TIEMPO EXTRA 34 ALARMA DE SALIDA
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34 ALARMA DE SALIDA

Lo real es peligroso.

Ollie lo dijo de pie en mitad de mi suite, con la sudadera de Inglaterra ligeramente torcida, el móvil en una mano y la mirada puesta en la puerta como si la salida fuera una línea defensiva que necesitara cerrar antes de que yo intentara colarme por dentro.

Nathan, Maya y Elsie ya se habían retirado a las habitaciones contiguas de la zona familiar.

Detrás de la puerta quedaba el murmullo pequeño de una casa improvisada en un hotel blindado: agua corriendo en un baño, Maya diciéndole a Elsie que no podía dormir con el mando, Nathan negociando con una niña de seis años como si estuviera en una cumbre internacional.

Yo me quedé en el salón, descalzo, con dos cuencos de helado derretido sobre la mesa y la sensación absurda de que alguien acababa de enseñarme el borde exacto de algo que no sabía pedir.

—También lo son las sillas de Lewis cuando decide subirse a ellas —dije—. Y no por eso dejamos de comer.

Ollie me miró.

—¿Eso es tu defensa?

—Es una analogía culinaria. Maggie estaría orgullosa.

—Maggie te daría con una espátula por llamarlo analogía.

—Con cariño.

—Con puntería.

Sonrió apenas. Un daño pequeño. Perfecto.

Luego miró otra vez hacia la puerta.

Ahí estaba. El momento en que siempre cortábamos el hilo.

Después de sexo, de discusiones, de habitaciones demasiado calientes y reglas recitadas con la respiración mal colocada.

Una mano en el pecho, una broma para volver a ser hombres funcionales, cada uno a su habitación antes de que el hotel empezara a hacer preguntas.

La intimidad terminaba cuando alguien encontraba la llave, los zapatos o la excusa.

No quería que terminara.

No esa noche.

No después de ver a Elsie dormirse contra su pierna y a Ollie quedarse quieto para no despertarla. No después de oír a Nathan decirle que tenía las puertas abiertas. No después de ver el pánico en su cara cuando entendió que podía querer cruzarlas otra vez.

—Hay prensa en el lobby —dije.

Ollie levantó una ceja.

—Bonito cambio de tema.

—No es cambio. Es logística.

—Cuando tú dices logística, suele haber una emoción escondida debajo con bigote falso.

—Eso es ofensivo para mis bigotes falsos. Son de calidad.

No se movió. Seguía con el móvil en la mano. Pulgar contra la carcasa. Controlando la retirada.

—Jamie.

Mi nombre sin chiste.

Me dejó sin sitio donde esconderme.

—Hay prensa en el lobby —repetí, más bajo—. Dos cámaras de tabloides en el acceso principal, una de streaming en la acera y Mason me ha escrito hace diez minutos que el pasillo de servicio está ocupado por catering hasta la una. Si sales ahora, no es imposible. Solo es una maniobra de mierda.

—Puedo volver solo.

—Lo sé.

Él me miró con más atención.

—Entonces no lo plantees como rescate.

—No lo estoy haciendo.

—Sí lo estás haciendo un poco.

Justo. Asquerosamente justo.

Me pasé una mano por el pelo.

—Vale. También hay otra razón.

Ollie no habló. Peor: esperó.

En el silencio, oí el aire acondicionado, el ascensor lejano, mi propio pulso montando un numerito impropio de un capitán de Inglaterra.

—Quédate —dije.

La palabra salió sin el envoltorio adecuado. Demasiado simple. Demasiado desnuda.

Sus dedos se cerraron sobre el móvil.

—Jamie.

—Puedes dormir en la cama. Yo en el sofá.

—No.

—O al revés. Aunque el sofá me odia. Es estrecho y tiene la moral de un banquillo visitante.

—No vamos a fingir que esto va de ergonomía.

—Podemos intentarlo. Soy bastante bueno fingiendo cosas.

Eso fue un error.

Vi cómo le cambiaba la cara. Una sombra de Callum o de cualquier otro hombre que hubiera convertido la comodidad en trampa. Quise morderme la lengua.

—No —dije enseguida—. No quiero fingir. Quiero que te quedes. Y estoy intentando no decirlo como si necesitara algo.

Ollie respiró por la nariz.

—Lo estás diciendo fatal.

—Lo sé.

—Con la precisión emocional de un saque de banda de Lewis.

—Cruel, pero merecido.

