6 MODO AVIÓN
El chat del equipo se llama, por motivos que nadie ha tenido los huevos, la inconsciencia o las ganas de morir joven de explicarle a Mark Ellison, NO ES UNA DEMOCRACIA.
Lo creó Dan Keane hace dos años, después de que Mark prohibiera votar la música del autobús porque Lewis Brooks consiguió colarnos quince minutos de una canción infantil remixada antes de un amistoso contra Italia.
Quince minutos. Contra Italia. Con defensas que parecían haber nacido sabiendo leer líneas de pase y nosotros entrando al campo con una melodía de patitos mutantes rebotándonos en el cráneo.
Perdimos uno a cero, pero aquello no fue una derrota táctica.
Fue un crimen musical con consecuencias internacionales.
Desde entonces, el chat sirve para tres funciones principales: logística que nadie lee, insultos con faltas de ortografía y pruebas documentales de que ningún futbolista profesional debería tener acceso ilimitado a gifs, stickers ni tiempo libre entre sesiones.
A las seis y cuarenta y tres de la tarde, después de la segunda sesión de recuperación, mi móvil empieza a vibrar como si Inglaterra hubiera declarado la guerra a sus propios isquios.
Estoy en el pasillo de la cuarta planta, con una bolsa de hielo en la rodilla, una sudadera de la selección y esa dignidad mía tan trabajada entrando y saliendo de la UCI.
LEWIS brOOKS: confirmo que Price ha asesinado a Jamie en el entrenamientoJOSH BARRETT: técnicamente fue un robo limpioLEWIS brOOKS: gracias árbitro DAN KEANE: alguien ha visto el ego de Whitmore?
Última vez fue visto cerca del vestuarioSAM BENNETT: minuto de silencioGEORGE BAILEY: XDDD no puedo, estoy llorando champú
Me quedo mirando la pantalla. Champú. Claro.
Un hombre hace tres campañas internacionales, mantiene una melena razonablemente sana bajo presión mediática, aguanta que medio país opine sobre su raya del pelo y lo que obtiene de sus compañeros es “llorando champú”.
La masculinidad inglesa es un monumento nacional construido con burlas, proteínas en polvo y cero capacidad para decir “te respeto” sin convertirlo en una pulla.
Yo: Me alegra ver que la unidad del grupo está fuerte.
BEN CARTER: La unidad del grupo está perfecta. Tu cierre por dentro, no tanto.
Traición. Pública. Cruel. Documentada. Ben Carter, ese roble humano con cara de haber nacido sabiendo guardar secretos, acababa de venderme delante de veintitrés hombres y dos fisioterapeutas que, oficialmente, no estaban en el chat, pero todos sabíamos que Lottie tenía capturas de todo.
Lottie es una agencia de inteligencia con coleta.
Lewis envía una foto de un cono con un brazalete de capitán dibujado encima.
LEWIS brOOKS: nuevo líder táctico
Yo: Llega tarde a menos reuniones que yo.
DAN KEANE: humilde, por fin
Estoy a punto de responder con algo devastador, elegante y probablemente inmaduro cuando aparece un mensaje privado de Ben.
BEN: Has dicho “Price” siete veces desde la merienda.YO: Mentira.BEN: Ocho, con esa.YO: Es un jugador nuevo.
El capitán debe facilitar integración.BEN: Claro.
Y por eso hablaste de su primer paso diagonal mientras te servías yogur.YO: ¿Y?
BEN: No juegues con él.YO: Ya me diste el sermón.BEN: Entonces escúchalo esta vez.
Bloqueo el móvil.
Así, sin más. Como un adulto. Como un capitán. Como un hombre emocionalmente regulado que no acaba de apagar la pantalla porque su mejor amigo ha lanzado una granada en mitad de su autoengaño y ahora no quiere mirar el humo.
La puerta del comedor privado está abierta al final del pasillo.
Dentro, el equipo se reparte entre mesas como si cada silla tuviera una jerarquía no escrita que nadie admite pero todos respetan.
Lewis gesticula con un tenedor, lo cual siempre debería activar protocolo de evacuación.
Josh lo escucha con una devoción equivocada.
Dan come pasta blanca sin sal, como si castigara al plato por decepcionarle en la infancia.
Mark está con el staff, revisando algo en una tableta con esa cara de hombre que podría estar estudiando un sistema defensivo o el menú de postres y en ambos casos parecería dispuesto a sacrificar a alguien.
