18 EL CARRIL EXTERIOR
El problema de volar a diez mil metros de altura después de empatar a cero contra una selección que se ha pasado noventa minutos metida en su propia área es que el avión de la FA huele exactamente a lo que intentas dejar en tierra.
Huele a fatiga, a linimento agrio, a frustración embotellada y a los comentarios en voz baja de veintitrés hombres que saben de memoria qué portadas están imprimiéndose en Londres mientras nosotros cruzamos el cielo norteamericano.
Me repanchingué en el asiento de cuero del chárter y estiré las piernas. El fuselaje vibraba con un zumbido constante que solía adormecerme, pero hoy la cafeína y el mal cuerpo se me habían quedado agarrados a la base del cráneo.
—Si sigues suspirando con esa intensidad, vas a alterar la presurización de la cabina —dijo Ben Carter desde el otro lado del pasillo.
Estaba devorando un paquete de galletas saladas con la parsimonia de un hombre que ha sobrevivido a tres seleccionadores distintos y a un número idéntico de crisis nacionales.
—Ha sido un partido de mierda, Ben.
—Ha sido un partido de fase de grupos, Jamie. Nadie gana un Mundial jugando bien en la segunda jornada. Quítate esa cara de anuncio de disculpas institucionales. Da igual lo que pongas en Instagram, el Daily Mail va a decir que nos falta ritmo.
—No es el Daily Mail lo que me preocupa —murmuré, mirando de reojo hacia las filas delanteras.
Ben dejó de masticar. Sus ojos, pequeños y resabiados, siguieron la dirección de mi mirada y volvieron a mí con una lentitud que me pareció un insulto.
Diez filas más adelante, la coronilla pelirroja de Oliver Price sobresalía apenas por encima del respaldo.
Llevaba los auriculares de diadema puestos, la cabeza inclinada hacia la ventanilla oscura y los hombros tan fijos que parecía una parte más del fuselaje.
—Ya estamos otra vez —resopló Ben, doblando el envoltorio de las galletas con un chasquido molesto.
—¿Otra vez qué?
—Whitmore, es que te pones el brazalete mental y crees que tu obligación como capitán de los Tres Leones es arreglarle la vida a cada central zurdo que se encierra en su habitación con una bolsa de hielo y una libreta táctica. Déjalo respirar. El chaval ha jugado bien.
—Ha jugado plano —corregí, y la molestia me salió más ruda de lo que pretendía. Me desabroché el cinturón de seguridad y me puse en pie antes de que Ben pudiera agarrarme de la sudadera. —Voy a por agua.
—La nevera está en la dirección contraria, listo —me lanzó por lo bajo, pero yo ya estaba avanzando por el pasillo de la cabina premium.
El avión estaba a oscuras, salvo por las luces de lectura individuales que proyectaban conos amarillos sobre las revistas de la FA y los ordenadores portátiles abiertos.
Lewis Brooks dormía con la boca abierta y un antifaz de viaje torcido en la frente; Dan Keane tenía los ojos fijos en una pantalla donde se repetía un córner en bucle, con cara de querer asesinar al balón.
Cuando llegué a la fila de Ollie, me detuve.
La silla de su lado estaba vacía. Sophie Clarke se había quedado tres filas más atrás discutiendo con un analista de datos, así que me deslicé en el asiento libre sin pedir permiso.
Ollie no se movió. Ni siquiera desvió los ojos de la ventanilla, donde las luces de una ciudad invisible parpadeaban en mitad de la noche americana. El cable de sus auriculares bajaba recto por su camiseta gris, y por un segundo pensé que de verdad no me había oído llegar.
—Sé que no estás escuchando música, Price —dije, apoyando el codo en el reposabrazos compartido. El olor a suavizante limpio y a linimento que desprendía su chándal me golpeó de inmediato, demasiado familiar después de la cocina auxiliar. —Los cables de la FA no tienen tanto aislamiento.
Ollie soltó un suspiro largo. Se quitó los auriculares con un movimiento lento, quirúrgico, y los dejó reposar sobre el cuaderno cerrado que tenía en el regazo.
Cuando se giró hacia mí, sus ojos grises estaban tan limpios de fatiga y tan llenos de frialdad defensiva que sentí un tirón exacto en el estómago.
—¿No hay suficientes modelos en la zona de business para que vengas a aburrirme a mí, Whitmore? —Su humor seco salió sin filtrar, áspero, Premier League pura.