Miró la puerta. Luego el pasillo interior que comunicaba con las habitaciones familiares. Luego mi dormitorio, donde la cama estaba hecha con una cantidad de almohadas que ningún hombre sensato necesitaba.

—Reglas —dijo.

Mi pecho hizo algo ridículo.

—Por supuesto.

—Alarma antes del desayuno.

—Cinco y cuarenta.

—Cinco y treinta.

—Eso no es una hora, es una agresión.

—Cinco y treinta.

—Vale.

—Nada de marcas.

—Sí.

—Nada de salir juntos.

—Salgo yo primero por gimnasio. Tú veinte minutos después por el pasillo de recuperación. Mason puede abrir la puerta lateral si Sophie no nos mata antes.

—Nada de contárselo a Nathan y Maya.

—Nathan y Maya tienen ojos y una niña que funciona como dron emocional, pero no se lo cuento.

—Y si me arrepiento, me voy.

—Sin discusión.

Lo dije tan rápido que su mandíbula aflojó un milímetro.

—Bien.

—¿Eso es un sí?

—Eso es que voy a revisar las cámaras del pasillo antes de decidir si tu logística es menos inútil que tu defensa verbal.

Me reí. No fuerte. No convenía despertar a Elsie ni a la parte de mí que estaba a punto de hacer algo vergonzoso como emocionarse.

Ollie fue hasta la puerta, abrió apenas y miró el pasillo. Profesional. Concentrado. Un hombre revisando salidas, no un hombre a punto de quedarse en mi cama. Volvió, cerró con el seguro y dejó el móvil sobre la mesa.

—Cinco y treinta —repitió.

—Sí, míster.

—Si roncas, me voy.

—No ronco.

—Todos los hombres que roncan dicen eso con una confianza ofensiva.

—Mi respiración nocturna es elegante.

—Tu ego necesita una revisión médica.

Avancé despacio. No porque tuviera miedo de él. Porque tenía miedo de mí. De pedir demasiado con el cuerpo después de haber pedido con la voz. Me detuve a medio metro.

—¿Puedo besarte?

Ollie bajó la vista a mi boca. El gesto me dejó más desnudo que cualquier cosa que hubiéramos hecho antes.

—Sí.

El beso no tuvo prisa.

Eso lo hizo peor.

Ollie me agarró de la camiseta con una mano, no para atraerme del todo, sino para asegurarse de que yo no decidía por los dos.

Yo le toqué la cara con cuidado, con el pulgar en el borde de su mandíbula, y sentí cómo todo el día —familia, prensa, partido próximo, máscara, miedo— se deshacía en algo lento y caliente.

No era hambre solo.

Era descanso.

Él hizo un sonido bajo cuando profundicé el beso. Yo apoyé la frente contra la suya un segundo.

—No digas nada —murmuró.

—Tenía preparada una frase brillante sobre almohadas.

—Entiérrala con honores.

—Era muy buena.

—Seguro que no.

Lo besé otra vez, sonriendo contra su boca. Él me empujó hacia el dormitorio con una determinación tranquila que me dejó sin protesta. Al pasar junto a la mesa, golpeó una de las cucharas del helado; cayó al suelo con un tintineo pequeño.

Los dos nos quedamos quietos.

En la habitación contigua, nada.

Ollie exhaló.

—Tu helado intenta delatarnos.

—Es de vainilla. Siempre me pareció sospechoso.

—Mañana lo interrogamos.

Llegamos a la cama riéndonos en silencio, que era una de las cosas más peligrosas que había hecho nunca. La risa con Ollie no salía para cámaras. No era útil. Solo abría un sitio donde yo quería meter las manos y quedarme.

Se sentó en el borde del colchón y se quitó la sudadera. Debajo llevaba una camiseta fina. Yo había visto su cuerpo de muchas formas, en vestuario, en cama, en tensión y en rabia. Esa noche, mirarlo descalzo y cansado me pareció más íntimo que verlo desnudo.

—Estás mirando —dijo.

—Estoy verificando ausencia de lesiones visibles.

—Lottie te va a contratar como lámpara de exploración.

—Tengo buen haz.

—Dios.

Se rió contra mi cuello cuando lo besé. Después la risa se rompió en un suspiro. Nos tumbamos sin resolver quién había invadido primero a quién. Su mano encontró mi nuca. La mía se deslizó bajo el borde de su camiseta, piel caliente, respiración cortada, permiso dado en cada pequeño movimiento.

