TIEMPO EXTRA 29 LOS ACUARIOS
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29 LOS ACUARIOS

El concepto que la FA tiene de “privacidad” es fascinante.

Básicamente, consiste en meter a veintiséis futbolistas exhaustos, catorce directivos con trajes demasiado caros y media docena de patrocinadores en un salón acorazado del hotel de concentración, poner música a un volumen que impide la comunicación humana básica y fingir que todos nos estamos divirtiendo en la más estricta intimidad.

Añade a la mezcla tres fotógrafos oficiales con acreditación verde pululando por las esquinas como francotiradores, y el resultado es un acuario de alta seguridad.

Llevaba cuarenta minutos apoyado contra una columna revestida de madera, sosteniendo un vaso de agua con gas que había dejado de tener gas hace media hora.

Desde mi posición, la lectura táctica del salón era deprimente.

Lewis Brooks y Josh Barrett estaban intentando convencer a Dan Keane de que el himno nacional sonaría mucho mejor si lo cantaran a capela y en falsete.

Dan tenía esa expresión vacía y derrotada de quien está calculando mentalmente cuántos años de cárcel le caerían por homicidio involuntario con un tenedor de canapés.

Sophie Clarke cruzaba la sala a paso militar, interceptando a un relaciones públicas de una marca de bebidas antes de que este pudiera acercarse a Sam Bennett con un producto no oficial. Ver a Sophie trabajar era como ver a un antidisturbios en tacones. Impecable.

Y luego, por supuesto, estaba él.

James Whitmore.

Si el salón era un acuario, Jamie era el maldito tiburón dorado que todos querían ver brillar. Estaba atrapado cerca de la barra, rodeado por dos ejecutivos de un banco y una presentadora de televisión que había conseguido acceso vip por cortesía de la cadena dueña de los derechos de emisión.

Llevaba un polo azul oscuro que se le ajustaba a los hombros con una precisión indecente.

Sonreía. Asentía. Inclinaba la cabeza justo en el ángulo perfecto para que los focos del techo le marcaran la mandíbula.

Era una actuación magistral de Capitán de Inglaterra, una rutina de carisma prefabricado que yo solía despreciar con toda mi alma.

El problema era que ahora sabía lo que costaba mantener esa maldita sonrisa encendida.

Le di un trago a mi agua triste, sintiendo el escozor de la irritación en la base de la garganta.

No había venido a esta celebración porque me apeteciera socializar.

Estaba reventado tras el partido. Mis gemelos pedían hielo a gritos y mi cama de la habitación 412 me parecía el único paraíso terrenal válido.

Pero a las seis de la tarde, mi móvil había vibrado sobre la mesa de masajes.

«Ponte la camisa negra. La que usaste en la sala de vídeo el martes. Solo para que el paisaje me resulte tolerable.»

Esa había sido su invitación. Una puta orden camuflada de arrogancia. Y yo, que se supone que soy un hombre racional, frío y con instinto de supervivencia, me la había puesto.

Mi mirada se cruzó con la suya por encima del hombro de uno de los banqueros. Fue menos de un segundo. Un parpadeo en medio de la multitud. Pero vi cómo la máscara de Jamie vacilaba. La sonrisa automática se tensó en las comisuras y sus ojos oscurecieron al enfocarme.

La distancia entre nosotros era de apenas quince metros, pero con la cantidad de miradas, móviles y cámaras en la sala, bien podrían haber sido quince kilómetros con minas antipersona.

Aparté la vista antes de que alguien más siguiera la trayectoria de sus ojos. Mirar demasiado era el primer error del novato, y yo me negaba a ser un daño colateral en el circo mediático de James Whitmore.

Un camarero pasó a mi lado con una bandeja de copas de champán. Me eché ligeramente hacia atrás para dejarle espacio, y entonces lo sentí.

El calor súbito, denso y eléctrico de un cuerpo pegándose a mi espalda. Una mano grande y firme se aplanó contra la base de mi columna, justo en el borde donde la camisa negra se metía por el pantalón.

El contacto duró una fracción de segundo, un roce justificado por la falta de espacio, pero la presión de sus dedos fue un mensaje codificado que me recorrió la espina dorsal como un relámpago.

—Cuidado, Price. Casi te atropellan con el espumoso.

La voz de Jamie sonó ronca y baja, vibrando peligrosamente cerca de mi oreja izquierda. Tragué saliva, obligando a mi cuerpo a no tensarse, a no girarse de golpe, a no delatar el maldito caos que su simple cercanía me provocaba.

—Pensé que estabas muy ocupado salvando la economía británica con esos banqueros —murmuré, manteniendo la vista al frente, observando la sala como si no tuviera a la tentación respirándome en el cuello.

Jamie dio un paso lateral, colocándose a mi lado, hombro con hombro. No me miró directamente. Su postura era la de un capitán charlando con su defensa central tras un partido duro. Desde fuera, una escena de camaradería profesional.

Desde dentro, una bomba de relojería.

—Estaban debatiendo sobre liderazgo. Estuve a punto de cederles el brazalete a cambio de que me dejaran en paz —respondió. Su mirada barrió mi vaso—. Agua con gas y una rodaja de limón seco. Eres el alma de la fiesta, Ollie.

El uso de mi nombre sin el apellido me golpeó bajo las costillas.

