TIEMPO EXTRA 33 ZONA DE EXCLUSIÓN
67%

33 ZONA DE EXCLUSIÓN

Una gala benéfica de la FA es, a todos los efectos prácticos, un ejercicio de contención de daños con código de vestimenta.

Sobrevivir a ella requiere el mismo nivel de desgaste energético que cubrir a un extremo rápido durante noventa minutos, con la clara desventaja de que no puedes meterle el cuerpo a un directivo si te supera por la banda de los canapés.

Alcanzar mi habitación, aflojarme la pajarita hasta convertirla en un nudo inútil y dejar que el silencio me envolviera fue un triunfo táctico.

Mi plan para el resto de la noche consistía en una bolsa de hielo preventiva, silencio absoluto y, quizá, analizar el bloque bajo de nuestro próximo rival hasta quedarme dormido.

Una rutina higiénica, predecible y segura.

Entonces, mi móvil vibró sobre la colcha.

Mi sistema de alerta táctica emitió un pitido sordo. «Opción A: ignorar el mensaje, apagar el teléfono y fingir que el wifi del hotel ha sufrido un colapso. Opción B: bajar a la boca del lobo por una tarrina de helado y algo de orgullo herido».

La opción A era la única sensata. En la práctica, mis pies ya estaban buscando las zapatillas de deporte.

Cinco minutos después, la puerta del ascensor se abrió en el segundo nivel.

Keith Mason, el veterano jefe de seguridad de la concentración, me saludó con un leve asentimiento desde su puesto.

Las «zonas familiares» del hotel mundialista eran búnkeres alfombrados.

Solo jugadores, staff y familiares con acreditación nivel uno.

Nada de prensa. Nada de patrocinadores. Ningún teléfono que no perteneciera a alguien de absoluta confianza.

Empujé la puerta de la Sala C.

El contraste con el salón de la gala fue un golpe directo a la línea de flotación.

Atrás habían quedado los esmóquines, los flashes y las sonrisas plastificadas.

El aire olía a vainilla y a alfombra de hotel cara.

En el centro de la sala, Jamie Whitmore —el capitán de Inglaterra, la estrella de la Premier, el golden boy de los tabloides— llevaba unos pantalones de chándal grises y una camiseta blanca arrugada.

Estaba tirado en el suelo, sirviendo de puente levadizo humano para una niña con un torbellino de rizos oscuros que le pisaba el estómago sin ningún tipo de piedad.

Nathan Hale, una leyenda del deporte reconvertida en padre agotado, me saludó desde un sillón cercano con un mando de consola en la mano. Maya Hale estaba de pie junto a un pequeño carrito de catering, armando dos boles de helado con la precisión de una ingeniera.

Elsie se detuvo en seco, dejó de aplastar el diafragma de Jamie y me clavó la mirada.

—Tú no tienes cara de parche —sentenció, con esa honestidad letal que solo poseen los niños y los asesinos en serie.

Jamie se atragantó con su propia risa desde el suelo. Nathan se cubrió la boca con el dorso de la mano.

Tragué saliva y mantuve la compostura.

—Es un alivio. El algodón y el esparadrapo pican mucho a la larga —respondí, con el tono más monocorde que pude articular.

La niña entrecerró los ojos, evaluándome. Era un escrutinio duro.

—Tito Jamie dijo que a veces eres insoportable, pero que juegas muy bien. ¿Los que juegan muy bien siempre son insoportables?

—Esa, Elsie, es una excelente pregunta para tu tío Jamie —repliqué, lanzándole una mirada afilada al bulto gris que intentaba no reírse en la alfombra.

—Traidor —murmuró Jamie, levantándose por fin.

Se sacudió la camiseta y me dedicó una sonrisa que no tenía ni un solo gramo de su máscara mediática.

Era una sonrisa despeinada, real, absurdamente doméstica.

Una que me aceleró el pulso de una manera que debería estar tipificada como infracción grave.

—Ignóralo, Ollie. Entra antes de que alguien más te acuse de ser un producto de parafarmacia —intervino Maya, acercándose con un bol de cristal—. Stracciatella, tal como prometió el capitán.

—Gracias. —Tomé el bol con cuidado, sintiéndome como un intruso que acaba de colarse en la sala de estar de una familia ajena.

