TIEMPO EXTRA 24 EL FACTOR DE LA CÁBALA
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24 EL FACTOR DE LA CÁBALA

Mi cerebro, sin embargo, estaba ocupado en una correlación de datos mucho más peligrosa.

—Tres partidos —dije en voz alta, ensayando la frase frente al espejo del armario antes de que el silencio se volviera circular.

El equipo no había dejado de sumar en la tabla.

Una mente irracional —el tipo de futbolista que se santigua tres veces antes de pisar la cal del rondo o que se niega a cambiar de calzoncillos durante una racha de victorias— llamaría a eso cábala.

Yo lo llamaba optimismo procedimental. Si acostarme con el capitán de Inglaterra garantizaba que no perdiéramos balones en la frontal del área, mi deber como central zurdo era considerar el sexo como una extensión del entrenamiento de alta intensidad.

Un desastre limpio. Todo bajo control.

Saqué el teléfono del bolsillo y abrí el chat privado. El nombre de Jamie seguía archivado bajo el mote seco que usaba para mantener las distancias logísticas.

YO: No voy a bajar al comedor con el grupo. Fatiga muscular localizada.

La respuesta tardó doce segundos exactos. El hombre debía de tener el móvil pegado a los dedos como si fuera un sponsor de telefonía.

JAMIE WHITMORE: ¿Te rindes ante la humedad de Boston? Qué decepción para los Tres Leones.

YO: Es una retirada autorizada por Lottie.

JAMIE WHITMORE: Brooks está intentando convencer a Dan de que las tortitas con sirope cuentan como carbohidratos de recuperación rápida. Si me quedo aquí diez minutos más, voy a terminar declarando el estado de emergencia nutricional.

YO: Trae pasta. Sin semillas. La grava no ayuda a la digestión postpartido.

JAMIE WHITMORE: Room service coordinado con Sophie. En tres minutos estoy en el perímetro.

Bloqueé la pantalla, arrastré la bolsa de hielo hacia el suelo y me incorporé en el colchón con una rigidez que no tenía nada que ver con el esfuerzo del partido. Mis manos estaban clammy, un dato físico que odiaba porque la sudoración injustificada delata que la armadura está perdiendo grosor.

Tres minutos después, el pestillo de la puerta se deslizó con un clic mudo.

Jamie Whitmore entró en la habitación con una bolsa de papel de la FA, dos jarras de electrolitos sabor naranja radioactiva y esa soltura insultante de los delanteros que pueden pasar noventa minutos recibiendo cargas y entrar en una suite pareciendo que acaban de filmar un anuncio de loción corporal.

Llevaba el chándal gris oficial y el pelo castaño ligeramente revuelto por el viento de Boston.

Cerró el pestillo con la espalda, se aseguró de que el pasillo técnico estuviera limpio de media officers y dejó la comida sobre la mesa de escritorio con movimientos cortos, medidos, robándole segundos al pánico de ser captados por alguna cámara de la Federación Internacional de Fútbol.

—Mismas reglas, Whitmore —dije, antes de que pudiera dejar las botellas cerca de la colcha.

Me crucé de brazos, levantando el muro antes de que el olor a pasta y a su suavizante neutro me alterara el bloque defensivo.

—Esto no cambia el pacto. Es una transacción voluntaria para sostener la dinámica del torneo. Una superstición deportiva.

Jamie esbozó esa media sonrisa torcida que los tabloides de Londres consideraban el mayor activo publicitario del fútbol británico.

Se quitó la chaqueta de chándal, la dejó sobre la silla y se plantó a dos palmos de mi cama, devorando el espacio estrecho con esa zancada que lo hacía letal en los tres cuartos de campo.

—No te he pedido un informe, Pricey. Sé leer las líneas de fuera de juego.

—Te lo doy porque tu ego suele saltar los límites si no hay una línea dibujada al frente. El equipo gana. Si el precio de la semifinal es que me follemos por la noche, yo pago la cuota con gusto.

—Me conmueve tu compromiso con la patria, Ollie.

Se sentó en el borde del colchón. El muelle protestó bajo su peso, inclinando mi cuerpo hacia el suyo de una forma que el manual de la FA habría calificado de riesgo biológico inminente.

Sacó dos envases de plástico de la bolsa.