—Alguien tiene que mantener la sobriedad en este circo. Si te fijas, Josh está a punto de intentar hacer el pino en la mesa de los canapés.

—Lottie lo asesinará antes de que apoye las manos. —Jamie hizo una pausa, y su tono perdió la ligereza—. ¿Estás bien? Estás muy callado. No bebas nada que no hayas abierto tú, por favor. Hay mucha gente aquí esta noche.

El cuidado indirecto me irritó. Me irritó porque me gustaba demasiado. Porque, detrás de la fachada de estrella intocable, Jamie era un puto perro guardián que escaneaba la sala buscando amenazas para mí.

—No necesito que me vigiles los electrolitos, Whitmore. Sé cómo funciona un evento.

—Lo sé. —Su hombro rozó el mío al fingir que se apartaba para dejar pasar a Ben Carter, que nos lanzó una mirada de advertencia desde la lejanía antes de seguir su camino—. Pero me cuesta no hacerlo. Me cuesta mucho no mirarte, Price. Sobretodo cuando te pones esa maldita camisa.

El aire se quedó atascado en mis pulmones.

El descaro de decirlo aquí. En una sala iluminada.

Con Sophie a cinco metros y el seleccionador a diez.

La rabia, el deseo y la absoluta temeridad de la situación se mezclaron en un cóctel letal en mi cerebro.

Yo, que siempre había jugado a la defensiva, que siempre había esperado a que el rival hiciera el primer movimiento para cerrar el ángulo, sentí la necesidad repentina de robarle el balón en el centro del campo.

Quería que me eligiera. Quería que se arriesgara. Quería ver hasta dónde estaba dispuesto a romper su propio control por mí.

—Eres pésimo disimulando —dije, con la voz tan seca y afilada que casi cortó el murmullo de la sala—. Te crees muy sutil, pero miras como si alguien te debiera dinero y estuvieras calculando cómo cobrártelo.

Jamie tensó la mandíbula. Vi cómo sus nudillos se volvían blancos alrededor de su propio vaso.

—¿Eso crees? —murmuró, y la provocación en su voz fue un fósforo encendido cayendo sobre gasolina.

—Lo sé. —Incliné la cabeza, fingiendo interés en la pantalla gigante que repetía los mejores momentos del partido—. Estás tan acostumbrado a que todos hagan lo que quieres en cuanto sonríes que no sabes qué hacer cuando alguien te exige esfuerzo real.

—No me tientes, Ollie. Aquí no.

—Yo no tiento. Hago lecturas tácticas. —Di un paso adelante, despegándome de la columna.

El frío de la separación fue casi doloroso, pero mantuve la fachada intacta—.

Demuéstralo. Voy a salir de este acuario de flashes.

Hay una terraza cubierta en el ala este que el equipo de seguridad cree que nadie usa porque la máquina de hielo está rota.

Me giré, mirándolo por fin directamente a los ojos. El verde de su mirada estaba oscurecido, salvaje, atrapado bajo el peso del protocolo de la FA.

—Si me encuentras ahí en menos de diez minutos sin que tu club de fans de relaciones públicas te siga el rastro... a lo mejor te dejo invitarme a ese vaso de agua.

No esperé a ver su reacción.

Me di la vuelta y caminé hacia la salida lateral.

Mi postura era la de un jugador aburrido y exhausto que buscaba los lavabos.

Cada paso que daba sobre la moqueta del salón requería un nivel de autocontrol que me costaba años de vida.

Sentía sus ojos clavados en el centro de mi espalda, quemando a través de la tela negra de la camisa.

Al pasar junto a la puerta, me crucé con Ben. El central no me detuvo, pero sacudió la cabeza muy lentamente, un gesto mínimo de exasperación resignada. Él sabía lo que estábamos haciendo. Y sabía que estábamos jugando con fuego en un almacén de pólvora.

Crucé el umbral hacia el pasillo técnico. El ruido de la fiesta se atenuó, sustituido por el zumbido constante del aire acondicionado.

La adrenalina me latía en las sienes. Nunca en mi vida había hecho algo tan estúpido.

Yo era el hombre de las rutinas. El defensa frío.

El jugador que no se permitía un solo error de cálculo porque sabía lo caros que salían los escándalos.

Y, sin embargo, ahí estaba, caminando por un hotel blindado, marcando un rastro de migas de pan para que el capitán de Inglaterra me siguiera a la zona ciega de las cámaras.

Llegué a las puertas dobles que daban a la terraza este. Las empujé con cuidado. El aire nocturno de la ciudad me golpeó el rostro, cálido y denso.

La terraza estaba en penumbra, apenas iluminada por las luces de la calle y el resplandor de los edificios cercanos. La máquina de hielo rota zumbaba en una esquina como un generador moribundo.

Me apoyé contra la barandilla de cristal, oculto en las sombras, lejos de la línea de visión de cualquier ventana del salón principal.

Apreté las manos contra el metal frío, intentando frenar el temblor de mis propios dedos. El silencio de la terraza me devolvió el eco de mi propia temeridad.

Si no venía, lo entendería. Sería la decisión lógica. La decisión de un capitán que protegía su carrera y su imagen.

Pero si venía...

Miré la puerta oscura y contuve el aliento, sabiendo que, si cruzaba ese umbral, las reglas del juego que tanto me había esforzado por mantener desaparecerían para siempre.