TIEMPO EXTRA 14 RESPIRA, DICE EL TÍO
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14 RESPIRA, DICE EL TÍO

A las once y cuarenta y dos de la noche, el gimnasio del hotel tiene la iluminación de una morgue cara y el olor de todas las excusas que un futbolista puede llamar recuperación.

Goma, sudor viejo, , bebidas isotónicas y esa tristeza seca de los espacios que existen para que los cuerpos útiles no se rompan antes de tiempo.

Yo he firmado mi entrada como “movilidad”. Una mentira pequeña. Casi elegante.

El balón rebota contra la pared acolchada. Lo recibo con la izquierda, giro, apoyo, pase contra la red. Otra vez. Control corto. Cadera abierta. No dejar que el primer toque se escape como en el partido. No regalar medio metro. No escuchar la grada. No ver el rótulo que todavía no existe.

PRICE, ¿PARCHE O PROBLEMA?

Otra vez. El muslo tira. El dolor, por lo menos, no se nota mucho.

—Si eso es movilidad, yo soy el Papa.

El balón vuelve mal y me golpea el empeine. Jamie Whitmore está en la puerta con sudadera gris, pantalón corto y dos botellas de agua. El pelo revuelto, la cara que no pone para las cámaras, la boca demasiado cerca de convertirse en otra cosa que no pienso mirar.

—Está reservado —digo.

—Sí. Para un hombre que ha escrito “movilidad” y lleva media hora chutando contra la pared.

—Vete a dormir.

—Venía a eso, pero el sensor del gimnasio ha chivado actividad. La tecnología moderna: arruina romances, carreras y coartadas médicas.

—No hay romance.

—Solo era un ejemplo, hombre.

Mi mano se cierra sobre el balón.

Él mira el gesto y entra sin pedir permiso, aunque no invade. Deja el agua sobre una colchoneta, coge otro balón y se coloca a seis metros.

—Diez repeticiones. Yo sirvo. Tú giras. Después paras.

—No necesito entrenador.

—Perfecto. Porque ni lo soy ni he traído silbato.

No quiero reírme. No lo hago. Bueno a lo mejor una leve sonrisa para mí mismo.

Jamie pasa el balón. Fuerte. Exacto. Recibo, giro, juego de primera contra la red. El golpe sale seco.

—Otra —digo.

No pregunta por la amarilla. No me dice que no fue culpa mía. No me envuelve en frases de capitán como si necesitara plástico de burbujas y una pegatina de frágil. Solo sirve otro balón. Luego otro. Y otro.

En la sexta repetición, el control sale limpio. En la octava, mi muslo decide que hemos terminado.

El dolor sube, rápido y blanco. Pierdo el apoyo. No caigo porque Jamie cruza el espacio en dos zancadas y me agarra por la cintura.

No del brazo. No del hombro. De la cintura.

Su mano se abre sobre mi camiseta empapada, firme, caliente, demasiado humana. La otra me sujeta el codo. Mi cuerpo se queda contra el suyo un segundo más de lo necesario porque el músculo se ha cerrado y porque yo, aparentemente, he perdido todo instinto de supervivencia.

—¿Dónde? —pregunta.

No hace chiste. Eso lo vuelve peor.

—Cuádriceps.

—Si dices “estoy bien”, llamo a Lottie y le cedo tus restos para una autopsia.

—Estoy… —Su mirada baja a mi boca y vuelve a subir. Me arde la piel debajo de su mano—. No tan bien.

La frase cae como una admisión indecente. Jamie traga saliva.

—Vale.

Me suelta despacio, como si cada dedo tuviera que pedir permiso para retirarse. Después señala el banco de pesas.

—Siéntate.

—No me des órdenes.

—No era una orden. Era una oportunidad de conservar la dignidad antes de que la pierna se te caiga.

Me siento. Pero solo porque el músculo late como si quisiera independizarse del Reino Unido.

Jamie se arrodilla delante de mí. El gimnasio cambia de tamaño.

