19 EL ESPACIO DE ARRASTRE
Me quité las botas de entrenamiento con una lentitud que rozaba lo obsesivo, alineando las suelas de tacos sobre la moqueta gris a dos centímetros exactos de la repisa del armario.
El chándal oficial de Inglaterra me pesaba en los hombros como una lona mojada.
Llevaba las pulsaciones instaladas en la garganta desde que bajamos del chárter de la FA, y el silencio de estas cuatro paredes no estaba limpiando el desastre táctico del carril exterior; solo le estaba dando espacio para que rebotara contra el techo.
Habíamos empatado a nada contra una selección que se había dedicado a meter el autobús en su frontal, y la libreta que tenía abierta sobre el escritorio digital reflejaba lo mismo que mi sistema nervioso: desajustes, transiciones lentas y un extremo derecho que pretendía arreglar el mundo arrastrando marcas sin avisar a su central zurdo.
—Doble altura —me dije, clavando el boli de punta fina en la primera línea del esquema defensivo.
Me froté las sienes. El cuerpo me dolía por el bochorno de la tarde, pero la verdadera contractura la tenía en la memoria del vuelo, en ese asiento contiguo donde Jamie Whitmore había intentado hacer de capitán pastoral y me había dejado el orgullo lleno de marcas de frenazo.
Tres golpes secos en la madera me cortaron el aire.
No el código de Ben Carter, que entraba usando su tarjeta como si el hotel fuera suyo. Estos eran golpes espaciados, medidos, con la parsimonia performativa de quien sabe perfectamente qué coste tiene hacer ruido en un pasillo vigilado por la FA.
Me puse en pie, caminé descalzo sobre la moqueta y abrí la hoja apenas tres pulgadas.
James Whitmore estaba apoyado contra el marco opuesto.
Se había quitado la chaqueta de la selección; llevaba la camiseta blanca de algodón arremangada en los bíceps, el pelo castaño ligeramente desordenado por el viaje y esos ojos oscuros suyos mirándome como si acabara de encontrar la avería que llevaba buscando desde que despegamos.
—Ollie —dijo, bajo. Su voz tenía ese grano espeso que usaba cuando la prensa le apretaba las costillas.
—Llegas tarde a la disciplina de planta, Jamie. Los media officers pasaron lista hace veinte minutos.
—Sophie está abajo filtrando un rumor sobre mi supuesta cena con una heredera danesa. Tengo una tregua de quince minutos antes de que el país decida que me he comprometido por PR. ¿Me dejas entrar o vas a seguir defendiendo esa rendija como si fuera el área pequeña?
Mire el pasillo. La cámara fija del fondo parpadeaba en azul.
Un rastro visible, una lente de tres mil milímetros esperando que el capitán de Inglaterra hiciera un amago de hombros fuera de su sitio.
El pánico logístico me bajó por la columna, pero mi mano derecha abrió la puerta del todo y le cedió el paso antes de que mi cabeza pudiera redactar una excusa racional.
Jamie entró despacio, con esa soltura insultante de los hombres que miden un metro ochenta y cinco y asumen que el espacio les pertenece. Se detuvo en mitad de la moqueta, miró mi libreta abierta sobre la mesa y luego se giró hacia mí, cerrando los brazos sobre el pecho.
—Vengo a disculparme —soltó.
—¿La FA te obliga por contrato o te ha nacido del corazón?
—Me ha nacido del hecho de que me pusiste los auriculares en la cara a diez mil metros de altura y Ben se ha pasado el trayecto en autobús llamándome "líder ineficaz con aires de macho alfa de vestuario".
No sonreí. Sostenerle la mirada a Jamie Whitmore en una habitación de tres metros cuadrados es una tarea que exige toda tu atención defensiva si no quieres acabar comprando el embalaje.
—La disculpa es innecesaria —dije, apoyando la espalda contra la madera de la puerta cerrada. Crucé los brazos. —Cerraste mal el pasillo interior. Eso es un dato, no una ofensa personal.
—No cerré mal, Ollie —dio un paso hacia mí, corto, pausado, anulando la distancia útil con la cadencia de quien inicia un rondo.
—Esperé medio segundo. El interior rival picó el cebo porque vio mi espalda.
Si tú no saltas en diagonal recta, la recuperación es limpia.
Tu primer paso es el que nos parte el bloque.
—Mi primer paso protege tu desorden. Si corro hacia atrás porque el "Golden Boy" se ha quedado mirando la grada, mi orientación tiene que ser recta, no diagonal. No juego para tus resúmenes de televisión, Jamie. Juego para Inglaterra.
—¡Pues juega conmigo, joder! —El capitán dio otro paso.
Se plantó a un palmo de mi pecho, tan cerca que su calor atravesó mi polo gris y el olor a menta y linimento limpio me invadió los sentidos como una amenaza biológica.
