30 EL ÁNGULO CIEGO
Desengancharme de la órbita del director de marketing de nuestro principal patrocinador requirió una maniobra de distracción que el mismísimo Houdini habría aplaudido.
Utilicé a Lewis Brooks. Vi a nuestro mediapunta acercarse peligrosamente a la bandeja de macarons de pistacho con la mirada desenfocada de quien lleva tres días a base de pasta integral, y, con una sonrisa de disculpa perfectamente calibrada, le dije al trajeado ejecutivo que, como capitán, debía evitar un coma diabético en mi plantilla.
—Responsabilidades de liderazgo, ya sabe —mentí, con esa voz de campaña publicitaria que me salía en automático.
El tipo asintió, encantado de ser testigo de mi supuesta nobleza. Me di la vuelta y dejé que la máscara cayera justo en el instante en que le daba la espalda a la sala principal.
El pasillo técnico del hotel estaba en semipenumbra.
La FA había acordonado el ala este para nuestra pequeña «celebración íntima» por el pase a cuartos, pero íntimo en el fútbol moderno solo significa que los fotógrafos llevan acreditación verde en lugar de roja.
Me moví rápido, con los pasos silenciosos de un hombre que lleva una década escabulléndose de los focos.
Conocía los ángulos ciegos. Sophie me había enseñado, sin querer, qué cámaras del techo eran fijas y cuáles rotatorias.
Mi pulso latía en la base del cuello, sordo y constante.
No estaba buscando tranquilidad. No estaba buscando recuperar el aliento.
Estaba buscando a Oliver Price, porque el muy cabrón me había lanzado un guante envenenado en medio de cien personas y luego se había largado andando con la cadencia de quien sabe que acaba de prenderle fuego a la sala.
Si me encuentras ahí en menos de diez minutos sin que tu club de fans te siga el rastro...
Llegué a las puertas de la terraza cubierta. La máquina de hielo rota zumbaba en la esquina como un tractor asmático. La luz naranja de las farolas de la ciudad se filtraba por los paneles de cristal opaco, dibujando sombras alargadas sobre el suelo de moqueta.
Y ahí estaba.
Apoyado contra la barandilla de metal, de espaldas a la puerta. Llevaba la camisa negra arremangada hasta los antebrazos. La línea de sus hombros era pura tensión contenida, un bloque de granito esperando el impacto.
—Haces más ruido que un batallón de infantería, Whitmore —dijo Ollie. No se giró. Su voz era seca, baja, rasposa.
Sonreí, y por primera vez en toda la noche, no me dolió la cara al hacerlo. Cerré la puerta doble a mis espaldas y pasé el pestillo de seguridad con un clic que resonó como un disparo en la pequeña terraza.
—Te encontré —dije.
Di un paso hacia él. Luego otro.
Ollie se giró lentamente. La poca luz le marcaba los pómulos y la línea severa de la mandíbula. Sus ojos grises estaban oscurecidos, dilatados, y por un segundo vi el abismo de adrenalina que estaba intentando ocultar tras esa fachada de analista táctico.
—Has tardado ocho minutos. Estaba a punto de declararte incompetente en labores de infiltración.
—Tuve que sacrificar a Lewis a los patrocinadores. Es un mártir nacional.
Acorté la distancia hasta invadir su espacio personal.
El olor a linimento, a jabón limpio y a ese sudor nervioso que solo aparecía cuando los partidos se complicaban me golpeó de lleno.
Mi cuerpo reaccionó con una violencia que me dejó sin aire.
Me planté frente a él, a menos de un palmo, atrapándolo entre mi cuerpo y el cristal de la barandilla.
—No deberías haberme retado, Price —murmuré, bajando la voz hasta convertirla en un rasguño.
Ollie no retrocedió. Levantó la barbilla, sosteniéndome la mirada con una fiereza que me hizo apretar los dientes.
—No te he retado. Te he dado una instrucción táctica. Y has tardado demasiado en ejecutarla.
Levanté una mano y la apoyé en la pared de cristal, justo al lado de su cabeza. La otra fue directamente a su cintura. El calor de su cuerpo traspasó la tela de la camisa negra, quemándome la palma de la mano.
—Eres insoportable —susurré, inclinándome hasta que mi boca rozó su oreja. Sentí cómo se estremecía, un temblor rápido y traicionero que me llenó de un poder absurdo—. Tienes suerte de que me guste tanto la táctica.