—Siéntate, Price —dijo Nathan, señalando el sofá principal—. Elsie está a punto de darnos una paliza humillante en la consola y necesitamos a alguien que sepa defender.

Me senté en el extremo derecho del sofá.

El cuero cedió bajo mi peso. Medio segundo después, el cojín a mi izquierda se hundió.

Jamie se dejó caer a mi lado, estirando sus largas piernas por debajo de la mesa de centro.

No estábamos pegados, pero la distancia era lo bastante corta como para que el calor de su cuerpo cruzara la frontera invisible entre nosotros.

—Creí que ibas a esconderte en tu habitación hasta mañana —susurró Jamie, inclinándose apenas hacia mí mientras Elsie le exigía a Nathan que seleccionara la pista del arcoíris.

—Alguien atacó mi instinto competitivo mediante mi estómago y mi ego. Era una emboscada muy bien diseñada.

—Sabía que la combinación de helado y la provocación de Maya no fallaría. Eres un hombre de principios tácticos muy predecibles.

—No te acostumbres a leerme tan fácil.

—Me gusta leerte, Ollie. Sobre todo cuando no llevas esa armadura de rueda de prensa.

El aire se volvió pesado. Clavé la cuchara en el helado, sintiendo cómo el comentario me atravesaba la defensa como un pase filtrado.

No había cámaras. No había prensa. La FA no nos estaba grabando.

Nathan y Maya conversaban en voz baja, fingiendo no prestarnos atención, pero yo sabía que la estaban prestando.

Eran su familia elegida. Estaban escaneando la situación, evaluando al tipo seco y aburrido que Jamie había decidido arrastrar a su refugio.

Y, lo que era peor, me estaban aceptando.

Maya se sentó en el brazo del sillón de Nathan y me sonrió. No era una sonrisa de compromiso. Era cálida.

—Jamie nos contó cómo gestionaste la presión ayer en el estadio —comentó Maya, cruzando las piernas—. Dijo que la mitad del equipo estaría en pánico si no tuvieras ese cerebro de ordenador.

—Jamie exagera para justificar por qué no baja a defender —respondí de forma automática, usando el sarcasmo como escudo.

—No exageró —dijo Nathan, mirándome directamente—. He visto muchos vestuarios. Sé reconocer cuándo alguien sostiene las paredes para que el resto no se caiga.

Me quedé rígido. La validación profesional la podía manejar, pero la validación humana, viniendo del círculo íntimo del hombre que tenía sentado a mi izquierda, me dejaba completamente expuesto.

—Además —añadió Elsie, sin apartar los ojos de la pantalla de la televisión, donde su coche virtual acababa de estrellar el de Jamie—, tito Jamie te mira mucho.

Silencio.

El tipo de silencio que se produce cuando una granada de mano aterriza en medio de una cena.

«Mierda. Por favor, que alguien la calle o que se abra un cráter en el suelo y me trague ahora mismo».

Maya soltó una carcajada cristalina que rompió la tensión, mientras Nathan tosía para disimular su propia risa. Yo me concentré intensamente en mi helado, como si los trozos de chocolate albergaran los secretos del universo.

A mi lado, Jamie se pasó la mano por la nuca. Sus orejas estaban teñidas de un rojo oscuro espectacular.

—Elsie, céntrate en la carrera. Acabas de tirarme un caparazón azul —intentó desviar Jamie, con la voz un octavo más aguda de lo normal.

—Pero es verdad. Te mira como miras tú a los perritos en la calle —insistió la niña, ajena al colapso emocional de los dos adultos sentados en el sofá.

Mi pecho subía y bajaba. Podía sentir la rodilla de Jamie temblando apenas a unos milímetros de la mía. Si movía mi pierna, chocaríamos. Si me quedaba quieto, la tensión me iba a consumir vivo.

No me moví.

—Los perritos son adorables, Elsie —dije, con la voz más plana y controlada que pude encontrar en mi reserva de emergencia—. Yo, en cambio, cobro tarjetas amarillas.

La niña se giró un segundo, me miró de arriba abajo y asintió, como si hubiera llegado a una conclusión lógica.

—Me caes bien, Ollie. No eres aburrido.

—Gracias. Es el mejor elogio que he recibido en todo el torneo.

Jamie soltó un suspiro a mi lado, un sonido bajo y rasposo que denotaba un alivio profundo. Apoyó el brazo en el respaldo del sofá, y aunque su mano no tocó mis hombros, su brazo formó una especie de barrera a mi espalda. Un perímetro invisible de protección.

