6 MODO AVIÓN #2
—No le digas eso de tus compañeros a mi hija.
—Es para que aprenda algo de fútbol.
Elsie pega la hoja a la cámara.
—Tiene tu pelo.
—¿El león?
—Sí. Pero más bonito.
—Muchas gracias. Es una crítica que me llega al corazón.
Maya ríe y deja a Elsie en una silla. Detrás se ve la cocina de los Hale: imanes en la nevera, platos apilados, una mochila infantil tirada en el suelo, una planta medio muerta que Nathan insiste en llamar “en recuperación” porque en esa casa hasta las albahacas tienen arco narrativo.
No hay cámaras. No hay sponsor. No hay nadie convirtiendo mi soledad en contenido ni mi sonrisa en recorte de prensa.
Solo ruido de casa.
Lo quiero tanto que a veces tengo que bromear para no pedirlo.
—¿Cómo va la concentración? —pregunta Nathan.
—Mark todavía no me ha asesinado.
—Eso es tener el estándar muy bajo.
—El grupo está bien. Que no esté Reed pesa, claro. Pero Price ha entrado fuerte.
Maya levanta las cejas.
—¿Price?
—Oliver Price. Reemplazo de Reed. Central zurdo. Muy táctico. Muy seco. Cero aprecio por mi aportación a la cultura popular.
Nathan sonríe.
—Ah.
—No hagas “ah”.
—He hecho una sílaba.
—Has hecho una sílaba de hombre casado desde hace diez años. Tiene un ritintineo detrás que apesta.
Maya se sienta frente a la cámara.
—¿Es bueno?
—Sí.
La palabra sale demasiado rápida. Ridículamente rápida. Como perro al que han abierto la puerta. Intento arreglarla, que es lo que hacen los hombres maduros cuando acaban de delatarse: empeorarlo con vocabulario técnico.
—Quiero decir, es útil. Incómodo. Lee bien. No se impresiona, lo cual es objetivamente grosero en un recién llegado. Tiene ese primer paso diagonal que…
Me callo. Tarde.
Nathan mira a Maya. Maya mira a Nathan. Elsie colorea el león con la concentración que Miguel Ángel pintando la Capilla Sixtina.
—¿Te cae mal? —pregunta Maya.
—Muchísimo.
—Entonces nos gusta —dice Nathan.
—Obvio. Pero no funciona así.
—Con tus historias suele funcionar exactamente así.
—No son historias. Es fútbol. Necesitamos coordinación. Si él cierra mal, yo pierdo balón. Si yo salto pronto, él queda expuesto. Si su línea no acompaña, nos parten por dentro. Es táctica, no una novela romántica.
—Nadie ha dicho novela —dice Maya.
—Tu cara lo dice.
—Mi cara está cansada porque alguien usó mis moldes de magdalenas para plantar albahaca.
Nathan levanta la mano, como entonando un mea culpa.
—En algún sitio tenía que plantar las semillas.
—Como si cocináramos tantas recetas con albahaca —dice ella.
Los observo discutir tres minutos sobre albahaca, magdalenas y responsabilidades compartidas.
Elsie interviene para informar que el león también quiere magdalenas.
Nathan promete hornear. Maya amenaza con supervisión adulta.
Todo es absurdo. Todo es pequeño. Todo es imposible de vender en una campaña porque no cabe en treinta segundos ni mejora con cámara lenta.
Me duele de una forma limpia y familiar.
—Estás muy callado —dice Nathan al final.
—Estoy disfrutando de vuestro matrimonio.
—Jamie.
Ese tono. Mi nombre usado como llave. No por el periodista, no por Mark, no por un sponsor. Por alguien que me conoce cuando no estoy iluminado.
Me reclino contra el cabecero de la cama.
—A veces me gustaría poder llegar a un sitio sin que nadie decidiera antes qué versión de mí necesita.
Maya no suaviza la cara. Eso me gusta. No me trata como cristal ni como titular con piernas.
—¿Y en la concentración a quién necesitan?
—Al capitán. Al chico de los anuncios. Al soltero simpático. Al idiota que dice algo gracioso si el grupo se tensa. Al tipo que no se enfada cuando hacen bromas sobre él porque, si se enfada, mañana hay artículo sobre liderazgo frágil.
—¿Y tú? —pregunta Nathan.
Qué pregunta tan sencilla y qué poca vergüenza tiene. Elsie levanta su dibujo antes de que yo tenga que contestar.
—Yo necesito que el león gane.
Me río. Gracias a Dios por los niños y sus prioridades imperialistas británicas.
—Eso puedo intentarlo.
Nathan me mira como si no hubiera terminado, pero me deja escapar. Familia elegida no significa jaula. Significa puerta abierta y alguien fingiendo no vigilar para que puedas volver sin tener que hacer discurso.
Cuando colgamos, la habitación queda en silencio. El tipo de silencio que llega después de una casa ajena y te recuerda que la tuya es alquilada por noche, con minibar, tarjeta magnética y salida de emergencia iluminada.
El móvil vibra.
BEN: ¿Has sobrevivido a la llamada familiar?
YO: Elsie ha dibujado un león con siete piernas.
Liderazgo inspirador.BEN: Mejor lateral que Lewis.YO: Indiscutiblemente.BEN: Por cierto.
No dejes que el chat convierta a Price en juguete nuevo.YO: Ya lo estaba pensando.BEN: Lo sé.
Por eso te aviso de que eso no es lo mismo que protegerlo.YO: Estoy siendo capitán.BEN: Eso es, sé capitán.
Miro el mensaje mucho rato.
La habitación zumba con ese aire acondicionado de hotel que parece diseñado para recordarte que nada de lo que hay a tu alrededor te pertenece. La cama es enorme. La ventana no se abre. La ciudad, fuera, queda reducida a luces ordenadas. Todo muy limpio, muy caro, muy solo.
Luego abro el chat del equipo.
Yo: Mañana, bromas sobre Price solo dentro. Nada de repetir motes o clips delante de prensa, staff externo o cámaras. Es nuevo, no carnaza.
LEWIS brOOKS: capitán serio en modo “on”DAN KEANE: el cono nunca habría dicho algo tan nobleJOSH BARRETT: entendidoSAM BENNETT: sí, capGEORGE BAILEY: pobre Price, ya tiene guardaespaldas de champú
Yo: Bailey, mañana corres conmigo.
GEORGE BAILEY: retiro mis palabras, amo el champú
Dejo el móvil boca abajo. No es protección. No exactamente. Es gestión de grupo. Sentido común. Liderazgo básico. Lo que haría por cualquiera.
Por cualquiera que llegara con una mochila negra, un cuaderno agresivo, una mandíbula cerrada como frontera internacional y la capacidad irritante de verme cuando intento actuar.
Apago la luz. En la oscuridad, la habitación de hotel parece aún menos una casa.
Cierro los ojos y, contra toda lógica, lo último que veo no es el león de siete piernas de Elsie ni el titular inventado de mañana ni la cara de Mark cuando alguien llega tarde a la recuperación.
Es Oliver Price diciéndome que se notaba. Y lo peor, lo verdaderamente ridículo, lo que debería hacerme levantarme, beber agua, rezar a algún santo del autocontrol y quizá tirar el móvil por la ventana si esta se abriera, es que quiero que vuelva a mirarme lo bastante para decirme qué más.