27 BAJO LAS SÁBANAS
Un rayo de sol horizontal se colaba por el borde de las cortinas automáticas, quemándome las retinas con una claridad que me sacaba de mi somnolencia a hostias.
Eso fue lo primero peligroso.
No el dolor sordo en las costillas, ni el estómago vacío, ni la boca seca como si hubiera intentado tragar arena del área técnica.
El olor de Jamie estaba en la habitación de una forma discreta y absolutamente inadmisible: jabón, café, menta, sudadera limpia, esa calidez suya que no salía en anuncios porque ninguna cámara sabía qué hacer con algo tan privado.
Giré la cabeza con cuidado.
No estaba en la cama.
Estaba en la silla junto a la ventana, dormido a medias, con una pierna estirada, la otra doblada, la cabeza inclinada contra el respaldo y el móvil suelto en la mano.
Llevaba pantalón de entrenamiento y una camiseta blanca arrugada.
En la mesa había dos botellas de agua abiertas, sobres de electrolitos, un termómetro, un cuenco con algo que parecía caldo y una bolsa de lavandería cerrada con un nudo demasiado perfecto para haberlo hecho yo.
Tardé varios segundos en ordenar la memoria.
El entrenamiento perdido. El pasillo. Lottie al teléfono.
Jamie entrando con autorización de seguridad, no como idiota dramático de película, sino como capitán que sabía demasiadas cosas sobre mis rutinas.
Agua. Sábanas cambiadas. Una toalla fría en la nuca.
Yo diciendo que podía levantarme. Él diciendo que sí, claro, y que también podía presentarme voluntario para ser atropellado por el autobús del equipo, pero que quizá convenía no hacerlo antes de octavos.
Después, sueño. No sexo. No tensión útil. No una forma sencilla de clasificarlo. Cuidado.
Qué palabra de mierda.
Me incorporé despacio. El colchón hizo un ruido mínimo. Jamie abrió los ojos al instante como alguien que lleva horas esperando que algo empeore.
—No te muevas demasiado rápido —dijo, con la voz ronca.
—Buenos días también para ti.
—He empezado por lo importante.
—Lo importante es que sigues en mi habitación.
Miró alrededor, como si acabara de descubrir la escena del crimen.
—Técnicamente, estoy en una silla. Si esto fuera una invasión territorial, sería una bastante triste. Ni siquiera he conquistado el reposapiés.
—La FA va a estar encantada de saber que respetas el mobiliario.
Se frotó la cara con una mano. Tenía marcas de sueño en la mejilla y el pelo aplastado por un lado. La imagen debería haberme resultado ridícula.
Me resultó insoportablemente íntima.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Vivo.
—Eso es una categoría amplia. Lewis también está vivo y ayer intentó calentar arroz en una tostadora.
—Entonces estoy mejor que Lewis.
—Gran alivio para la medicina deportiva.
Se inclinó hacia la mesa y cogió el termómetro. Yo miré el objeto como si fuera un arma.
—No.
—Lottie.
—Eso no es una explicación. Es una amenaza con coleta.
—Es ambas. Abre la boca.
—No soy un niño.
Le quité el termómetro de la mano antes de que sonriera más. Me lo puse bajo la lengua con la dignidad de un hombre derrotado por una varilla de plástico. Jamie aprovechó para servirme agua.
No me la acercó a la boca. No me tocó la muñeca. Dejó el vaso sobre la mesilla, a mi alcance. Ese era el problema con él últimamente.
Aprendía. Y cada vez que aprendía a no invadir, me dejaba menos sitio para odiarlo con comodidad.
El termómetro pitó. Se lo tendí.
—Treinta y siete con cuatro —leyó—. Mejor.
—Tu entusiasmo médico me abruma.
Se levantó con cuidado, como si no quisiera ocupar demasiado espacio. Fue hasta la bandeja y levantó el cuenco.
—Caldo. Maggie lo mandó con instrucciones de no devolverte al mundo hasta que parezcas menos víctima de un documental sobre bacterias.
—No pienso comer eso.
—Bien. Entonces fingiremos que es una sopa energética deportiva.
—No existe la sopa energética deportiva. Aunque el míster aprobaría cemento si creyera que mejora nuestras posibilidades.
Jamie sonrió.
