32 MÁSCARAS DE SEDA
Una gala benéfica de la FA en plena ventana de descanso de un Mundial es, a todos los efectos prácticos, una toma de rehenes con barra libre de champán.
El protocolo dicta que debes parecer descansado, agradecido y profundamente comprometido con la causa que patrocina el evento.
En la práctica, significa meter a veintiséis futbolistas con los isquiotibiales cargados en esmóquines hechos a medida, rodearlos de directivos con tarjetas de visita, y soltar a los fotógrafos como si fueran perros de presa en un coto de caza.
Y yo, por supuesto, soy el zorro principal.
—James, ha sido un discurso inspirador. La mención a las campañas de inclusión ha estado brillante —me dijo un directivo de una compañía de telecomunicaciones, dándome una palmada en el hombro que probablemente llevaba ensayando frente al espejo desde el martes.
Saco a pasear la Sonrisa Número Tres. La que dice «soy el yerno ideal, humilde pero seguro de mí mismo». La que las marcas adoran.
—Gracias, Richard. Es un tema fundamental para el equipo. Mark siempre insiste en que nuestro deber va más allá del terreno de juego —respondí, con un tono de voz modulado a la perfección. Ni muy grave, ni muy agudo.
«Mírate, Jamie. Eres un maldito robot de relaciones públicas».
—Por supuesto, por supuesto. Oye, mi hija me mataría si no te pido una foto. ¿Te importa?
—En absoluto. Un placer.
Me coloqué a su lado. Flash. Otro flash. Mantén los ojos abiertos, no parpadees, no mires hacia la puerta, no mires hacia donde está a punto de entrar...
El oxígeno de la sala decidió esfumarse de golpe. O tal vez solo el de mis pulmones.
Mis ojos, traicioneros y con cero instinto de conservación, se desviaron hacia la entrada lateral del gran salón del hotel.
Había movido hilos logísticos, firmado autorizaciones bajo el radar de Sophie y desviado un coche oficial de la FA solo para que Oliver Price no tuviera que pasar por la trituradora de carne que era la alfombra principal.
Quería ahorrarle el pánico de los flashes. Quería protegerlo.
Lo que no había calculado era el efecto que tendría en mí verlo entrar.
Mierda. Joder. Madre del amor hermoso.
Ollie llevaba un esmoquin negro clásico, cortado con una precisión quirúrgica que se ajustaba a sus hombros anchos y a su cintura estrecha de una manera que debería estar tipificada como delito en el código penal británico.
Su cabello rubio estaba peinado hacia atrás, pero un mechón rebelde amenazaba con caer sobre su frente.
Tenía la mandíbula tensa, la expresión fría y analítica de quien está escaneando las rutas de evacuación del edificio.
Mientras el directivo a mi lado seguía hablando de anchos de banda y coberturas 5G, yo solo podía observar cómo Ollie se detenía cerca de una columna forrada de terciopelo.
Levantó una mano y se ajustó el gemelo izquierdo con un movimiento lento, casi imperceptible, y luego deslizó dos dedos por debajo del cuello de la camisa para aflojarse la pajarita un milímetro.
Mi estómago dio un vuelco espectacular, como si acabara de saltar al vacío sin paracaídas.
Quería cruzar la sala. Quería atravesar el mar de trajes de diseño, apartar a los camareros con bandejas de canapés de salmón y plantarme delante de él.
Quería decirle que estaba jodidamente precioso.
Quería pasarle la mano por la nuca, sentir el calor de su piel, acercarme a su oído y murmurarle que el coche que lo había traído también podía llevarnos lejos de aquí, a una habitación donde no hubiera ni un solo logotipo iluminado.
Pero no podía.
—...y por eso creemos que la renovación del contrato es vital, James. ¿Me sigues? —insistió Richard, mirándome con expectación.
Pestañeé, obligando a mi cerebro a regresar al planeta Tierra.
—Totalmente, Richard. La sinergia es clave en este momento del torneo.
«Sinergia. Acabo de decir sinergia. Mátame ahora mismo».
