TIEMPO EXTRA 16 LA SILLA LIBRE
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16 LA SILLA LIBRE

Organizar una cena de equipo durante un Mundial es menos una operación militar.

A las siete y dieciocho, la sala privada C del hotel está cerrada al público, revisada por seguridad y registrada como “reunión de recuperación y cohesión de grupo”.

Sophie eligió ese nombre porque “queremos comer pasta sin fotos” no cabía en el formulario de Federación Internacional de Fútbol.

Yo llevo una hora fingiendo que esto es espontáneo.

He revisado mesas, cámaras, acreditaciones, menú y la distancia entre la puerta y la silla que no he reservado para Ollie porque no soy un adolescente con drama. Ben se apoya en la pared, mordiendo una zanahoria con cara de juicio.

—Hay tres tipos de patata.

—Recuperación.

—Hay pan de plátano.

—Cortesía de Maggie.

Ben mastica despacio.

—Has mirado la puerta once veces.

—Si Lewis entra primero, vaciará la mesa de postres.

—Claro.

Lo odio cuando no discute. Es su peor defecto después de conocerme demasiado.

En el chat, el caos lleva encendido desde las cinco.

Lewis preguntó por el código de vestimenta, Josh contestó “pantalones”, Dan escribió “por favor” y Charlie quiso saber si debía traer un plato de su habitación.

Yo puse lo útil: Sala C. 19:30. Comida. Sin prensa. Sin Lewis cerca del tiramisú.

Ollie no respondió.

Tampoco tenía por qué. No era una invitación personal. Era una cena de equipo. Capitanía básica. Cuidar al grupo, evitar que cada uno se encerrara en su habitación con hielo, móvil y pensamientos peligrosos. Nada más.

A las siete y veintinueve, los primeros entran como si “buffet” hubiera activado una alarma interna: Josh con Sam, Lewis detrás, Charlie contando sillas, Dan ya ofendido y George grabando un mensaje para Hannah mientras esquiva a todos.

—¡Nadie toca las patatas hasta que llegue el capitán! —grita Lewis.

—Estoy aquí.

—Lo sé. Era para crear ambiente.

Dan examina la mesa.

—¿Quién ha puesto quinoa?

—La cocina —dice Sam.

Charlie levanta una bandeja.

—Esto no es quinoa. Es cuscús.

Mason deja pasar a Sophie, que entra con su carpeta y me señala con el bolígrafo.

—Nada de stories. Nada de fotos de grupo hasta que comunicación lo autorice. Nada de bromas con sponsors en servilletas.

—Qué idea tan específica —dice Josh.

—Porque ya ha pasado.

Lewis, que estaba escondiendo un rotulador detrás de la espalda, decide encontrar una fascinación repentina por las servilletas lisas.

A las siete y treinta y seis, sigo sin mirar la puerta. Mentira. La miro.

Ben deja la zanahoria en un plato.

—También has pedido pan sin semillas porque alguien dijo que las semillas parecen grava.

—Price dijo eso.

—Hace dos días.

La puerta se abre antes de que pueda defender mi dignidad logística.

Ollie aparece con una sudadera azul marino de Inglaterra, el pelo todavía húmedo y la expresión de un hombre que ha decidido entrar en una habitación llena de gente y está considerando demandarse por ello.

Se queda en el umbral medio segundo. Suficiente para que yo sepa que ha contado cabezas, salidas y cámaras.

Suficiente para que quiera levantarme.

No lo hago.

—Price —dice Sophie, demasiado casual—. Llegas tarde.

—Me dijeron que era cena informal.

—Informal no significa misteriosa.

Ollie mira la sala.

—He venido por la amenaza de que Lewis había accedido al postre sin supervisión.

Lewis se lleva una mano al pecho.

—Difamación.

Dan ya está llenándose un plato.

—Prevención.

La risa se mueve por la sala. No enorme. Natural. Ollie la recibe sin retroceder.

Le señalo con la barbilla la mesa.

—Hay comida segura.

—¿Eso es lo que llamas a algo que ha pasado por control de Lottie?

—Lottie aprobó el setenta por ciento y amenazó el treinta restante.

Josh le pasa un plato.

—Aquí el sistema es simple: si quieres algo, cógelo antes de que Lewis decida que merece más que tú.

