28 EL ESCÁNER DE LOS VERDADEROS EXPERTOS
Odio perder a los videojuegos. No es una cuestión de orgullo, es pura genética competitiva.
Pero perder contra Reece Bell, un hombre que se gana la vida analizando métricas de redes sociales y que sujeta el mando de la consola como si fuera un artefacto alienígena, es directamente una humillación que debería estar penada por la FA.
—¡Es que no tiene sentido! —exclamo, tirando el mando contra los cojines del sofá de la sala de recreo—. Tu delantero acaba de hacer un giro que desafía las leyes de la física..
—No es la física, Jamie. Es que juegas al Federación Internacional de Fútbol igual que gestionas tu vida pública: con mucho ruido, demasiados regates innecesarios y olvidando que a veces el pase más sencillo es el que te hace ganar.
—Dios, qué profundo te pones para haber ganado de rebote en el minuto noventa —mascullo, pasándome una mano por el pelo.
El “Family Day” en la concentración de la selección inglesa durante un Mundial es un oasis rodeado de un campo de minas.
El hotel ha habilitado esta sala vip en la segunda planta, lejos de los teleobjetivos de los tabloides y de las miradas inquisitivas de los periodistas que montan guardia en el lobby.
Aquí huele a café caro, a perfume de diseño y a la extraña normalidad que todos intentamos fingir.
A mi izquierda, Nathan Hale se ríe desde el otro sofá. Lleva una cerveza sin alcohol en la mano y esa expresión de exdeportista que ha encontrado la paz mental lejos del césped.
—Déjalo, Reece. Está frustrado porque hoy no tiene a ninguna modelo de Instagram etiquetándole en fotos borrosas para alimentar el circo de la prensa.
—Esa es otra —apunta Reece, girándose hacia mí y entrecerrando los ojos como si me estuviera pasando por un escáner de aeropuerto—.
Llevas semanas sospechosamente tranquilo.
No hay titulares absurdos, no hay dramas de medianoche, no hay crisis de relaciones públicas.
Es más, diría que tienes un brillo en la cara que me inquieta profundamente.
Pareces un anuncio de suavizante para ropa de bebé.
Siento una repentina ola de calor trepar por mi cuello.
—Es el colágeno —miento, cruzándome de brazos como si pudiera construir un muro táctico con mi propio cuerpo—. Lottie me ha puesto una rutina facial estricta. Estoy en mi era de cuidado personal, gracias por notarlo.
Antes de que Reece pueda desmontar mi excusa, una pequeña bala de rizos y energía choca contra mis rodillas. Elsie, la hija de seis años de Nathan y Maya, se aferra a mis pantalones de chándal como un koala.
—¡Tío Jamie!
Se me derrite absolutamente todo. El estrés, los tabloides, la presión del Mundial. Todo se evapora cuando la cojo en brazos y me la siento en el regazo.
—¡Pero bueno, Lady Elsie! —exclamo, haciéndole cosquillas en las costillas, provocando que suelte una carcajada escandalosa—. Estás enorme. ¿Qué te dan de comer en casa? ¿Hormonas de crecimiento?
Maya aparece detrás de ella, sosteniendo una caja de cartón de una pastelería artesanal que me hace salivar al instante.
—Le damos paciencia, que es lo que nos falta a su padre y a mí —dice Maya, dejándose caer junto a Nathan y abriendo la caja.
El aroma a chocolate negro y sal marina inunda el espacio—.
He traído los brownies que te gustan, Jamie.
Porque sé que aquí os tienen a base de pasta integral y promesas de gloria deportiva.
—Maya, eres literalmente la mujer de mi vida. Si Nathan alguna vez te falla, me casaré contigo solo por tus horneados.
Agarro un brownie y me lo llevo a la boca. Es un pedazo de cielo. Al masticar, mi cerebro hace esa cosa traicionera que lleva semanas haciendo: conecta cualquier sensación mínimamente buena con Ollie Price.