Durante la siguiente media hora, me limité a existir en su espacio.

Comí el helado. Observé cómo Jamie perdía estrepitosamente tres carreras seguidas contra una niña de seis años, quejándose de los controles del mando con una indignación que no tenía nada de capitán de Inglaterra y mucho de hermano menor molesto.

Vi a Maya acariciar el cabello de Nathan, una intimidad tan sencilla y silenciosa que dolía mirarla.

Elsie, exhausta por sus victorias, terminó arrastrándose hacia el sofá y se acurrucó entre Jamie y yo. Apoyó la cabeza en el muslo de Jamie y estiró las piernas hasta rozar las mías. Jamie le acarició los rizos con una lentitud y una ternura que me apretaron la garganta.

Este era su hogar.

Esta no era la fachada del soltero millonario que posaba para las marcas de relojes. Este era el hombre que necesitaba raíces, que buscaba un lugar donde no se le exigiera ser un mito, donde pudiera perder en un videojuego y ser, simplemente, el "tito Jamie".

Y me había invitado a entrar.

El pánico que sentí no fue el mismo pánico frío del vestuario ni el miedo a la prensa.

Fue un pánico caliente. Aterrador. Porque si me acostumbraba a esto, si me permitía sentir la calidez de este sofá, la risa de Maya, el respeto de Nathan y la rodilla de Jamie descansando finalmente contra la mía... irme después iba a destrozarme.

—Es hora de dormir, campeona —anunció Maya en voz baja, levantándose para recoger a la niña.

Elsie protestó con un murmullo ininteligible, pero se dejó alzar por Nathan.

—Buenas noches, chicos —dijo Nathan, asintiéndome con la cabeza—. Ha sido un placer, Ollie. De verdad. Tienes las puertas abiertas cuando quieras.

—Gracias —murmuré, levantándome por instinto.

Maya me dedicó una última sonrisa cómplice antes de desaparecer por la puerta de la suite hacia las habitaciones contiguas.

De pronto, el salón quedó sumido en un silencio denso. El zumbido del aire acondicionado parecía ensordecedor. Jamie se quedó sentado en el sofá, con la cabeza apoyada en el respaldo, mirándome desde abajo. Sus ojos verdes estaban oscuros, desprovistos de su habitual escudo de sarcasmo.

—Sobreviviste a la familia Hale —dijo en un susurro.

—A duras penas. Tu sobrina es una amenaza para la seguridad nacional.

Jamie sonrió, pero no se levantó.

—Me alegro de que vinieras, Ollie. De verdad.

Tragué el nudo que amenazaba con cerrarme la tráquea. Estábamos solos. La zona era segura. No había cámaras, ni prensa, ni excusas de helado que valieran.

—No tenías que traerme aquí, Jamie.

Él se enderezó despacio. Sus manos descansaban sobre sus rodillas.

—Quería hacerlo. Quería que vieras... esto. Que no todo en mi vida son flashes y mentiras para la FA. Hay cosas reales. Cosas que me importan.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Estaba poniendo las cartas sobre la mesa, sin forzarme a coger ninguna, pero mostrándome que su mano era sincera.

—Lo real es peligroso —dije, casi sin voz.

—Lo sé —respondió Jamie, sosteniéndome la mirada con una vulnerabilidad que me desarmó por completo—. Pero a veces, vale la pena el riesgo.

Agarré la tarrina vacía de helado con demasiada fuerza, sintiendo el cartón ceder bajo mis dedos.

Quería huir a mi habitación y encerrar todas mis emociones bajo tres capas de análisis táctico.

Pero también quería volver a sentarme a su lado, dejar que su rodilla se apoyara en la mía, y fingir que este búnker alfombrado podía ser el resto de nuestras vidas.

—Buenas noches, Whitmore —dije, retrocediendo hacia la puerta, aferrándome a la distancia como si fuera un chaleco salvavidas.

—Buenas noches, Ollie —respondió él.

Salí al pasillo de la concentración. El aire frío me golpeó el rostro, pero no logró enfriar el calor que me latía en el pecho. Había entrado por una excusa, pero al salir, sabía con una certeza absoluta y aterradora que ya no quería estar en ningún otro lugar.