Tiempo Límite 01
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Tiempo Límite

Tiempo Límite

Por Belmar Jimenez

© inepub.com

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Inhalo durante cuatro segundos, retengo la respiración durante otros cuatro, exhalo durante cuatro y espero otros cuatro con los pulmones vacíos antes de volver a inhalar.

Cierro los ojos bajo la visera del casco y dejo que la respiración en caja haga su trabajo, ese ejercicio que me enseñaron para momentos así, y noto cómo el pulso me baja de cien a ochenta en cuestión de segundos.

Los fantasmas se repliegan, a la fuerza, como siempre.

Cuando abro los ojos, Barcelona sigue ahí, vacía y un poco siniestra a esta hora, como si la ciudad entera contuviera la respiración conmigo.

Miro la pantalla del teléfono acoplado al soporte de la moto, más por costumbre que por esperanza.

La aplicación de reparto sigue en gris, cero euros en las últimas tres horas, y no hace falta que haga cuentas para saber que estoy arruinada: el banco me va a embargar la cuenta el lunes y no me queda ni para la gasolina de esta scooter de segunda mano que apenas arranca ya por las mañanas.

Entonces la pantalla parpadea. Una vez, dos veces, y el icono de la app se congela a medio cargar, como si algo se lo hubiera tragado desde dentro.

—Genial. Lo que me faltaba.

Golpeo el teléfono contra el soporte, aunque sé perfectamente que eso no va a arreglar nada.

Intento cerrar la aplicación deslizando el dedo, pulso el botón lateral para apagarlo, y nada responde.

La pantalla se queda negra, muerta, y durante unos segundos largos pienso que se me ha estropeado el único teléfono que tengo, y con él, la única forma que me queda de ganarme la vida esta noche.

Es entonces cuando vibra. Un zumbido largo, distinto a cualquier notificación que le haya sentido antes, casi mecánico, casi deliberado, como si alguien al otro lado supiera exactamente cuánto tiempo necesita para llamar mi atención.

La pantalla se enciende sola, y no es la aplicación de reparto lo que aparece, sino otra cosa: letras verdes sobre fondo negro, como si alguien hubiera abierto una terminal dentro de mi propio teléfono.

ENCARGO PREMIUM FUERA DE SISTEMA.

Se me eriza el vello de los brazos y miro alrededor del muelle, vacío, como si pudiera encontrar a quien sea que esté haciendo esto escondido entre las sombras.

No hay nadie, claro. Solo yo, la moto, y el mar negro golpeando contra los pantalanes con esa calma que ahora mismo me resulta casi hostil.

Recogida: Hotel W (Planta 26, Suite Presidencial). Entrega: Estación de Sants (Taquillas de tránsito). Tarifa: 500 € en efectivo a la recogida. Acepta en menos de 10 segundos.

Leo la cifra tres veces, como si fuera a cambiar de un parpadeo a otro.

Quinientos euros son más de lo que he ganado en las últimas dos semanas juntas, y sé que debería tirar el teléfono al mar, sé que cualquier persona sensata apagaría la moto ahora mismo y volvería a casa caminando.

Pero llevo cuatro meses sin pagar el alquiler, y quienquiera que esté al otro lado acaba de demostrarme, sin necesidad de palabras, que puede controlar mi teléfono desde donde le dé la gana.

Si pueden hacer esto con mi teléfono, ¿qué más pueden hacer?

Un contador empieza a descender solo, en la esquina de la pantalla, sin que yo haya tocado nada. 00:09. 00:08. 00:07. Más que decidir, elijo dejarme llevar, y presiono el botón verde.

Giro la llave de contacto. El motor tose antes de arrancar.

—Objetivo, ruta, extracción —murmuro, como en un briefing que ya no existe, la frase de mi sargento repitiéndose sola en mi cabeza aunque hace tiempo que dejé de creer en ella.

El mensaje desaparece y, en su lugar, un reloj digital inicia una cuenta atrás que me hiela la sangre: 180:00. Acelero a fondo, enfilando la silueta acristalada del Hotel Vela, recortada contra el mar negro de la madrugada.