25 LA CONSISTENCIA
El problema de las sábanas de los hoteles de la FA no es que tengan demasiados hilos; es que están demasiado limpias, con una blancura institucional y planchada a presión que te recuerda que estás en una burbuja vigilada y a menos de diez metros de un pasillo donde cualquiera con un pinganillo de seguridad puede activar una alarma.
Boca abajo, con la frente hundida en la almohada, sentía un sudor frío recorrerme la espalda mientras el aire acondicionado de Boston intentaba enfriarme los hombros.
Tenía la garganta seca, como si hubiera tragado un puñado de harina, y una tensión deliciosa se me arremolinaba en la base del estómago sin pedir permiso.
Me había prometido que la última vez sería la última, pero el pulgar tiene memoria y el deseo, muy poca vergüenza.
—Te estás moviendo fuera de la línea, Pricey.
La voz ronca de Jamie llegó desde la base de la cama, baja, rasposa, desprovista de esa modulación brillante que usaba frente al cristal de los fotógrafos.
Sentí sus manos grandes —un tacto áspero de deportista, con los nudillos limpios de anillos— cerrarse alrededor de mis tobillos.
No tiró. Solo apretó lo justo para medir la resistencia, una presión quirúrgica que me obligó a soltar un suspiro contenido.
Llevábamos una hora encerrados en la suite 517. El espacio se había reducido a esta cama, a una bandeja con restos de pasta que Sophie nos había ayudado a colar y a la certeza de que mis hormonas se estaban activando como en una escena de una película erótica.
—Es un estiramiento preventivo, Whitmore —murmuré contra el colchón, forzando un tono seco para ocultar el temblor de mis piernas. —No necesito que me corrijas la cadera fuera del campo.
—Te la corrijo aquí porque estás usando las reglas de «solo esta noche» para no admitir que dejas un charco de babas cada vez que me acerco —su pulgar presionó la inserción del músculo, un dolor limpio que me hizo apretar los dientes.
—Y porque sé que bajo toda esa capa de hierro escondes algo muy dulce.
Me giré despacio, atrapado entre su cuerpo y mi necesidad de mantener una apariencia de orden.
Nuestros pechos chocaron con una fuerza que me robó el aire.
Jamie me miraba con esas pupilas dilatadas, oscuras, que no buscaban la cámara de un tabloide sino la confirmación de que yo no iba a huir antes del amanecer.
Tenía esa mandíbula marcada, tallada a propósito para romperme la concentración, y esa boca abierta que me invitaba a pecar sin decir una palabra.
No había flirteo de catálogo en su rostro; había un hambre contenida que me dio de lleno en las sienes.
—Dímelo, Ollie —susurró, rozándome las costillas con el aliento, tan cerca que el aire de la suite pareció extinguirse. —Dime que no estás pensando en el mercado de fichajes ni en el plan de comunicación de Sophie.
—Estoy pensando en que eres un problema logístico de primer grado, James —conté las sílabas contra su boca, perdiendo el grano irónico, entregándole el desastre entero porque mis manos ya se habían enredado en su cuello, buscando su cadena de plata como si fuera un ancla táctica.
Me tomó de las muñecas con suavidad, fijándolas contra la almohada con una firmeza que me partió el pecho en dos.
Con Jamie, el sexo no era una copia de las dinámicas ligeras que él usaba para borrar sus rastros en Londres; era una rendición controlada donde yo dejaba de ser el defensa indestructible para convertirme en un hombre vulnerable bajo su peso.
Se inclinó entre mis piernas y me abrió los muslos con los dedos, despacio, reverente, como si explorara una masa quebrada en el punto exacto de la receta.
Cuando su lengua me acarició la piel del muslo, subiendo con un ritmo salvaje y deliberado hacia la entrepierna, eché la cabeza hacia atrás, jadeando, entregado a un incendio imposible de contener.
Me agarró de las caderas, me ancló al colchón y se hundió en mí con una estocada profunda, precisa, brutal, que me robó el aliento por completo.
Grité su nombre entre dientes, una palabra agrietada que se tragó la almohada.
El universo de la FA quedó reducido al vaivén húmedo de nuestros cuerpos chocando, al sonido obsceno de la melamina del somier y al calor denso que nos unía en la penumbra de la suite.
Jamie se movía dentro de mí con fuerza, marcando el ritmo con la respiración, mientras mis uñas se clavaban en su espalda y su pulgar buscaba mi pezón para hacerme temblar en carne viva.
Me corrí gritando, sacudido por una descarga que me partió el autocontrol en jirones y me dejó derretido como mantequilla en una sartén caliente.
Cuando el pulso volvió a niveles civilizados, Jamie no se apartó al instante.
Se quedó tumbado de lado, con un brazo rodeando mi cintura, regulando su respiración contra mi clavícula. Su pulgar se movía despacio por mi abdomen, un gesto de cuidado posterior, pausado y protector, que amenazaba mi distancia defensiva mucho más que su intensidad en el campo.
—Mañana hay rondo de activación, Pricey —murmuro, con una sonrisa pequeña que me rozó la piel húmeda. —Lottie va a pasar el radar por tus isquios y va a notar que alguien te ha quitado la rigidez de manual.
No abrí los ojos. Me pegué un milímetro más a su hombro, rompiendo mis propias reglas de retirada antes de que el pasillo del hotel se activara con el personal de seguridad.
—Fue por la cábala, Whitmore —susurré, buscando el refugio de la mentira pautada para no tener que nombrar la locura que nos estaba cambiando el mapa por dentro. —La línea de cuatro sigue intacta, pero el relleno se ha quedado blando.
Jamie se rió, un sonido ronco que me vibró en el pecho, y me apretó un poco más contra él, sellando un pacto clandestino del que ya no sabía cómo defenderme solo.