—Las modelos no se asocian con empates a cero, Price. Mi equipo de PR prefiere que me muestre concentrado, sufriendo por el país y compartiendo apuntes con mi defensa de emergencia.
—No soy tu defensa de emergencia —contestó, y la línea de su mandíbula se tensó un milímetro. —Soy el central que ha tenido que corregir tus tres pérdidas en zona tres porque estabas demasiado ocupado intentando que el lateral contrario pareciera lento en la repetición de la televisión.
El golpe dolió porque era tácticamente exacto.
—Estaba estirando el bloque —dije, endureciendo el tono. El capitán performativo se retiró, dejando paso al futbolista que odiaba que le midieran los pasos. —Si no arrastro al mediocentro, Lewis no tiene carril interior. No es estética, Price, es circulación.
—Es circulación de riesgo —rebatió Ollie, inclinándose apenas hacia mí.
La proximidad física en los asientos comprimidos del chárter volvió el aire denso, una olla a presión donde la tensión de hombros sustituía al espacio del campo.
—Si la pierdes ahí, me obligas a saltar en diagonal hacia un balón que no me pertenece.
Corro de espaldas, Whitmore. ¿Te suena ese concepto o en tus anuncios de relojes el tiempo solo corre hacia delante?
Me quedé mirándolo, sintiendo el orgullo herido y esa molesta necesidad de doblarle la resistencia que me asaltaba cada vez que me ponía esa cara de archivador metálico.
—Quiero que juguemos juntos, Ollie —dije, bajando la voz para que las filas de atrás no captaran el subtexto.
Intenté meter el encanto de capitán, pero me salió torpe, demasiado personal, desalineado.
—Si el primer pase sale desde tu perfil, necesito saber si vas a buscarme en largo o si vas a cerrarte como si yo fuera el enemigo.
Llevas dos partidos jugando como si estuvieras defendiendo una frontera solo.
Ollie clavó los dedos en el borde del cuaderno.
Vi la grieta de la vulnerabilidad cruzándole la mirada un microsegundo antes de que volviera a levantar el muro de hielo.
Tenía miedo, lo entendí entonces. Miedo a depender de mí.
Miedo a que mi capitanía, mis consejos o mi presencia en su carril fueran una forma de control, una manera de gestionarlo antes de que él pudiera decidir quién era en esta selección.
—Sé defenderme solo —sentenció, y su voz fue una cortina metálica que cayó entre los dos.
—Llevo toda la vida haciéndolo. No necesito que el capitán de Inglaterra me organice las coberturas emocionales en mitad de un vuelo chárter.
Quédate en tu carril, Whitmore, y yo me quedaré en el mío.
El fútbol es bastante más fácil cuando no intentas ponerle banda sonora a cada pase.
La réplica me quemó la garganta. No por injusta, sino por oportuna.
Me incorporé despacio, recuperando la máscara de indiferencia que usaba cuando los fotógrafos me acorralaban en los aeropuertos.
El chispazo del capítulo anterior, la cocina de Maggie y el pan de plátano compartido parecieron evaporarse a diez mil metros de altura, sustituidos por el mecanismo defensivo de dos hombres que preferían el rechazo antes que la entrega.
—Entendido, Price —dije, seca la boca, la falsa indiferencia pesándome en los hombros—. Siento haber interrumpido tu análisis del horizonte. Que tengas un buen vuelo.
Ollie no contestó. Se colocó los auriculares de diadema con un movimiento ágil y volvió a pegar la cabeza al cristal de la ventanilla, borrándome de su carril antes de que yo pudiera dar el paso de salida.
Caminé de vuelta a mi asiento con el orgullo herido y las patatas de la cena dándome vueltas en el estómago. Al sentarme, Ben Carter me miró por encima de su tablet sin un gramo de compasión.
—¿El agua estaba fría? —preguntó.
—Cállate, Ben.
—Te lo dije, Jamie. El chico no quiere que le arreglen el bloque defensivo desde fuera.
No respondí. Saqué mis propios auriculares, me los encajé en las orejas y puse en modo avión todo lo que amenazaba con salirse de la pizarra.
Las luces del chárter siguieron apagadas el resto del trayecto, el Mundial continuaba su marcha asfixiante hacia los octavos de final, pero mientras el avión descendía hacia la nueva sede, supe que la banda izquierda de Inglaterra se había vuelto el lugar más peligroso del mundo.
Y lo peor, lo que de verdad me retorcía por dentro, es que la reconciliación nos iba a costar mucho más que medio segundo.