De pronto no hay pared acolchada, ni sensores, ni botellas. Solo Jamie Whitmore de rodillas, con una mano abierta cerca de mi pierna y la otra apoyada en el banco, mirándome como si estuviera esperando permiso para tocar una frontera.

—Puedo ayudarte a estirar —dice—. Nada raro. He tenido tirones en sitios que no sabía que tenía.

—No tienes licencia para tocarme.

—Tengo treinta años, dos finales europeas, un ligamento que predice lluvia y cero deseo de que Lottie me asesine con una banda elástica.

—Eso no responde.

Su sonrisa se queda pequeña.

—No te toco si no quieres.

Ahí está. La puerta. La odio y la necesito.

—Hazlo —digo.

Jamie coloca una mano detrás de mi rodilla y la otra en mi tobillo.

Profesional, al principio. Levanta mi pierna despacio, mide la resistencia, cambia el ángulo.

Mis dedos se clavan en el borde del banco.

El estiramiento duele, pero no como antes.

Es un dolor ordenado. Dirigido. Menos castigo y más información.

—Respira —dice.

Le lanzo una mirada.

—No empieces.

—Era indicación médica, no poesía barata.

La comisura de su boca tiembla. No aparta las manos.

Tiene las palmas ásperas. Futbolista, no modelo.

Eso me sorprende todavía, como si no lo hubiera visto pelear balones, recibir golpes, arrastrar marcas.

Como si una parte de mí insistiera en creer el cartel publicitario porque era más fácil odiarlo así.

—Amelia preguntó por ti —dice.

—Mal momento para usar una niña como distracción.

—Al contrario. Excelente momento. Si te distraigo con adultos, me insultas. Si uso una niña, solo puedes odiarme en silencio.

—Qué noble.

—Soy una ruina ética, ¿qué quieres?

El aire se me escapa en una risa. Pequeña. Traidora.

Jamie baja un poco mi pierna, atento.

—¿Mejor?

—Sigue.

No sé si hablo del estiramiento. Él tampoco. Durante un segundo, el silencio.

—Amelia Reed —dice, más bajo—. Diez años. Campaña de la FA con el hospital de Manchester. Me mandó un audio después del partido. Quería saber si los héroes también meten la pata.

—No soy héroe.

—Eso le dije.

Algo me pincha debajo de las costillas.

—¿Qué?

—Que no eras héroe. Eras defensa. Mucho más útil. Los héroes llegan tarde, hacen discursos y estropean el césped. Los defensas ven venir la desgracia y aun así se ponen delante.

No tengo réplica.

Jamie me suelta la pierna con cuidado y se sienta en el suelo, frente a mí, una rodilla flexionada, el antebrazo apoyado encima. Demasiado cerca para ser casual. Suficientemente lejos para poder negarlo ante cualquier cámara.

—Quiere tu firma —añade—. Y quiere saber si el balón te obedece porque le das miedo.

Miro al suelo.

—Es inteligente.

—Más que algunos analistas con corbata, sí.

—¿Y tú qué le respondiste sobre los héroes?

Su cara cambia. No mucho. Lo justo para que el Jamie de los anuncios se apague.

—Nada todavía.

—Raro.

—No sabía cómo decirle que a veces los héroes son solo gente con buena iluminación y contratos que los obligan a sonreír aunque no sepan qué coño están haciendo.

El gimnasio se queda demasiado quieto.

Pienso en él rechazando la foto con Poppy. En él quedándose junto a las brochetas secas. En él dándome agua durante el VAR sin hacer que pareciera ayuda. En él ahora, en el suelo, sin marca, sin público, sin mentira útil.

—Los niños no piden eso —digo.

—¿Qué piden?

—Que aparezcas. Que no desaparezcas cuando todo se pone incómodo.

Jamie me mira. Me doy cuenta tarde de lo que he dicho. De lo que no he dicho.

Callum no tiene nombre aquí, pero está en la sala. En cada puerta que cierro antes de entrar. En cada frase que recorto para que nadie la use. En cada vez que deseo y lo convierto en análisis táctico porque el análisis no te toca la cintura.