La pasión llegó, claro. No era una visita nueva. Nos conocía ya. Pero esa noche no entró rompiendo puertas. Entró despacio, se sentó al borde de la cama y esperó a que dejáramos de fingir que solo venía por el cuerpo.

Nos besamos hasta que Ollie dejó de corregir mi ritmo y empezó a seguirlo.

Hasta que mi nombre le salió contra la boca, bajo, como si le molestara necesitarlo.

Hasta que le quité la camiseta y él me mordió el hombro sin dejar marca, obedeciendo sus propias reglas con una precisión que casi me hizo perder la cabeza.

Hubo manos, calor, una sábana mal puesta, mi risa ahogada cuando me ordenó callarme con autoridad de central, y luego ese punto exacto en que el placer dejó de ser una forma de escapar y se convirtió en una manera de quedarse.

Después, la habitación quedó a oscuras salvo por la luz mínima del despertador.

Ollie estaba de lado, a medio palmo de mí, con el pelo revuelto y la respiración todavía intentando recuperar profesionalidad. Yo le dejé espacio. Un país pequeño entre nuestros cuerpos. Suficiente para que pudiera elegir.

Su mano cruzó ese país y se apoyó en mi esternón.

No dijo nada.

No hacía falta.

Tragué.

—Tengo que poner la alarma.

—Ya la he puesto yo.

Giré la cabeza.

—¿Cuándo?

—Mientras estabas negociando con tus almohadas.

—Mis almohadas son hospitalarias.

—Una de ellas parece haber pasado por un divorcio.

—Se llama carácter.

Ollie cerró los ojos, pero no retiró la mano.

—Cinco y veintiocho —dijo.

—Habíamos dicho cinco y media.

—Margen de error.

—Eres un hombre terrible.

—Soy un hombre que no quiere que la FA encuentre al capitán de Inglaterra oliendo a delito doméstico en mi camiseta.

Me reí contra la almohada.

—Delito doméstico.

—No te emociones. Es una categoría provisional.

Quise decirle que, para mí, la palabra doméstico ya era suficiente para ponerme en peligro.

Quise decirle que no estaba acostumbrado a querer despertar con alguien sin pensar en rutas de salida.

Que lo de antes había sido sexo, distracción, cuerpos que no podían quedarse a desayunar.

Que esto, su mano en mi pecho y su alarma puesta dos minutos antes de la mía, me daba más miedo que cualquier titular.

No dije nada.

Ollie abrió un ojo.

—Estás pensando muy alto.

—Estoy gestionando expectativas.

—Gestiona el sueño.

—Sí, míster.

Esta vez fue él quien se acercó. No mucho. Solo lo suficiente para apoyar la frente en mi hombro. Una rendición milimétrica. Una victoria que no podía celebrar sin espantarla.

—Jamie.

—¿Sí?

—Si mañana haces una broma en el desayuno sobre dormir bien, te apuñalo con una tostada.

—Acepto los términos.

—Y no me mires demasiado.

—Eso va a ser más difícil.

Su mano se cerró un segundo sobre mi camiseta.

—Inténtalo.

—Lo intentaré.

No prometí conseguirlo. Él no me pidió que mintiera.

A las cinco y veintiocho, cuando la alarma vibró bajo la almohada, Ollie seguía allí. Durante un segundo no se movió. Yo tampoco. Afuera, el hotel empezó a respirar con su maquinaria de desayuno, limpieza, seguridad y cuerpos útiles preparándose para otro día de Mundial.

Él apagó la alarma, abrió los ojos y me miró como si también le doliera no poder quedarse.

—Tú primero por gimnasio —murmuró.

—Tú veinte minutos después por recuperación.

—Correcto.

Me incliné y lo besé una vez. Breve. Romántico en el peor sentido: sin excusa, sin calor suficiente para disfrazarlo de sexo, sin nada que pudiera archivar como estrategia.

Cuando me aparté, Ollie no sonrió.

Pero rozó con dos dedos la arruga de mi camiseta, justo encima del pecho.

—Vete, Whitmore.

Me levanté antes de pedir otra cosa.

En la puerta, con las zapatillas en la mano y la sudadera bajo el brazo, miré hacia atrás.

Ollie estaba sentado en mi cama, despeinado, serio, ya recomponiéndose. Ya cerrando puertas. Ya siendo Price.

Pero no se había ido.

Y esa era la parte que me iba a arruinar.