A mi derecha, Ben Carter carraspeó, dándole un sorbo a su agua con gas. Me lanzó una mirada de reojo que gritaba «estás babeando, idiota, contrólate». Le devolví una sonrisa tensa y me disculpé con el directivo, alegando que necesitaba hidratarme.
Me alejé hacia una de las barras laterales, sintiendo el peso de la sala sobre mis hombros.
Esta era mi vida. Una máscara perpetua. Un baile constante entre lo que la gente quería ver y el agujero negro que me devoraba por dentro cada vez que tenía que fingir que la presentadora rubia de la mesa cuatro me parecía interesante.
Mis ojos, desobedeciendo cualquier orden racional, volvieron a buscar a Ollie.
Se había movido hacia una zona menos iluminada, intentando pasar desapercibido, pero su intento fue en vano. Un periodista de la sección de sociedad del Sun —uno de esos buitres que no saben si el balón es redondo o cuadrado, pero huelen la incomodidad a kilómetros— lo había acorralado.
Desde la distancia, pude ver cómo la postura de Ollie se volvía aún más rígida.
El periodista hablaba animadamente, invadiendo su espacio personal, acercando una grabadora pequeña mientras sonreía con esa falsa cordialidad que precede a una pregunta trampa.
Ollie mantenía las manos entrelazadas a la espalda, su rostro convertido en una máscara de hielo impenetrable.
Estaba respondiendo con monosílabos, pero la tensión en su cuello era evidente.
Algo dentro de mí se encendió como un reguero de pólvora.
No lo pensé. No evalué las consecuencias mediáticas ni si Sophie Clarke me asesinaría más tarde. Simplemente caminé hacia ellos, activando el aura de «Capitán de Inglaterra» al máximo nivel.
—¡Price! Llevo buscándote diez minutos —exclamé, interrumpiendo al periodista con una sonrisa arrolladora—. Siento robarte a mi mejor defensa, Martin, pero Mark nos necesita para repasar un detalle de la logística de mañana.
El periodista parpadeó, sorprendido por la interrupción, pero su instinto depredador no tardó en redirigirse hacia mí.
—Jamie, qué oportuno. Estábamos hablando de cómo Oliver está asimilando la presión de los focos. La gente se pregunta si la estrella emergente tiene tiempo para el amor en medio del Mundial. ¿Tú qué le aconsejas como experto en romper corazones?
La pregunta era una trampa para ratones, diseñada para generar un titular frívolo. Sentí la furia arder en la base de mi garganta, un resentimiento profundo y amargo hacia la caricatura en la que me habían convertido. Experto en romper corazones. El soltero codiciado. El playboy.
Si supieras, Martin. Si tuvieras la más mínima idea.
Miré a Ollie. Sus ojos grises se cruzaron con los míos. Había una advertencia en ellos, pero también un atisbo de alivio. Me estaba pidiendo, sin palabras, que no hiciera un espectáculo, que mantuviera la fachada.
—Le aconsejo que se centre en el balón, Martin —respondí, mi tono suave pero con un filo cortante—. Los corazones pueden esperar. Ahora mismo, el único compromiso que tenemos es con el partido de cuartos de final. Si me disculpas.
Puse una mano en la parte baja de la espalda de Ollie. Fue un toque fugaz, apenas un roce sobre la tela de su chaqueta, pero la descarga eléctrica me subió por el brazo hasta el hombro. Él se tensó por una fracción de segundo, pero se dejó guiar lejos del periodista.
Caminamos en silencio hacia una zona más despejada, cerca de los ventanales que daban a los jardines del hotel.
—No tenías que hacer eso —murmuró Ollie, sin mirarme, manteniendo la vista al frente. Su voz sonaba seca, contenida.
—Iba a preguntarte qué colonia usas para publicarlo en su columna dominical. Era una intervención de emergencia —repliqué, bajando la voz para que solo él pudiera escucharme.
—Lo tenía controlado.
—Lo sé. —Suspiré, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón para evitar la tentación de volver a tocarlo—. Pero odio verte incómodo.
