15 LA COCINA AUXILIAR
Una cocina auxiliar de hotel no debería parecer un refugio.
No con las luces fluorescentes, las neveras industriales zumbando como drones culpables y una cámara de seguridad encima de la puerta de entrada, apuntando al pasillo, no al interior.
No con el olor a pan tostado, desinfectante y aceite limpio.
No con Jamie Whitmore caminando delante de mí como si supiera exactamente qué puertas se abren después de medianoche y cuáles conviene no tocar ni aunque arda el edificio.
Diez minutos antes, estábamos en el gimnasio con demasiado sudor, demasiada cercanía y mi nombre en su boca. Ahora hay una mujer de unos sesenta años, bata blanca, gafas colgando del cuello y una sartén en la mano mirándonos como si fuéramos dos adolescentes pillados robando churros de una feria.
—Otra vez usted —dice ella, señalando a Jamie con la espátula—. Y ahora trae refuerzos.
Jamie levanta las dos manos.
—Maggie, vengo en son de paz, con hambre y posible lesión muscular.
—Mucha paz, pero me ensuciáis la plancha a medianoche.
—Técnicamente son las once cincuenta y ocho.
—Y teóricamente te puedo dar un sartenazo.
Me quedo en la puerta, calculando salidas. Una hacia el pasillo de servicio. Otra hacia la cámara frigorífica, mala idea salvo por bomba nuclear. La tercera, volver por donde hemos venido y enfrentarme a Lottie, peor que la cámara frigorífica.
Jamie mira por encima del hombro.
—Maggie hace el mejor sándwich de queso del continente.
—Eso es una acusación grave en un torneo con tres países anfitriones.
—Estoy dispuesto a declararlo ante Federación Internacional de Fútbol.
Maggie resopla, pero ya está sacando pan.
—Tú declararías cualquier cosa si le pongo comida delante.
—Por uno de tus sándwiches hago cualquier cosa.
La cocina está fuera del circuito normal de jugadores.
Jamie no lo dice, pero lo veo. La cámara cubre el pasillo, no la mesa del rincón.
La persiana metálica del mostrador principal está bajada.
Hay un guardia al otro lado de la puerta, visible por el cristal estrecho.
Un lugar discreto, no secreto. La diferencia importa.
—¿Sophie sabe esto? —pregunto.
—Sophie sabe casi todo. Lo demás lo sospecha y lo archiva para usarlo en mi contra cuando sea necesario.
—¿Y seguridad?
—Mason está fuera. Maggie tiene más autoridad que Mason, pero menos paciencia.
—Oye, que te oigo —dice Maggie.
Me siento en la mesa pequeña del fondo porque Jamie la señala, no porque obedezca.
Está pegada a una pared con azulejos blancos.
Dos sillas. Una cesta de sobres de azúcar.
Un bote de ketchup industrial con la dignidad agotada.
El espacio entre las rodillas, cuando Jamie se sienta frente a mí, es escandalosamente insuficiente.
Retiro una pierna. Él finge no notarlo. Punto a favor. Maggie deja dos vasos de agua, una fuente con patatas y dos platos.
—Uno sin salsa rara, como pidió el señor capitán. Otro con doble queso porque, cito, “si voy a morir por romper el protocolo, que al menos sea con lácteos”.
Jamie se lleva una mano al pecho.
—Me emociona que respetes mis últimas voluntades.
—Yo me emocionaría si me dejaras propina.
Maggie vuelve a la plancha. Jamie saca una tarjeta, la deja debajo del salero y la empuja hasta el borde de la mesa, donde ella puede verla sin que parezca pago teatral. No hace espectáculo. Eso me molesta. Es más fácil desconfiar de la generosidad cuando trae foco propio.
—Vienes aquí a menudo —digo.
—Cuando puedo.
—¿Con todo el mundo?
—No.
La respuesta es demasiado corta. Me concentro en una patata. Error. Está caliente y sabe a sal, grasa y gloria civilizada. Cierro los ojos medio segundo. Solo medio. Cuando los abro, Jamie me está mirando.