—Merezco más porque doy alegría —dice Lewis.

George pasa junto a él con dos panecillos.

—Das ruido. Es distinto.

La silla que no he reservado está junto a Ben, frente a mí, lo bastante integrada para no parecer encerrona y lo bastante cerca para que, cuando se siente, tenga que mover mi rodilla dos centímetros.

—Price —dice Ben—, aquí.

Ollie mira la silla. Luego a Ben. Luego a mí. Me obligo a beber agua.

Se sienta.

La rodilla me roza bajo la mesa cuando Charlie empuja su silla para dejar pasar a Sam. Apenas un contacto. Un accidente perfectamente plausible. Me quedo quieto. Ollie también.

Qué forma tan idiota de incendiar una sala llena de hombres comiendo pollo.

La cena empieza con el tipo de violencia educada que solo existe cuando veintitantos futbolistas intentan fingir que no están hambrientos.

Josh construye una torre de pasta que pierde estabilidad estructural.

Lewis anuncia que el tiramisú necesita protección emocional.

Dan prueba una salsa y exige saber si el chef ha tenido una infancia difícil.

Charlie recoloca los cubiertos por tamaños hasta que George le quita el tenedor de la mano y le pone pan en su lugar.

—Muerde eso. Es más útil para todos.

Ollie observa. No desde fuera exactamente. Desde el borde. Hay una diferencia.

—¿Siempre sois así? —pregunta.

—No —dice Sam—. Hoy estamos elegantes.

—Ayer Lewis intentó abrir una botella de isotónico con un tenedor —añade Dan.

—Innovación —dice Lewis.

—Urgencias menores —dice Sophie, sin levantar la vista de su móvil.

La risa vuelve. Esta vez Ollie no la esquiva. Inclina la cabeza, casi sonríe, y algo en mi pecho hace una cosa peligrosa y poco profesional. Ben me patea por debajo de la mesa y señala mi plato. No he comido nada.

Mierda.

Cojo pasta y me meto una cantidad absurda en la boca justo cuando Ollie me mira.

—¿Estás bien? —pregunta.

No puedo responder sin parecer un hombre criado por lobos italianos.

Lewis se inclina hacia Ollie.

—El capitán ha entrado en modo almacén. Cuando organiza cenas, olvida alimentarse y luego se comporta como una máquina expendedora triste.

Trago con dignidad discutible.

—Brooks, estás a una frase de quedarte sin postre.

—No puedes quitarle postre a un adulto.

—No estoy seguro de que aún lo seas.

Ollie baja la vista al plato para esconder una sonrisa. No la esconde del todo.

La cena sigue. Hablan de fútbol, de vuelos, de quién ronca en el autobús y de la niña que le pidió a Dan sus guantes para su abuelo. Dan fingió irritación durante diez minutos y después pidió la dirección para mandarle otros firmados.

—Mentira —dice él cuando Sam lo cuenta.

—Tengo foto del paquete.

—Fotos manipuladas seguro.

Ollie se ríe. De verdad.

La sala no se detiene. Nadie lo señala. Nadie convierte el momento en espectáculo.

Y ahí entiendo por qué organizo estas cenas aunque finja que son trabajo.

Durante una hora, el equipo puede ser una cocina mala, una mesa demasiado llena y un lugar donde un hombre como Ollie Price puede reírse sin calcular cuánto dura.

Después del plato principal, Josh propone preguntas rápidas. Sophie veta cualquier tema que incluya tabloides, ex, alcohol, apuestas, lesiones o “cosas que no queráis ver reproducidas ante un comité”.

—Eso nos deja vegetales —dice George.

—Perfecto —dice Dan—. Odio tres.

—La comida que os salvaría de una crisis —dice Josh.

—Patatas —dice Ollie.

Me mira al decirlo. No debería afectarme. Me afecta como un balón directo al pecho.

—Es una elección sólida —digo.

—No he pedido aprobación.

—Te la doy igual.

Ben se tapa la boca con una servilleta. Traidor. Charlie dice arroz. Sam, curry suave. Lewis, “un cubo de helado y una ovación”. Dan responde “café y silencio”, lo cual Sophie califica como “personalidad entera, no comida”.