Me dejó el cuenco sobre la mesa y se sentó en el borde de la silla, no de la cama. Distancia correcta. Distancia irritante.
Me tomé dos cucharadas para no darle la satisfacción de tener razón. Estaba caliente, salado y no me dio ganas de morir. En mi estado, alta cocina.
—No estabas obligado a quedarte —dije.
La frase salió más seca de lo que pretendía. Jamie se quedó quieto.
—Lo sé.
—Lottie podía mandar a alguien.
—Lo hizo.
—¿A quién?
—A mí.
—Eso no cuenta.
—Cuenta si ella amenaza con separar mis órganos por orden alfabético si no sigo instrucciones.
Miré la bolsa de lavandería.
—¿Tú cambiaste las sábanas?
—No iba a dejar que entrara housekeeping.
La habitación se estrechó. No por deseo. No primero.
Por la comprensión exacta de lo que había hecho.
Había protegido mi cuerpo enfermo, mi habitación, el registro de quién entraba, la posibilidad de que alguien oliera secreto antes de que yo pudiera decidir qué hacer con él.
No había pedido premio. No había convertido nada en gesto heroico.
Había cerrado una bolsa de sábanas sucias como si aquello fuera una cobertura defensiva más.
Me odié un poco por querer tocarlo.
—Eso era trabajo de staff —dije.
—Sí.
—No tuyo.
—No.
—Entonces eres idiota.
—Ese diagnóstico ya está en mi historial.
El móvil vibró sobre la mesa. Mi pantalla.
LOTTIE SHAW: Temperatura. Náuseas. Dolor. Y dime si Whitmore sigue ahí o si por fin ha recordado que tiene una sesión de vídeo.
Jamie miró el mensaje antes de apartar la vista. Demasiado tarde. Ahí estaba la decisión.
La ruta limpia era decir la verdad. Jamie seguía allí.
Lottie lo había autorizado, pero autorización no significaba ausencia de lectura.
Sophie podía archivar horarios. Seguridad podía recordar puertas.
Ben podía mirar una cara y desmontar una coartada en tres segundos.
En un hotel de concentración, una presencia nunca era solo una presencia. Era un patrón esperando nombre.
Jamie se levantó.
—Me voy.
La rapidez me pinchó. Cogió su sudadera del respaldo. El movimiento fue práctico, correcto, casi amable. Por eso me molestó más.
Mi pulgar quedó suspendido sobre el teclado.
Podía dejarlo ir.
Era lo sensato. Lo profesional. Lo limpio. Lo que habría hecho hace dos semanas, antes de que Jamie aprendiera cómo me gustaba el té, antes de que me dejara agua sin tocarme, antes de que se quedara en una silla incómoda con tal de no invadir la cama.
Escribí.
YO: 37.4. Náuseas bajando. Dolor muscular normal. Estoy solo. Si empeoro aviso.
Le di a enviar.
Jamie se detuvo con la sudadera en la mano. El silencio que siguió tuvo más volumen que el estadio.
—Price.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Decir mi apellido como si acabara de robar un banco.
—Acabas de mentirle a Lottie Shaw. Eso es más peligroso que robar un banco.
Me recosté contra la almohada, agotado por un mensaje de catorce palabras.
—No he mentido por ti.
—Claro.
—He mentido porque si Lottie baja ahora con su maletín de tortura terapéutica, va a hacer preguntas. Y si hace preguntas, Sophie hará carpetas. Y si Sophie hace carpetas, tú intentarás arreglarlo con cara de capitán responsable. Y entonces tendré que matarte con una cuchara de caldo.
Jamie me miró. No sonrió. Eso fue injusto.
—No quiero que tengas que arreglar nada —dije, más bajo.
La frase se quedó entre nosotros, desnuda y mal peinada. Jamie dejó la sudadera otra vez en la silla.
—Vale.
Solo eso. Ni gracias. Ni “no tenías que”. Ni una broma sobre cucharas homicidas. Vale. Como si hubiera entendido que no estaba protegiéndolo a él únicamente. Estaba protegiendo el derecho a decidir qué significaba esto antes de que el hotel, el equipo, la FA o el maldito mundo decidieran por mí.
Lottie contestó.
LOTTIE SHAW: Si “solo” significa “haciendo abdominales en secreto”, te arranco la cabeza con mis propias manos.
YO: Estoy en cama. No haciendo nada heroico, estúpido ni patrocinable.