Ollie odia el dulce en exceso, pero tiene una debilidad ridícula por el chocolate negro con sal. Lo sé porque en nuestra última madrugada juntos, lo mencionó entre susurros, con la guardia tan baja que casi me rompe el corazón.
Dejo disimuladamente un segundo brownie envuelto en una servilleta y lo deslizo hacia el bolsillo lateral de mi mochila. Un movimiento ninja. Impecable.
O eso creía.
—¿Y eso? —pregunta Maya, alzando una ceja perfecta.
—¿El qué? —Me hago el tonto, parpadeando con inocencia de monaguillo.
—Has guardado un brownie. Tú. El hombre que una vez se comió seis de una sentada y luego vomitó en un rosal.
—Es para la recena —improviso, sintiendo que la situación se me escapa de las manos—. Tengo un metabolismo rápido. El Mundial quema muchas calorías.
Reece se inclina hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Su mirada ya no es la de un rival de consola, sino la de mi amigo queer, ese que conoce todos los armarios en los que me he escondido y todas las llaves que he tirado al mar.
—Tú no guardas comida, Jamie. Tú no guardas nada para el futuro.
Vives al día, como si el mañana fuera un concepto inventado por Hacienda.
—Reece me señala con el dedo acusador—. Y, sin embargo, ahí estás.
Acumulando dulces. Y el otro día, cuando hablamos por teléfono, estabas revisando si en tu casa de Londres la televisión del salón tiene soporte para consolas vintage, algo que tú detestas pero que, curiosamente, le encanta a cierto defensa zurdo que ha llegado a la selección hace nada.
—¡Virgen santa, Reece! —exclamo, elevando la voz con una teatralidad que espero que cubra mi pánico—. Pareces mi madre. No estoy acumulando nada para nadie.
En ese preciso y traicionero instante, mi móvil vibra sobre la mesa de cristal.
La pantalla se ilumina.
Ollie: Si Lottie me hace hacer un estiramiento más de isquios, voy a cometer un crimen de guerra. Sálvame.
Leo el mensaje y, sin poder evitarlo, una sonrisa estúpida, gigantesca e incontrolable se apodera de mi cara. Es una sonrisa que nace en el pecho y me tira de las comisuras. Es la certeza de que Ollie me ha escrito a mí para quejarse, de que soy su refugio en medio del caos.
Levanto la vista, y los tres adultos en la sala me están mirando.
Nathan tiene una media sonrisa de hermano mayor orgulloso. Maya tiene las manos entrelazadas bajo la barbilla, mirándome con una ternura que me da alergia. Y Reece... Reece parece a punto de llamar a la prensa para anunciar un milagro.
—Mierda —murmuro, apagando la pantalla del móvil y tirándolo boca abajo contra la mesa.
—¡Lo sabía! —exclama Reece, levantando las manos al cielo—. ¡Tienes un cuelgue! ¡Estás colgado hasta las trancas!
—¡No tengo un cuelgue! —me defiendo, alzando las manos como si estuviera rindiéndome ante la policía—. A ver, bajemos un tono. ¿Acaso es un delito sonreírle a un teléfono? ¡Arréstame, por favor, por usar los músculos faciales!
Maya se ríe suavemente.
—Jamie, te ha cambiado hasta la postura corporal. Estás... relajado. Estás domesticado.
—No estoy domesticado. Soy el Capitán Caos. Soy una pesadilla mediática.
—Eras una pesadilla mediática —corrige Nathan, bebiendo de su cerveza—. Ahora eres un tipo que guarda brownies en servilletas y sonríe a la pantalla como si acabara de ver la aurora boreal. Es Price, ¿verdad?
El nombre flota en el aire de la sala.
Siento cómo el nudo en mi garganta se aprieta.
No es miedo a ellos. Sé que estoy a salvo con mi familia elegida.
Es miedo a lo que significa ponerlo en palabras.