—Llevas dos semanas tratándome como si fuera un bache en el césped.
Te asiste la jugada, te cubro la banda, te doy el agua en el VAR y tú me miras como si fuera un artículo de tabloide que intenta mancharte los apuntes.
—¡Porque eres eso! —la rabia me brota desde la base del estómago, convirtiéndose en precisión verbal antes de que pueda frenarla.
—Eres una marca expuesta, James. Todo lo que haces tiene un flash detrás.
Si te miro de más, si me quedo a tu lado en el ascensor, si parezco demasiado coordinado contigo fuera del campo, la maquinaria nos va a tragar a los dos.
Yo he tardado seis años en construir una carrera donde nadie me pregunta qué hago cuando se apagan las luces del estadio.
No voy a regalarle mi privacidad a tu equipo de PR.
Jamie se quedó rígido. Sus ojos oscuros bajaron a mi boca, fijos, densos, perdiendo toda la ligereza performativa del playboy de Soltero de Oro. La intensidad de su respiración me rozó la clavícula, un aire caliente que me encendió la piel tatuada bajo la tela.
—No es el PR lo que te asusta, ollie —susurró, y su voz bajó a ese registro rasposo que me trituraba las defensas. —Te asusta que sé exactamente en qué línea estás cubriéndote. Te asusta que te leo el primer paso antes de que roces el balón.
—No me lees nada —farfullé, pero el control verbal se me estaba agrietando por dentro, por donde nadie del staff de Ellison podía poner un remiendo.
—Te leo el miedo a que yo te cuide —dio el último paso.
Su cuerpo chocó contra el mío, suave, contundente, una muralla sólida que me enjauló contra la madera de la puerta.
Planto una mano en la pared, justo al lado de mi oreja, cerrándome el carril exterior.
La otra mano, grande, callosa de futbolista real, se posó en mi cintura, posesiva, marcando el terreno con una parsimonia que me cortó el oxígeno de golpe.
Intenté empujarlo por el pecho. Mis dedos se hundieron en el algodón de su camiseta, registraron la firmeza de sus pectorales, el latido desbocado de su corazón golpeándole las costillas, y mi mano se quedó ahí, agarrada a su tela en una entrega involuntaria que me dio pánico reconocer.
—Vete, Jamie —susurré, y el apodo se me escapó sin el sarcasmo seco que solía servirme de escudo.
—Dímelo mirándome a los ojos, Ollie —insistió, bajando el rostro hasta que su aliento se mezcló con el mío, un desgarro dulce que me erizó las costillas.
—Mírame y niega que no te estás muriendo por saber qué pasa si dejas de defender el ángulo.
Niega que en la cocina auxiliar no estabas contando los segundos para esto.
Tragué saliva. Mis pupilas dilatadas buscaron su boca, esa bonita boca cereza que tantas veces había querido mandar a la mierda y que ahora se me antojaba la única zona segura de todo el Mundial.
La vergüenza se me transformó en un tirón incandescente entre las piernas.
Mi cuerpo entero temblaba, desarmado por la torpeza emocional de un hombre que se estaba jugando la capitanía en el pasillo de un hotel de la FA.
—Ni se te ocurra —advertí en un susurro que sonó a capitulación tardía.
—Entonces no te muevas —murmuró.
Y me besó.
Fue un choque de orgullo, de rabia contenida y de una necesidad tan visceral que me obligó a echar la cabeza hacia atrás contra la madera.
La boca de Jamie se adueñó de la mía, feroz, densa, devorando mis réplicas con una violencia dulce que me dejó sin aire.
Su lengua entró sin pedir permiso, tanteando el terreno, y yo abrí los labios con un gemido ahogado, entregándole el control del partido porque mis hormonas ya habían decidido traicionarme antes de que el árbitro diera el pitido inicial.
Le enredé los dedos en el pelo castaño, tirando con fuerza, arrastrándolo más hacia dentro de mi crisis.
Jamie gimió contra mi boca, un sonido ronco, bajo, obsceno, y me apretó más la cintura, pegando su erección gruesa y madura contra mi muslo a través del chándal.
El pantalón me quemaba. El pulso me rugía en las sienes como sesenta mil personas en el descuento.
Nos besamos como si el mundo fuera a terminarse en la siguiente página de los periódicos.
Un desastre perfecto, una decisión ilegal que nos iba a costar la carrera si alguien ponía el ojo en la rendija, pero en mitad de la moqueta a oscuras, con la sudadera oficial de Inglaterra tirada sobre la silla y sus manos grandes abriéndome el pecho en canal, acepté que Jamie Whitmore iba a ser mi ruina táctica.
Y yo, por primera vez en todo el torneo, estaba encantado de perder el partido.