Ollie cerró los manos alrededor de los antebrazos de mi chaqueta. Sus dedos se clavaron en la tela.
—Aquí no, Jamie.
Dijo mi nombre. No Whitmore. No Capitán. Jamie.
Ese puto nombre en su boca era un interruptor que apagaba todo el ruido del mundo.
El deseo me atenazó la garganta, denso y posesivo.
Quería empujarlo contra el cristal. Quería arrancarle esa maldita camisa negra que me llevaba torturando desde la sala de vídeo.
Quería morderle la boca hasta que olvidara cómo mantener el control, hasta que dejara de ser el defensa perfecto y fuera solo mío.
Mío.
La palabra detonó en mi cabeza con la fuerza de una alarma antiaérea.
Yo no era un hombre de exclusividades. Llevaba años firmando acuerdos de confidencialidad y saltando de hotel en hotel, convencido de que la única forma de sobrevivir al armario público era no quedarse nunca el tiempo suficiente para que empezara a importar.
Pero ahora, mirando la respiración acelerada de Ollie, sintiendo el agarre desesperado de sus manos en mis brazos, el pánico me atravesó de lado a lado.
No quería a nadie más. La idea de que Ollie mirara a otro hombre con esta mezcla de rabia y necesidad me daba náuseas. Esto de querer siempre al mismo hombre estaba resultando ser peligrosamente fácil. Demasiado fácil para alguien que vivía aterrorizado de ser descubierto.
Iba a besarlo. Iba a destrozar mi propio control y el suyo.
Pero antes de que pudiera acortar los dos centímetros que nos separaban, el crujido metálico de un walkie-talkie sonó al otro lado de la puerta.
«Mason, asegura el perímetro este. El míster quiere que los jugadores empiecen a subir a las habitaciones en diez minutos.»
Ollie y yo nos congelamos.
La burbuja de adrenalina estalló. Éramos dos jugadores de la selección inglesa encerrados en una terraza oscura, a cinco metros de un equipo de seguridad que cobraba por evitar escándalos. La realidad nos cayó encima como un bloque de hielo.
Solté su cintura lentamente. Ollie me soltó los brazos, bajando la mirada mientras su pecho subía y bajaba con violencia.
—Te dije que aquí no —murmuró, la voz áspera por el esfuerzo de recuperar su tono monótono.
—Lo sé —dije, pasándome una mano temblorosa por el pelo—. Dame tu tarjeta.
—¿Qué?
—Tu tarjeta de la habitación. Dámela.
Me miró, calculando. Luego, sin decir una palabra, metió la mano en el bolsillo y me entregó el plástico blanco. La guardé en mi chaqueta.
—Sube tú primero —ordené, volviendo a ponerme el traje de capitán, el logístico, el organizador—.
Usa las escaleras de servicio, las que dan a la lavandería.
Las cámaras ahí están orientadas a las puertas de carga, no a los descansillos.
Entra en mi habitación. La 418. Yo me quedaré en el salón quince minutos más, me haré dos fotos con la junta directiva de la FA y subiré por el ascensor principal.
Ollie asintió. Era un plan frío, clínico. Exactamente el tipo de estructura que él necesitaba para permitirse soltar el control más tarde.
—Quince minutos, Whitmore. Ni uno más. O me iré a dormir a mi cuarto.
Sonreí, una sonrisa pequeña, privada y absolutamente aterrorizada por lo mucho que lo quería.
—Estaré allí en doce.
Tardé catorce.
Cuando abrí la puerta de la 418 y pasé el pestillo, la habitación estaba a oscuras, salvo por la luz amarilla que se colaba desde las farolas de la calle.
Ollie estaba sentado en el borde de mi cama, con la camisa negra desabrochada hasta la mitad del pecho. No me dijo nada. No hubo bromas sobre mi tiempo de llegada, ni análisis sobre la ruta que había tomado. Se levantó en silencio.
Tiré la chaqueta al suelo.
No fue un choque suave. Fue una colisión. Nos encontramos en el centro de la habitación, las manos buscando piel, tela, urgencia. Ollie me agarró de la nuca y me estrelló la boca contra la suya. Sabía a agua con gas, a tensión reprimida y a una necesidad que me hizo perder el equilibrio.
Retrocedí, arrastrándolo conmigo hasta que mi espalda chocó contra la pared.
