17 EL CUARTO INTERIOR
La ventaja de que los media officers te persigan durante seis horas para grabar contenido institucional sobre la "unión del grupo" es que, al final, aprendes a usar las zonas muertas del hotel como si fueras un contrabandista en un puerto vigilado.
Llevaba la sudadera oficial gris de la FA con la cremallera subida hasta la barbilla, las chanclas de piscina reglamentarias y esa pesadez en los isquios que te recuerda que Mark Ellison te ha hecho correr series de sesenta metros bajo el bochorno de la mañana.
Ollie Price caminaba medio paso por detrás de mí en el pasillo técnico del ala oeste, con las manos metidas en los bolsillos del chándal y esa postura suya de central zurdo que parece estar midiendo el espacio por si tiene que interceptar un pase o salir huyendo de una conversación.
Habíamos dejado atrás el comedor privado, donde Lewis Brooks seguía intentando convencer a Dan Keane de que las barritas de proteínas con sabor a galleta eran un invento para mermar el instinto defensivo de los porteros.
—Este pasillo no tiene cámaras fijas —dijo Ollie, clavando los ojos en el techo liso. Su voz salió con esa sequedad táctica que usaba para ordenar la línea de cuatro—. Solo el detector de humo cerca del ascensor de servicio.
—La FA desconfía de las ventanas, Ollie, pero adora los techos limpios —respondí, ladeando una sonrisa performativa mientras empujaba la puerta de la sala de video auxiliar con el hombro.
El espacio olía a aire acondicionado industrial, moqueta nueva y a ese linimento denso que Lottie Shaw nos aplicaba en las piernas hasta que los gemelos nos brillaban como coches de exposición.
Era una habitación pequeña, pensada para los analistas de datos, pero yo la había colonizado tres días antes con la ayuda de Keith Mason, el jefe de seguridad, que entendía que el capitán de Inglaterra a veces necesita media hora sin que un redactor gráfico le apunte a la raya del pelo.
Ollie entró despacio, calculando las salidas por puro instinto. Se detuvo frente a la mesa donde se apilaban tres tabletas de la federación, dos rodillos de espuma para masajes y una caja de cartón de un sponsor de relojes de lujo que yo había usado para vaciar mis bolsillos.
—¿Este es tu territorio sagrado? —preguntó, arqueando una ceja con ese escepticismo áspero que le caía desde la Premier—. Esperaba algo más… iluminado. Un tocador para tu marca de champú, tal vez.
—El champú se queda en la suite. Aquí solo guardo mi ego triturado y algunas tácticas de balón parado que Ellison aún no ha destrozado —le solté, cruzando los brazos sobre el pecho.
Me apoyé en el borde de la mesa, reduciendo la distancia entre los dos a un par de pasos.
Su olor, una mezcla limpia de jabón neutro y césped húmedo, llenó el aire estrecho de la sala.
Ollie no esquivó la cercanía, pero sus ojos grises bajaron a la caja de cartón.
Metió los dedos en el borde, apartando un cable de carga, y sacó un objeto ridículo: un dinosaurio de plástico verde, de no más de cinco centímetros, con una pegatina torcida en el lomo que decía “Uncle Jamie” en letras infantiles e ilegibles.
Se me cerró el estómago con un tirón familiar, pero activé la armadura de inmediato, ladeando el rostro con esa ligereza performativa que me salvaba en las zonas mixtas.
—Es una propuesta de marketing —dije, rápido—. El tiranosaurio representa mi potencia de disparo en zona tres. El equipo de PR está entusiasmado.
Ollie giró el juguete entre sus dedos largos, ignorando el chiste con una frialdad quirúrgica.
—Tiene la letra de Elsie Hale —dijo, sin levantar la vista. Su voz bajó un tono, perdiendo la armadura técnica—. Maya me contó ayer en la sala de recuperación que la niña te hizo ponerte unas alas de cartón verde antes de venir a la concentración.
Me pasé la mano por el cuello de la sudadera, notando la piel caliente. Odiaba que Sophie Clarke o los Hale filtraran mi vida civil, pero con Ollie el reproche se me quedaba atascado en los dientes.
—Las alas eran aerodinámicas. Mejoraban mi zancada por banda derecha —murmuré, deflectando con humor bajo.