Porque si lo digo, si lo admito en voz alta, se vuelve real.
Y lo real se puede romper. Lo real puede ser fotografiado, retorcido por un tabloide de mierda y usado para destrozar la carrera de un hombre que se ha pasado la vida construyendo muros para sobrevivir.
—Es solo... una cosa —murmuro, bajando la vista hacia Elsie, que ahora está jugando con los cordones de mi sudadera, ajena al colapso emocional de su tío favorito—. Es un buen compañero. Pasamos tiempo juntos. Nos entendemos bien en el campo y... fuera. Ya está.
Reece no me deja escapar. Se levanta y se sienta en el borde de la mesa de cristal, justo frente a mí. Su tono pierde el sarcasmo juguetón y adopta esa gravedad lúcida que me desarma.
—Jamie. Mírame.
Levanto los ojos de mala gana.
—No lo estás tratando como un revolcón más de hotel —dice Reece, y su voz es un bisturí—. Estás comprando cosas para él. Estás cuidando su dieta. Estás preocupándote por cómo se siente en un vestuario lleno de lobos. Estás haciendo nido, Jamie.
—Solo estoy siendo un buen capitán —intento replicar, pero mi voz suena hueca, desprovista de su habitual carisma.
—No me jodas con la capitanía —Reece niega con la cabeza—.
Te conozco. Estás aterrorizado porque, por primera vez en tu vida, no eres tú el que tiene el control de cuándo termina la escena.
Te has enamorado de un tío que es un cerrojo emocional, y estás usando el Mundial como excusa para no admitir que no tienes ni puta idea de qué hacer cuando acabe el torneo.
La verdad me golpea en el centro del pecho, dura y sin anestesia.
Trago saliva, sintiendo cómo mis escudos se desmoronan frente a las únicas personas que no compran mi personaje público.
—No quiero joderle la vida, Reece —confieso, y la vulnerabilidad me raspa la garganta—. Él odia las cámaras. Odia no tener el control. Y mi vida entera es una cámara grabando en directo. Si lo arrastro a esto... si lo empujo...
Nathan se inclina hacia adelante y apoya una mano firme en mi rodilla.
—No tienes que decidir su vida por él, Jamie.
Solo tienes que decidir qué quieres tú, y ser honesto.
No le construyas una jaula de cristal pensando que lo estás protegiendo, porque eso es lo que haces cuando tienes miedo al rechazo.
Te escudas en proteger al otro para no admitir que te aterra que no te elija.
Esa frase. Esa maldita frase se clava en mi cerebro.
Te aterra que no te elija.
Miro el teléfono boca abajo. Pienso en Ollie. En su sarcasmo seco, en la forma en que sus ojos grises me analizan como si fuera un problema táctico a resolver, en cómo baja la guardia a las tres de la mañana en una cama de hotel cuando cree que no lo estoy mirando.
—Sois una panda de terapeutas frustrados y entrometidos —mascullo, frotándome los ojos con la mano libre, aunque una pequeña, traicionera sonrisa se me escapa.
—Es nuestro trabajo —responde Maya, acercándome otro brownie—. Y ahora, cómete esto y escríbele algo que no sea un meme de un gato. Te lo exige tu familia.
Cojo el teléfono. Mis dedos rozan el teclado. Ya no hay vuelta atrás. Mis amigos lo han visto. Yo lo he visto. El patrón se ha roto.
¿Te salvo con un brownie de chocolate negro y sal marina si prometes no insultarme?
La respuesta de Ollie llega antes de que bloquee la pantalla.
Estoy dispuesto a negociar las condiciones de mi rescate. Pero no te emociones.
Sonrío. Una sonrisa enorme, ridícula y absolutamente aterradora. Y cuando levanto la vista, Reece me está guiñando un ojo, sabiendo que, por primera vez, el Capitán ha perdido la partida. Y que estoy deseando ver cómo termina.