—Ni una palabra —digo.
—No he dicho nada.
—Ibas a decir algo.
—Estaba observando un milagro: Oliver Price aprobando un carbohidrato sin críticas.
Eso sí me arranca una risa. Pequeña. Insuficiente para ser peligrosa, salvo que la sonrisa de Jamie diga lo contrario.
Maggie deja los sándwiches. El queso se derrite por los bordes con una indecencia que Lottie prohibiría por decreto.
—Si la fisio pregunta, yo serví pepino —dice.
—Maggie, eres patrimonio nacional —dice Jamie.
—Soy irlandesa.
—Internacional, entonces.
Ella le da un golpe suave en la nuca con una servilleta doblada antes de irse. Jamie lo recibe como si fuera condecoración.
—¿Todos te pegan con utensilios? —pregunto.
—Solo las mujeres sensatas.
—Eso explica que sobrevivas: ellas dosifican.
Muerdo el sándwich y cometo el error de hacer un sonido. No grande. No obsceno. Solo el sonido involuntario de un cuerpo cansado encontrando comida real después de demasiadas barritas con sabor a yeso premium.
Jamie baja la mirada a mi boca.
El aire cambia.
Me limpio con el pulgar, rápido.
—Tienes queso —dice.
Extiende una servilleta, no la mano. La deja entre los dos. Permiso, no invasión. La cojo.
Su rodilla roza la mía bajo la mesa. Podría apartarse. No lo hace enseguida.
Yo tampoco.
La cocina sigue funcionando alrededor: zumbido, plancha, Maggie guardando bandejas, Mason hablando bajo en el pasillo. Todo normal. Todo imposible.
—Mi padre hacía tostadas con queso cuando perdíamos —digo, sin saber por qué lo digo—. Malas. Quemadas por un lado, frías por el otro. Decía que así aprendía a gestionar las decepciones.
Jamie sonríe, pero no se ríe.
—David Price parece un filósofo una con sartén defectuosa.
—No le digas filósofo. Se vendría arriba y escribiría sus filosofadas en servilletas.
—Me cae bien.
—No si lo conocieras.
—Me gusta eso de la tostada quemada.
La frase se queda ahí. No como chiste. Como algo blando que intenta no parecerlo. Jamie parte su sándwich en dos y empuja una mitad hacia mí.
—Prueba este.
—Tengo uno.
—El mío tiene mostaza.
—Detesto la mostaza.
—Eso dices ahora. La primera etapa del crecimiento personal es la negación.
—Si intentas convertirme religiosamente a la mostaza, usaré el ketchup como contrataque.
—Maggie odia el desperdicio. Te expulsaría antes de que el ketchup tocara suelo.
Pruebo el sándwich. Porque tengo hambre. Porque la mostaza no merece una guerra. Porque Jamie me mira como si esto fuera una pregunta que no se atreve a hacer.
Está bueno.
—No sonrías —digo.
—Es que me hace un poco de gracia.
—Te acabo de subir el ego.
—Mi ego ya me lo suben bastante. No te preocupes por eso
Maggie deja una caja pequeña de cartón en la mesa.
—Pan de plátano. Para llevar. Y no quiero ver a ninguno dentro de cuatro horas llorando en mi cocina porque la comida sana les ha quitado la felicidad.
—Eso fue una vez —dice Jamie.
—Fueron tres.
Maggie desaparece por una puerta lateral. Yo miro la caja.
—¿Pan de plátano?
—Para después. O para sobornar a Lottie si nos pilla.
—Lottie no aceptaría sobornos.
—No. Pero lo miraría con decepción y eso nos daría tiempo para correr.
—Yo no corro.
—Cierto. Con esa pierna no vas a poderte escapar.
La rodilla de Jamie sigue cerca. El calor de su pierna atraviesa el espacio mínimo bajo la mesa. Ayer, en el gimnasio, su mano me sostuvo más tiempo del necesario. Hoy, aquí, no me toca. Eso es peor. La ausencia se vuelve una decisión.
—¿Por qué este sitio? —pregunto.
Su sonrisa pierde borde.