—Eres tonto eres—contestó él, dejando el dinosaurio sobre la mesa con una suavidad que contradijo el insulto.
Sus dedos rozaron el borde de una hoja doblada en cuatro que asomaba debajo de un iPad: una carta con el membrete del hospital infantil de Mánchester, firmada con un garabato azul por Amelia Reed.
Me quedé quieto, observando cómo Ollie repasaba las líneas con esa observación fría suya.
No había discursos benéficos aquí, ni logotipos de patrocinadores, ni el montaje de relaciones públicas que los tabloides vendían los domingos para equilibrar las fotos saliendo de un hotel discretamente.
Solo eran las pertenencias de un hombre que metía su hogar en cajas de cartón porque no sabía en qué pasillo le iban a robar la privacidad.
—Ella quería saber si los héroes fallan penaltis —dijo Ollie, bajo, rompiendo el silencio de la moqueta.
—Le respondí que los delanteros fallamos por exceso de carisma, pero que los defensas zurdos son los que nos salvan la cara en el córner —respondí, dando medio paso más. Mi hombro casi rozó el suyo, y la micro-tensión de estar closeted en un búnker de la FA nos apretó el aire de golpe.
Ollie levantó la cabeza de la mesa. Sus ojos grises estaban demasiado cerca, limpios de ironía por primera vez desde que bajó del coche en St George's Park. Reconocí ese beat: la caída mutua de las defensas en una habitación donde ningún periodista del Daily Mail podía dictar el relato.
—No todo lo que vendes es mentira —murmuro, mirándome la boca con una fijeza que me hizo latir la sangre en las sienes.
—Ninguna de las cosas que te digo a menos de un metro es mentira, Ollie —susurré.
Su respiración cambió, corta, regular, densa.
Su mano se movió sobre la mesa, rozando mi muñeca por encima del reloj clásico, un contacto mínimo que me encendió la piel bajo el chándal.
Me incliné apenas dos centímetros, buscando el quiebre de su resistencia, sintiendo que las posturas olímpicas de mi marca pública no valían una mierda frente a la zurda de este tío.
Y entonces, el pasillo técnico escupió su propia realidad.
La manilla de la puerta doble chasqueó con un ruido metálico que nos hizo saltar hacia atrás con la sincronía perfecta de dos defensas en fuera de juego.
Sophie Clarke entró con la tableta bajo el brazo, el moño impecable y esa cara de urgencia administrativa que adoptaba cuando la Federación Internacional de Fútbol cambiaba los turnos de la zona mixta.
—Whitmore, la marca de relojes quiere tres declaraciones cortas sobre el jet lag antes de la cena —dijo, sin mirarnos directamente, pero su ceja se elevó un milímetro al registrar la distancia exacta entre mi sudadera y el chándal de Ollie. Protegía el perímetro, pero no era sorda.
—El jet lag es una excusa elegante, Sophie. Diles que lo tengo, pero con orgullo y carisma —respondí, recuperando la máscara performativa con un automatismo que me dio asco.
Ollie ya había recogido las manos en los bolsillos, volviendo a su perfil frío. Caminó hacia la salida sin mirarme, seco, correcto, disponible para el equipo.
—Nos vemos en el rondo, capitán —dijo al pasar por mi lado, su hombro rozando el mío en una despedida que solo yo supe leer.
Sophie cerró la tableta con un golpe limpio cuando la puerta se entornó.
—Jamie —murmuró, baja, seria.
—Estamos hablando de la línea de cuatro, Clarke —contesté, cogiendo el dinosaurio verde de plástico y guardándolo en el bolsillo trasero del chándal.
—Ya —asentió ella, mirándome con esa lástima inteligente de los que saben cuánto cuesta el armario—. Procura que Mark no os pille coordinando el bloque en habitaciones sin ventanas.
No respondí, pero al salir al pasillo iluminado por los flashes lejanos de los fotógrafos de la Federación Internacional de Fútbol, me toqué el bolsillo trasero y sonreí.
El león de siete piernas del Mundial seguía rugiendo fuera, pero dentro de la caja de cartón de Ollie Price, yo había empezado a dejar de actuar.