Ollie giró el rostro hacia mí, despacio. Sus ojos eran un tormento. Claros, agudos, leyendo cada grieta en mi armadura prefabricada.
—El coche en el nivel menos dos. Cristales tintados —dijo, y cada palabra era un dardo directo al centro de la diana—. Has alterado los protocolos de la FA, Jamie.
—Solo estaba ejerciendo mis funciones de capitán. Optimización de recursos para el bienestar de la plantilla.
—Eres un pésimo mentiroso cuando no hay cámaras delante.
—Conmigo, nunca hay cámaras delante cuando se trata de ti, Ollie.
La frase quedó suspendida en el aire, pesada, cargada con todas las verdades que no podíamos pronunciar en esta maldita sala llena de trajes caros y sonrisas falsas.
Ollie tragó saliva y apartó la mirada. Vi cómo su nuez subía y bajaba.
Le importaba. Joder, le importaba tanto como a mí, y eso hacía que la distancia entre nosotros fuera una tortura física.
—¡Chicos! —La voz de Sophie Clarke nos sacó del aislamiento. Venía hacia nosotros flanqueada por un fotógrafo oficial de la federación—. Foto de grupo con el patrocinador principal. Ellison los quiere a todos en el escenario. Ahora.
Asentimos en silencio y seguimos a Sophie.
El escenario estaba iluminado como si fuera pleno día.
Los jugadores nos fuimos acomodando alrededor del logotipo gigante del Mundial y del banco patrocinador.
Dan Keane refunfuñaba en una esquina; Lewis Brooks intentaba hacerle cuernos por detrás a Josh Barrett, hasta que Ben le dio un codazo preventivo.
El caos de posicionamiento hizo que, casi por inercia, Ollie y yo quedáramos uno al lado del otro en la fila trasera.
El fotógrafo empezó a dar indicaciones. «Un poco más juntos. Sonreíd. Mirad aquí».
Me moví un milímetro a la izquierda. Mi hombro rozó el de Ollie. El contacto fue a través de dos capas de lana fría y seda, pero podría haber jurado que mi piel estaba en llamas. Su brazo estaba rígido, firme como el acero, pero no se apartó. No retrocedió.
Estábamos frente a cincuenta fotógrafos, siendo grabados y documentados para los archivos históricos de la FA, y yo solo podía pensar en la ridícula, abrumadora necesidad de deslizar mi mano izquierda, buscar sus dedos y entrelazarlos con los míos.
Quería que el mundo entero supiera que el hombre más disciplinado, seco y brillante de este torneo me pertenecía tanto como yo le pertenecía a él.
Quería destruir el armario con mis propias manos y prenderle fuego a la máscara de «Jamie Whitmore, el golden boy».
Pero no lo hice.
Porque proteger a Ollie significaba no empujarlo al abismo mediático que tanto le aterrorizaba.
Significaba entender que mi deseo de libertad no podía atropellar su necesidad de control y privacidad.
Amar a este hombre en este ecosistema significaba tener que conformarme con el calor fantasma de su hombro rozando el mío en una foto oficial.
Apreté los puños detrás de mi espalda con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas.
—Te queda bien el traje, Price —murmuré, apenas moviendo los labios, proyectando mi mejor sonrisa hacia las lentes de las cámaras.
Ollie mantuvo la mirada fija en los flashes, su expresión impasible, una fortaleza inexpugnable. Pero escuché su voz, un susurro ronco, casi imperceptible por encima del ruido de los obturadores, destinado única y exclusivamente para mí.
—Cállate, Whitmore.
Una sonrisa genuina, real y absolutamente descontrolada, rompió mi fachada publicitaria.
Los flashes estallaron, capturando el momento.
El capitán de Inglaterra y el defensa recién llegado.
Una imagen perfecta para la prensa. Una mentira perfecta para el mundo.
Y, debajo de todo ese ruido y toda esa seda, una verdad secreta que me estaba costando la cordura, pero que no cambiaría por nada.