LOTTIE SHAW: Primera vez para todo. Revisión en una hora. Bebe.
Dejé el móvil boca abajo.
Jamie seguía de pie.
—Ahora sí debería irme —dijo.
Sí. Debería. Había sesión de vídeo. Había desayuno tardío, recuperación, prensa, rumores, cámaras en pasillos y un Mundial entero esperando a convertir un descuido en mercancía.
Él debía irse. Yo debía dormir. Ambos debíamos volver a nuestros papeles antes de que la suite 517 empezara a parecer un lugar donde se podía querer algo.
Abrí la boca para decirlo. No salió. Qué vergüenza de organismo. Jamie esperó. Sin ayudarme. Sin convertir mi silencio en su decisión. Eso también era nuevo.
—Diez minutos —dije.
Su mirada cambió.
—¿Qué?
—Puedes quedarte diez minutos.
—¿Como recomendación médica?
—Como orden del paciente.
—El paciente tiene autoridad dudosa.
—El paciente acaba de mentir a Lottie Shaw. Su autoridad es suicida, pero real.
Ahora sí sonrió, pero con cuidado. Como si la sonrisa pudiera asustar algo.
—Diez minutos —aceptó.
No se sentó en la cama. Volvió a la silla. Me enfadó.
—No he dicho que te sentaras allí.
La frase me salió antes de revisar orgullo, dignidad o consecuencias. Jamie se quedó inmóvil. Luego, despacio, se sentó en el borde de la cama, por encima de la colcha, a la altura de mis rodillas. No me tocó. La distancia entre su mano y mi pierna era ridícula. Un centímetro. Dos. Un país entero.
—Aquí —dijo.
—No hables como si estuvieras desactivando una bomba.
—Perdona. Normalmente las bombas no tienen opiniones tan fuertes sobre el caldo.
Miré al techo para no reírme. Fallé.
La risa me salió débil, rota, y me tiró del estómago lo bastante para hacerme una mueca. Jamie alargó la mano por instinto y se detuvo antes de tocarme.
—¿Puedo? —preguntó.
Me miré su mano. Después a él. Asentí una vez. Me tocó el antebrazo. Nada más. Dos dedos en la piel, una presión ligera para comprobar temperatura o pulso o quizá solo para estar seguro de que seguía allí. Yo podría haberme apartado. No lo hice.
Decisión número dos. Pequeña. Peor.
—No te acostumbres —murmuré.
—A que me insultes con fiebre o a que me concedas diez minutos de libertad vigilada?
—A ninguna.
—Demasiado tarde. Ya estoy emocionalmente invertido en ambos procesos.
—Qué tragedia para tu marca.
—Mi marca sobrevivió a una foto con una llama en una campaña benéfica. Sobrevivirá a esto.
—¿Una llama?
—No mires así. Tenía contrato, yo tenía miedo y la llama tenía más presencia escénica que la mayoría de presentadores.
Esta vez me reí sin intentar esconderlo.
Jamie me observó con una expresión que no tenía nada de anuncio. Ni de capitán. Ni de hombre acostumbrado a irse antes de que amaneciera.
Me observó como si quedarse diez minutos fuera una victoria que no pensaba presumir.
El mundo no desapareció. Seguía al otro lado de la puerta: Lottie en una hora, Sophie con sus carpetas invisibles, Ben entendiendo demasiado, Mark contando cuerpos útiles para el próximo partido, la prensa olfateando debilidades y un torneo que no permitía a nadie enfermar, desear ni necesitar sin convertirlo en dato.
Pero en la suite 517 había caldo, una bolsa de sábanas cerrada, mi mentira enviada a Lottie y Jamie sentado en el borde de la cama porque yo se lo había pedido.
Jamie miró el reloj.
—Van tres minutos.
—No narres.
—Necesito gestionar expectativas.
—Gestiona tu silencio.
Obedeció. Por una vez. Apoyé la cabeza contra la almohada y cerré los ojos. Su mano seguía sobre mi antebrazo, cálida, quieta, sin reclamar nada.
Diez minutos no eran una promesa. No eran una confesión. No eran siquiera suficiente. Pero eran míos.
Y, por primera vez desde que Jamie Whitmore había aprendido a cuidarme sin convertirlo en jaula, yo elegí no devolverlos.