—La primera vez que me colé aquí fue después de fallar un penalti en un amistoso. Tenía veinte años y demasiada prensa diciendo que era el futuro. Maggie me dio tostadas, me llamó niño dramático y me hizo fregar la sartén.
—¿Fregaste?
—Mal. Pero lo intenté.
—Una rareza en ti.
—La intención o fregar.
—Ambas.
Mira el vaso de agua. No el móvil. No la puerta. A mí, después.
—Aquí nadie me pidió que fuera encantador. Solo que no dejara queso pegado.
Entiendo demasiado. Pero no lo digo.
Saco otra patata, la parto en dos con los dedos.
—Tom guarda un papel de nuestro primer partido juntos —digo—. En realidad lo guardo yo. Es una hoja táctica absurda. Él escribió que no pasara por dentro. Yo le escribí que dejara de perderla. Alta literatura inglesa.
—¿La trajiste?
No debería responder.
—Sí.
La cara de Jamie cambia apenas. Como si hubiera visto algo entrar en foco.
—Bien.
—No es sentimental.
—Claro.
—Es documentación histórica de incompetencia ajena.
—Por supuesto.
—Whitmore.
Levanta las manos, pero sonríe. Y durante un segundo me dan ganas de tirarle una patata solo para no tener que mirarle la boca. Mason toca el cristal de la puerta y señala el reloj. Jamie asiente. La calma se rompe sin ruido. Eso la hace peor.
Él recoge los platos antes de que Maggie tenga que pedirlo, deja otra propina bajo la caja y se asegura de que la mesa quede limpia. No como gesto para mí. Como rutina.
Salimos por el pasillo de servicio con la caja de pan de plátano entre nosotros. La lleva él. Yo no se la pido. Él no la ofrece. A mitad del pasillo, me la pasa sin mirarme.
—Por si necesitas material de soborno.
—¿Me estás dando comida como coartada?
—Estoy invirtiendo en tu relación con Lottie.
—Eso suena fiscalmente sospechoso.
El ascensor de servicio tarda una eternidad. Cuando llega, entramos solos. Cámara en la esquina. Distancia suficiente. Demasiada.
Jamie mira los números subir.
—Avísame al llegar a tu habitación.
—Estamos en el mismo ascensor.
—Después.
—¿Control de capitán?
—Información. Si Lottie pregunta, necesito saber si has muerto antes de acusarla.
Lo miro. Él sigue de frente.
—Puedo llegar solo.
—Lo sé.
La puerta se abre en mi planta. No se mueve para salir. No me acompaña. No convierte cuidado en escolta.
Peor. Me deja elegir. Doy un paso fuera. Luego otro.
Antes de que la puerta se cierre, Jamie dice:
—Price.
Me vuelvo. Tiene una mano apoyada en la caja del ascensor, luz blanca sobre la cara, sonrisa apenas contenida y algo más debajo. Algo sin cámaras, sin Maggie, sin pan de plátano que pueda hacer de excusa.
—La mostaza ha ganado.
—Ni en tus mejores sueños.
—Sigue negándolo, sigue negándolo.
—Buenas noches, Whitmore.
La puerta empieza a cerrarse.
—Buenas noches, Ollie.
Mi nombre llega justo antes del clic.
Camino hasta mi habitación con la caja de pan de plátano en una mano y el pulso en lugares poco profesionales. Dentro, cierro la puerta, reviso la cerradura, dejo la comida sobre la mesa.
No me siento seguro. No lo digo. Cojo el móvil.
YO: Llegué.
La respuesta llega enseguida.
JAMIE WHITMORE: Excelente. Maggie no tendrá que esconder el cuerpo.
Miro la pantalla demasiado tiempo.
YO: La mostaza sigue en revisión.
JAMIE WHITMORE: El VAR culinario siempre tarda.
Suelto una risa en una habitación vacía. Después dejo el móvil boca abajo antes de escribir algo que no pueda defender mañana. El pan de plátano huele a hogar. Es raro, pero por primera vez estos días sentir una sensación de hogar no me parece una amenaza.