El vapor de la boloñesa llenó la suite, un olor denso, civilizado, que me reavivó el apetito de golpe.

—Doble de queso —anunció, pasándome un tenedor limpio. —Maggie no estaba en esta sede, pero logré que el chef del hotel entendiera que si ponía semillas en tu porción, el lateral izquierdo de Inglaterra iba a tener una crisis existencial en horario de máxima audiencia.

—Central zurdo —corregí con la boca seca, aceptando el cubierto con dedos analíticos.

Masticar era más seguro que hablar. El sabor dulce y especiado de la salsa me explotó en la boca, y por un instante cruel, tuve que cerrar los ojos para no admitir que el detalle me había desarmado una capa de la armadura.

Jamie me observaba, despacio, con esos ojos densos que solían escanear defensas antes de partirlos por dentro.

—¿Está buena? —preguntó, y su voz ronca me rozó la nuca como una caricia física clandestina.

—No está mal —masticé lento, sosteniéndole la mirada con toda la frialdad que pude rescatar del orgullo. —He visto accidentes de tráfico con mejor presentación, pero cumple la pauta nutricional de Lottie.

—A veces olvido lo mucho que odias admitir que algo te gusta, Red.

El mote me subió un color rápido al cuello, un recordatorio estúpido de las marcas que aún llevaba escondidas debajo del polo oficial.

Dejamos los envases vacíos sobre la mesilla junto al tarro de electrolitos sabor naranja, y la cercanía entre nosotros empezó a volverse logística.

La suite de Boston parecía haberse encogido hasta el tamaño de un rondo reducido.

Jamie no tenía chistes listos esta noche.

Debajo del carisma que vendía en las portadas de la Premier, había una laxitud pesada, una soledad cansada que buscaba quedarse cerca de mi espacio útil sin pedir permiso ni disculpas.

Alargó la mano derecha y rozó con los nudillos la base de mi rodilla, midiendo la resistencia del músculo con una delicadeza que me puso los nervios en carne viva.

—¿Te duele? —susurró.

—Me late —le respondí, y mi voz no salió tan seca como pretendía. —Pero la superstición exige que el cuerpo esté disponible, Whitmore.

Se inclinó hacia delante. Su cadena de plata brilló bajo la lámpara de mesa, un destello que me recordó las noches de pasillo técnico y los pasaportes guardados en el cajón.

Apoyó las manos en la colcha, una a cada lado de mis caderas, enjaulándome en una zona donde el aire acondicionado del hotel dejó de enfriar la piel.

—No lo hagas por Inglaterra, Ollie —su aliento templado me rozó la comisura de la boca, una amenaza biológica que me partió el bloque defensivo antes de que pudiera calcular la diagonal de retirada. —Dime que me querías aquí. Aunque sea por tus estúpidas reglas de control.

Tragué saliva, sintiendo que el nudo en la garganta se me volvía incandescente.

—He dicho que el orden de las victorias coincide con tu presencia —farfullé, pero mis dedos ya se estaban cerrando alrededor de la tela de su sudadera gris, tirando de él hacia abajo con una urgencia analizada que no sabía cómo mentir más.

—El árbitro dice que eres un mentiroso excelente, Price. Pero tus espinilleras ya no te protegen de esto.

Me besó.

Fue un choque limpio, denso, cargado de la fricción de dos hombres que llevaban todo el día fingiendo normalidad performativa delante de cuarenta periodistas del Daily Mail y que ahora cruzaban la línea en una suite blindada por la FA.

Su lengua entró con una pericia que me retorció las costillas, reclamando el pasillo interior con la fuerza de un delantero que no pensaba dejar huellas en el informe de video.

Me dejé hacer durante un segundo eterno, perdiendo el control de las comas y los gramajes, permitiendo que sus manos grandes bajaran por mis muslos con una contención que ya no se sentía casual.

La noche de Boston se cerró alrededor de la suite 517 como un pacto elegido, y mientras Jamie me desabrochaba los pantalones con dedos rígidos y su respiración rápida me buscaba la clavícula, acepté la certeza desagradable de que la superstición era solo una mentira provisional.

Inglaterra seguía ganando en la tabla, sí, pero aquí dentro, atrapado entre su cuerpo y mi propio deseo, el central que nunca fallaba acababa de regalarle el partido entero al capitán antes del descanso.