TIEMPO EXTRA 31 EL PERÍMETRO DE TERCIOPELO
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31 EL PERÍMETRO DE TERCIOPELO

Un esmoquin es, a todos los efectos prácticos, una trampa táctica.

Restringe la movilidad de los hombros, altera tu centro de gravedad y, si cometes un error de cálculo con la pajarita, te corta el oxígeno en la zona tres.

No hay manera de defender un córner con esta ropa. Tampoco hay manera de esconderse.

Llevaba quince minutos frente al espejo de mi habitación del hotel, abotonando el cuello de la camisa blanca con la precisión de un artificiero. Mis dedos se detuvieron en el último ojal.

Me incliné hacia el cristal. Había una sombra tenue, casi imperceptible, en el lado izquierdo de mi cuello. Justo donde la línea de la clavícula se encontraba con el músculo. Un milímetro más arriba y el cuello de la camisa no la habría tapado.

Cerré los ojos un segundo. La imagen de la terraza a oscuras y la habitación de la planta cuatro me golpeó con la fuerza de un despeje a la grada.

El calor de sus manos, la respiración contenida, el peso de su cuerpo hundiéndose en el mío.

El pánico frío y afilado de tener que huir antes del amanecer.

Tragué saliva y deslicé el botón por el ojal, sellando la frontera.

La puerta de mi habitación se abrió sin que nadie se molestara en llamar.

—Postura, Price —dictaminó Lottie Shaw, entrando con la autoridad de quien lleva una década alineando vértebras rebeldes.

Traía un café en la mano y una expresión de diagnóstico—.

Si te encorvas así para esconderte de la prensa, mañana tendré que masajearte los romboides, y te aseguro que cobraré horas extras.

—Es el peso del escudo de la FA —dije, ajustándome los puños—. Y el hecho de que la pajarita me está estrangulando lentamente.

—Es seda, no alambre de espino. —Sophie Clarke apareció detrás de ella, vestida con un traje pantalón azul marino que gritaba competencia letal.

No soltaba su tableta ni siquiera para respirar—.

Y más te vale no aflojártela hasta que estemos en el autobús de vuelta.

Hoy no hay margen para la estética desaliñada.

—Creía que las galas benéficas del Mundial eran para celebrar la unidad y la paz mundial.

—Son para que los patrocinadores sientan que su dinero sirve para algo mientras se beben un champán que sabe a césped —replicó Sophie, deslizándose por la habitación mientras comprobaba la luz, los ángulos y, presumiblemente, mi nivel de pánico—.

Cero declaraciones sobre las rotaciones de Mark.

Cero fotos con bebidas alcohólicas que no auspicien el torneo.

Y, por el amor de Dios, si la prensa de Londres te pregunta por tu club, tu respuesta es: «Mi único club ahora mismo es Inglaterra».

—Poético. Casi me lo creo.

—Tiene que creérselo el Daily Mail, no tú.

La puerta, que Sophie no había cerrado, volvió a abrirse.

Maya Hale entró con la naturalidad de alguien que considera que las zonas blindadas de un hotel mundialista son una extensión de su propio salón.

Llevaba un vestido esmeralda espectacular, pero su rostro reflejaba el agotamiento propio de las trincheras.

—Elsie ha decidido que el concepto de «etiqueta rigurosa» es opresivo y que su vestido necesita una capa de purpurina —anunció Maya, dejándose caer en la butaca junto a la ventana—.

Nathan está intentando negociar con ella mediante sobornos de chocolate, pero ambos sabemos que estamos perdiendo la guerra.

Lottie le pasó su café sin dudarlo.

—La purpurina es el enemigo natural de la fisioterapia. Se mete en las camillas y no sale nunca.

—¿Sobrevivirá Nathan? —pregunté.

—Nathan tiene un máster en ceder ante su hija con dignidad —dijo Maya, dándole un sorbo al café. Luego, me miró de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron en la pajarita, en los hombros, y en mi intento deliberado de no parecer un maniquí aterrorizado—. Estás impecable, Ollie.

—Intento parecer un parche defensivo muy caro.

—Pareces alguien que sabe exactamente qué impacto va a causar cuando baje al vestíbulo —murmuró Sophie, sin levantar la vista de la pantalla.

El comentario me dio justo debajo de la línea de flotación.

No me importaban las cámaras. No me importaban los patrocinadores, ni el Daily Mail, ni los directivos de la FA con sus discursos interminables sobre resiliencia. Me importaba una sola cosa.

Quería que Jamie me viera.

Quería que me viera vestido así, caminando por ese salón, y quería saber si su control público sería capaz de soportarlo. El simple pensamiento era un riesgo inaceptable. Era una vulnerabilidad tan estúpida que me daban ganas de quitarme el traje y pedir asilo en la sala de hielo.

Me ajusté el reloj.

—¿Cuál es la logística? —pregunté, cambiando el tono para recuperar la frialdad táctica—. ¿Autobús B con el resto de suplentes y cuerpo técnico? ¿Entrada por la alfombra principal o por el lateral?

Sophie dejó de teclear. Lottie y Maya cruzaron una mirada que, si yo fuera un hombre menos paranoico, habría clasificado como interesante. En mi mundo, esa mirada significaba problemas.

—No vas en el autobús B —dijo Sophie, alzando la vista—. Y no pasas por la alfombra principal.

Fruncí el ceño.

—Mark dijo ayer que todos los jugadores de campo harían el pasillo de medios.