—Ollie... —gemí cuando sus labios bajaron por mi cuello, sus dientes rozando justo en la línea donde el cuello de la camisa ocultaría cualquier marca mañana. Era metódico incluso cuando perdía la cabeza.
Sus manos tiraron de mi polo, intentando sacármelo por la cabeza con una torpeza que me hizo sonreír contra su piel. Lo ayudé, deshaciéndome de la ropa con movimientos erráticos. Cuando sus palmas desnudas tocaron mi pecho, un escalofrío violento me sacudió.
—Te odio por lo que me haces sentir ahí abajo —susurró Ollie, la frente apoyada en mi hombro, respirando pesadamente mientras yo le desabrochaba los pantalones.
—La mentira táctica número uno de Oliver Price —respondí, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. Dices que me odias para no admitir que te mueres porque te toque.
Me empujó hacia la cama. Caímos sobre el colchón en una maraña de piernas y urgencia.
No encendimos la luz. No hacía falta. Mis manos conocían la geografía de su cuerpo como si hubiera nacido para trazarla.
Cada cicatriz, cada músculo tenso por los entrenamientos, cada punto exacto donde la frialdad de Price se derretía y daba paso a Ollie.
Hicimos el amor con una intensidad silenciosa, ahogando los sonidos contra las almohadas, conscientes de que los pasillos del hotel estaban llenos de compañeros, técnicos y guardias. Esa vigilancia externa convertía cada roce en un acto de rebelión.
Cuando me hundí en él, sus uñas se clavaron en mis omóplatos.
Su cuerpo se arqueó, tenso como la cuerda de un arco, y enterró el rostro en mi cuello para silenciar su propio nombre rompiéndose en su garganta.
Lo sostuve. Lo rodeé con mis brazos, anclándolo a mí, queriendo protegerlo del mundo exterior, de las cámaras, de los periodistas del Daily Mail y de mi propia fama tóxica.
Quería decirle que era mío. Quería decírselo en voz alta.
Pero el pánico me selló los labios. Si se lo decía, si le ponía nombre a esta exclusividad que ya latía en mis huesos, él retrocedería.
Ollie Price solo se entregaba bajo la premisa de que esto era temporal, controlado, un refugio físico sin ataduras emocionales.
Si le confesaba que yo ya no estaba jugando, huiría antes del amanecer.
Me tragué el "te quiero" y, en su lugar, le besé la sien, respirando el olor a sudor y sábanas limpias.
A las cuatro y media de la mañana, la alarma de su reloj vibró sobre la mesilla.
El sonido me despertó al instante, aunque fingí mantener los ojos cerrados. Sentí cómo Ollie se movía con cuidado extremo. Se desenredó de mis brazos como si estuviera desactivando una trampa.
El aire frío de la habitación me golpeó el pecho desnudo cuando se levantó.
Abrí un ojo, apenas una rendija, y lo observé en la penumbra.
Estaba recogiendo su ropa del suelo, vistiéndose en silencio.
La camisa negra, los pantalones, los zapatos en la mano para no hacer ruido en la moqueta del pasillo.
Era la rutina de un hombre que se preparaba para desaparecer sin dejar rastro. La rutina de la supervivencia.
Una parte de mí, la parte que estaba desesperadamente enamorada de él, quería sentarse, encender la luz y pedirle que se quedara. Que mandara a la mierda a los fisios, al staff y a las normas de la FA. Que durmiera a mi lado hasta que el sol entrara por las ventanas.
Pero la otra parte, el Capitán de Inglaterra, el que sabía que un escándalo ahora destruiría la carrera que a Ollie tanto le había costado construir, se quedó quieta en la cama.
Lo vi detenerse en la puerta. Se giró hacia la cama, mirándome en la oscuridad durante un segundo largo y pesado. No sé qué pensó. No sé si se arrepintió de irse o si se estaba recordando a sí mismo por qué tenía que hacerlo.
Luego, empujó el picaporte y salió, cerrando la puerta con un clic imperceptible.
La habitación se quedó vacía, fría y monumentalmente sola.
Me pasé una mano por la cara y miré el techo, sintiendo el peso de la exclusividad cayendo sobre mí como una losa de plomo.
Ya no había vuelta atrás. Podía seguir fingiendo ante las cámaras.
Podía seguir riéndome en las ruedas de prensa.
Pero en el silencio de mi cabeza, la verdad era rotunda e inescapable.
Estaba completa y absolutamente jodido.