Cuando me toca, digo:

—Lasaña.

Ollie inclina la cabeza.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Mi físico de atleta de élite?

—Tu fe en las capas como solución.

Lewis señala entre nosotros con el tenedor.

—No sé qué está pasando, pero siento que el cuscús tiene sabor a intimidad.

Ben le quita el tenedor.

—Mejor come con menos intuición.

Por primera vez en toda la noche, no miro a Ollie primero. Miro a Ben.

Él sostiene mi mirada un segundo. Sabe demasiado. No todo. Pero sí lo suficiente para entender que esta mesa ya no es solo una mesa.

El postre llega con Mason empujando un carro: pan de plátano, fruta, yogur y algo cubierto de chocolate que Lottie ha decidido ignorar para conservar la paz mundial.

Mason se inclina hacia mí.

—La doctora Shaw dice que si alguno pregunta, esto es fruta.

Ollie coge un trozo pequeño de pan de plátano. Lo parte con los dedos. Come. Me mira.

—Maggie tiene competencia.

—Retira eso antes de que alguien lo oiga. Maggie ha hundido imperios por menos.

—¿Imperios?

—Un jugador lloró por fish and chips en 2019.

La cena empieza a deshacerse poco a poco. George llama a Hannah. Charlie recoge platos. Dan se lleva un café como botín de guerra. Lewis intenta convencer a Josh de jugar a cartas y pierde antes de empezar porque Josh ya está haciendo trampas.

Ollie se levanta con su plato.

—Lo dejo yo.

—No hace falta.

Lo sigo hasta la mesa auxiliar con dos vasos, porque soy capitán, no porque quiera treinta segundos lejos del ruido. Cuando deja el plato, nuestras manos casi chocan en la pila de cubiertos. Casi. Retiramos al mismo tiempo. Demasiado evidente para nosotros. Invisible para todos los demás.

—Has montado esto bien —dice.

—Gracias. Parece que la comida apareció por generación expontánea.

—Claro.

—Liderazgo moderno.

Ollie mira al grupo. Lewis se ha puesto una servilleta en la cabeza. Dan no reacciona, lo que convierte la imagen en peor.

—No soy bueno en esto —dice.

La frase me golpea por debajo del ruido.

—¿En servilletas?

—En entrar.

—Ya has entrado.

—Casi me fui.

No sé qué hacer con esa sinceridad. No la toco.

—Me alegro de que no lo hicieras.

Ollie me mira. Hay algo abierto en su cara, breve y peligroso. Luego vuelve a cerrarlo con la precisión de siempre.

—No te emociones. Vine por las patatas.

—Las patatas te dan las gracias por tu cariño.

—Y para comprobar que Lewis no acababa con todo el tiramisú.

—Tarde.

Su boca se curva. Una victoria mínima. Inútil. Perfecta. Ben aparece junto a nosotros con una bandeja de platos y expresión demasiado neutral.

—Interrumpo lo que sea que esto no es para avisar de que Josh ha retado a Price a cartas.

—No juego —dice Ollie.

Desde la mesa, Josh grita:

—¡Porque tienes miedo!

Ollie suspira.

—Voy a arruinarle la noche.

Ben sonríe.

—Eso cuenta como integración.

Ollie vuelve a la mesa. No a la puerta, menos mal. A la mesa. Me quedo un segundo junto a Ben, mirando cómo se sienta entre Sam y George, cómo Lewis reparte cartas con solemnidad fraudulenta y Dan le advierte que no confíe en nadie que apueste garbanzos.

Ben baja la voz.

—Estás haciendo de capitán.

—Eso intento.

—¿Y de otra cosa?

El ruido de la sala nos cubre. Aun así, me aseguro de no mirar a Ollie al responder.

—No sé de qué hablas.

—Sí que lo sabes.

No hay burla. Eso lo vuelve peor. Respiro hondo. En el otro extremo, Ollie gana la primera mano en menos de dos minutos y Josh acusa a Inglaterra de corrupción interna.

Ollie levanta una ceja.

—Yo no hice las reglas.

La sala estalla. Y yo, que he pasado años siendo querido por estadios llenos, descubro que lo único que quiero esa noche es que él elija quedarse diez minutos más.

Solo eso.

Solo diez minutos.