todas formas.
Los ascensores acristalados están al fondo, y cuando pulso el botón de llamada el panel táctil tarda tres segundos agónicos en responder, como si algo, en algún lugar del edificio, estuviera decidiendo si dejarme pasar.
Las puertas de espejo se abren por fin. Selecciono la planta 26, Suite Presidencial, y el ascensor arranca con una velocidad que me aprieta el estómago contra las costillas mientras Barcelona se despliega al otro lado del cristal: una alfombra de farolas amarillas, destellos de tráfico en las rondas, la mancha oscura de Montjuïc recortada contra el cielo.
Desde aquí arriba todo parece en calma, y eso, precisamente, es lo que más desconfianza me da.
Un pitido. He llegado.
Las puertas se abren a un pasillo de moqueta densa que traga el sonido de mis pasos, y las luces del techo parpadean con micro-cortes erráticos que hacen bailar las sombras de las esquinas cada vez que se apagan un instante.
Avanzo buscando los números plateados sobre la madera noble —2601, 2602, 2603— hasta que me detengo frente a la 2604.
La puerta no está cerrada del todo. Está entornada apenas dos centímetros, rompiendo la línea perfecta del pasillo, y un hilo de luz pálida se escapa por la rendija.
Afilo el oído, pero no oigo nada: ni respiraciones, ni televisor de fondo, ni el crujido de unas sábanas.
Doy un paso al frente, y entonces el aire me golpea el rostro, denso, ferroso, penetrante.
No necesito pensarlo dos veces —he estado en demasiados accidentes de tráfico y zonas de derrumbe como para no reconocerlo al instante.
Pólvora quemada. Y sangre fresca.