Jamie no pregunta.

Gracias.

—Tu padre hacía eso, ¿no? —dice.

La pregunta es suave. Aun así entra.

—Aparecer.

Asiento.

—Cuando podía. Lluvia, partidos horribles, campos donde el barro tenía ambiciones. No decía mucho. Una vez me dio una barrita de cereal que llevaba tanto tiempo en su coche que había desarrollado personalidad jurídica.

Jamie sonríe.

—Cariño paterno.

—Sabía a amor reprimido.

—Marca registrada de los padres británicos.

Esta vez sí sonrío. Y él lo ve.

El problema no es que lo vea. El problema es que no presume de haberlo visto.

Jamie se levanta y me ofrece la mano. La acepto antes de pensarlo. Me ayuda a ponerme en pie, pero no me suelta. Su pulgar queda sobre mis nudillos. Una presión mínima. Ridícula. Suficiente para que la respiración se me coloque en otro sitio.

Estamos demasiado cerca.

Sin gradas. Sin compañeros. Sin cámaras. Sin excusas, salvo una pierna cargada y una conversación que ya ha cruzado varias líneas sin hacer ruido.

—Ollie —dice.

No Price. Solo mi nombre. Peor que cualquier contacto. Levanto la vista. Jamie está mirando mi boca. No por casualidad. Como si tuviera hambre.

El cuerpo me reacciona con una claridad brutal. Calor bajo la piel, garganta seca, el impulso idiota de inclinarme medio centímetro. Medio. Menos de lo que se necesita para negar. Más de lo que podría explicar.

No lo hago. Él tampoco. Pero su mano sigue en la mía. Y eso, en este lugar, a esta hora, con nuestros nombres en todos los registros del hotel, es casi una confesión.

Mi móvil vibra sobre el banco. Los dos miramos la pantalla como si acabara de explotar una bomba pequeña.

SOPHIE: Lottie pregunta por qué el gimnasio registra actividad a medianoche. He dicho que probablemente fantasmas. Tenéis tres minutos antes de que baje con material de tortura terapéutica.

Jamie cierra los ojos.

—Fantasmas.

—No critiques. Nos ha salvado.

—Me ofende no haberlo usado en rueda de prensa.

Suelto su mano.

La pérdida es inmediata. Estúpida. La noto en la palma, como si me hubieran quitado algo que nunca fue mío. Jamie recoge las botellas. Yo cojo la sudadera. Caminamos hacia la puerta con la distancia correcta, esa que no alimenta cámaras ni rumores ni preguntas de seguridad.

Antes de salir, se detiene.

—Mañana —dice—. La videollamada. Si quieres hacerla, estaré ahí.

—¿Como capitán?

Su mirada baja a mi mano y vuelve a mi cara.

—Como alguien que sabe cuándo callarse.

No debería importarme. Importa tanto que casi me enfada.

—Entonces calla bien —digo.

Su sonrisa aparece, lenta, peligrosa.

—Haré historia.

Salimos al pasillo. Hay luz de emergencia, moqueta blanda y ninguna cámara visible en ese tramo, aunque visible no significa inexistente. Jamie camina a mi lado sin tocarme. Su hombro queda cerca. Su respiración también.

—Necesito comida —dice.

—Acabas de convertir una escena de riesgo médico en excursión a la cocina.

—Es que la tensión consume calorías.

Lo miro. Él me mira de vuelta. No añade nada. Por primera vez, su silencio es peor que un chiste.

Seguimos andando hacia la cocina auxiliar, con tres minutos antes de Lottie, el muslo todavía tirante y la palma de mi mano recordando la suya.

No hubo beso ni confesión.

Solo Jamie Whitmore de rodillas entre mis piernas para estirarme un músculo, mi nombre en su boca, su mirada en la mía, y la certeza desagradable de que mi cuerpo ya no confundía peligro con huida.

A veces, el peligro es querer quedarse.