—Mark dijo eso, sí. —Sophie se acercó, bajando el tono y adoptando esa postura de media officer que usaba cuando desactivaba crisis—.

Pero tu itinerario ha sido modificado hace cuarenta minutos.

Tienes un coche esperándote en el nivel menos dos del parking.

Cristales tintados. Ruta despejada. Te saltas el corralito de la prensa y entras directamente por el acceso de proveedores hasta el salón privado.

El silencio en la habitación se volvió pesado.

Lottie examinaba sus uñas. Maya observaba la moqueta.

—¿Un coche privado? —repetí. Mi cerebro empezó a procesar las variables. La FA no gastaba recursos en proteger a un defensa de emergencia a menos que hubiera una amenaza inminente—. ¿Ha pasado algo con mi club? ¿Ha hablado alguien? ¿Callum?

El nombre salió de mi boca como veneno puro.

—No, no, respira. —Sophie levantó una mano, deteniendo mi espiral—. La prensa no tiene nada nuevo. Tu expediente está inmaculado.

—Entonces, ¿por qué el protocolo de seguridad presidencial? —La ironía me falló. Sonó a miedo.

Sophie suspiró, cerrando la cubierta de su tableta con un chasquido suave.

—Porque no lo ha pedido Mark, Ollie. Lo ha gestionado el número siete.

El aire desapareció de la habitación.

Jamie.

—Dijo que la exposición de la última rueda de prensa había sido suficiente para ti esta semana —continuó Sophie, y aunque su tono era neutro, las palabras estaban cargadas de significado—.

Habló con seguridad, firmó los permisos de la FA y reasignó un vehículo del staff de comunicación para que pudieras esquivar las fotos de entrada.

Me quedé mirando la pared, sintiendo cómo el nudo de mi pajarita de repente cumplía su función de estrangulamiento.

Jamie no me había preguntado. Jamie no me había dicho nada durante la madrugada, mientras mi cuerpo aún estaba enredado en el suyo.

Lo había organizado en silencio, usando su poder, su influencia como capitán, para crearme un perímetro de seguridad.

Para evitarme el pánico de los flashes. Para cuidarme.

Era un gesto de novio.

No de capitán. No de compañero de equipo. De novio.

Y lo había hecho en el entorno más vigilado del planeta, dejando un rastro logístico que Sophie Clarke había detectado en menos de una hora.

—Es un abuso de recursos de la FA —dije. Mi voz sonó metálica. Hueca.

—Es una maniobra de distracción excelente —apuntó Lottie, rompiendo la tensión con pragmatismo médico—. Te ahorras el estrés articular de estar de pie cuarenta minutos en la alfombra respondiendo a idiotas. Médicamente, lo apruebo.

Maya sonrió, una sonrisa pequeña y comprensiva.

—Jamie siempre ha sido muy territorial con el bienestar de la gente que considera... suya.

La palabra suya resonó en la habitación como una campana de alarma.

No dije nada. No podía. Si abría la boca, iba a confirmar todo lo que Sophie ya sospechaba y lo que Maya parecía dar por hecho.

Yo no era suyo. Nosotros no éramos nada que pudiera nombrarse sin desencadenar una explosión nuclear en mi carrera y en su imagen pública.

Éramos un accidente nocturno repetido. Éramos adrenalina y táctica.

Pero el coche negro en el parking decía otra cosa.

—Voy a matarlo —dije, recogiendo el móvil de la mesa con un movimiento brusco.

—Hazlo después de la gala —pidió Sophie—. Si lo matas ahora, tendré que reescribir el comunicado de prensa de la FA y hoy no tengo ganas de hacer horas extra.

—Y no le apuntes a la cara —añadió Lottie—. Los patrocinadores se pondrían muy nerviosos.

Me dirigí hacia la puerta. Mi cuerpo funcionaba con el entrenamiento de años de ocultación: hombros relajados, respiración controlada, máscara de hielo intacta.

—Nivel menos dos, has dicho.

—Nivel menos dos —confirmó Sophie. Se acercó y me arregló un pliegue invisible en el hombro de la chaqueta.

Su mirada se encontró con la mía. Había advertencia y lealtad a partes iguales—.

Ollie. Juega la línea. Pero ten cuidado.

Cuando alguien empieza a mover los hilos logísticos de una institución como la FA solo para ahorrarte un mal rato... la gente lo nota.

—No hay nada que notar.

—Por supuesto que no —dijo ella, sin creerse ni una sílaba—. Ve a subirte a tu coche privado.

Salí al pasillo antes de que pudiera ver cómo el pánico se me filtraba por las grietas.

Caminé hacia los ascensores de servicio con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, sintiendo el roce de la seda. El hotel zumbaba a mi alrededor. Guardias de seguridad, carritos de catering, el eco lejano del equipo concentrándose en el lobby principal.

Apreté el botón del ascensor y cerré los ojos.

La trampa táctica del esmoquin no era nada comparada con la trampa logística de James Whitmore.

Quería odiarlo por decidir por mí, por dejar huellas en los registros de la federación.

Pero, mientras bajaba hacia el aparcamiento subterráneo, el único pensamiento que me golpeaba las costillas era la anticipación abrasadora de entrar en ese salón, buscarlo entre la multitud y ver qué cara ponía cuando descubriera que, a pesar de sus intentos por protegerme, yo había ido allí única y exclusivamente para ser visto por él.