Y Ollie Price está dos mesas más allá. De espaldas a la pared, por supuesto.
Porque el tío, en lugar de sentarse, establece perímetro defensivo.
Tiene el plato organizado en secciones limpias, como si el pollo, el arroz y las verduras hubieran firmado un acuerdo de no agresión.
Está hablando con Sophie Clarke. No mucho, claro.
Ollie parece un hombre que ahorra palabras.
Sophie sonríe sin invadirle el espacio. Profesional.
Cálida. Peligrosamente competente. Al lado de ellos, Lottie Shaw le señala algo en una tableta y Ollie asiente con la seriedad de quien acaba de recibir instrucciones para desactivar una bomba o algo así.
No me incumbe.
Lo miro solo lo justo para no tropezar con una planta decorativa. Seguridad básica. Prevención de accidentes laborales. Nada más. Si el capitán de Inglaterra se estampa contra un ficus por evitar mirar a un central zurdo, la prensa no lo entendería y, peor aún, Lewis haría camisetas.
Entro en el comedor.
—¡Capitán Caos! —grita Lewis.
—Brooks —digo—, si vuelves a llamarme así delante del staff, o voy a hacer que cantes el himno tú solo.
—No me amenaces con protagonismo.
—Sería protagonismo para joderte.
Dan se lleva una mano al pecho.
—Pero que cruel eres, Jamie. Justo, pero cruel.
Me siento junto a Ben porque soy optimista, masoquista o ambas cosas, que en el fútbol de élite se parecen demasiado. Ben empuja hacia mí un plato con pollo, arroz y verduras.
—Come.
—¿Siempre das órdenes después de humillarme en el chat?
—Así te tragas mejor la humillación.
No contesto. Comer es más seguro. Además, Ben tiene esa forma de cuidar que parece amenaza. Si algún día dice “descansa”, probablemente ya tenga preparada una manta, un análisis de sueño y un plan para romperte las piernas si sales de la habitación.
Al otro lado del comedor, Ollie se levanta para coger agua. Lewis, bendecido por una absoluta falta de instinto de supervivencia, lo llama.
—¡Price! Debate importante. ¿El capitán corre como anuncio de coche o como anuncio de colonia?
Todo el comedor gira la cabeza.
Precioso. Fantástico. Nada como ser reducido a estrategia publicitaria delante de un hombre cuya opinión no me importa en absoluto. Cero. Menos que cero. Una opinión irrelevante, periférica, tácticamente descartable. Mi pulso, por desgracia, decide no leer el memorando.
Ollie mira a Lewis. Luego a mí. Luego otra vez a Lewis.
—Corre como alguien que sabe que hay cámaras y finge que no lo sabe.
Silencio. Después, carcajadas.
Incluso Mark, desde la mesa del staff, baja la mirada a su plato con un gesto que podría ser risa contenida o reflujo. Con Mark nunca se sabe. El hombre tiene tres expresiones y una de ellas seguramente sea “he leído el informe”. Yo debería sentirme atacado.
Me siento visto, que es muchísimo peor. Ser atacado permite defenderse. Ser visto te deja con cara de imbécil.
—Análisis incompleto —digo—. Mis campañas de coche fueron elegantes.
—No he dicho que no funcionaran —responde Ollie—. He dicho que se notan.
La sala vuelve a reír. Él coge su botella, vuelve a su mesa y se sienta como si no hubiera prendido fuego a mi reputación. Ben se inclina hacia mí.
—Nueve.
—Cállate.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Lo pensaste.
—¿Ahora lees mentes también?
La cena termina con Mark recordándonos horarios, prensa reducida al día siguiente y viaje programado dentro de dos días si la organización no decide mover una coma del calendario por diversión burocrática.
Todos hacemos ese ruido colectivo de hombres fingiendo que no están cansados antes de empezar de verdad.
El Mundial aún no ha mordido, pero ya enseña los dientes: vuelos, hoteles, sesiones, recuperación, cámaras, un país entero esperando que seamos historia sin fallar en directo.
Qué planazo. No sé cómo no lo venden en cajas regalo.
Después de cenar, el plan oficial dice “descanso”.
El plan no oficial del Jamie Whitmore mediático habría sido bajar al vestíbulo, dejarse ver lo justo, saludar a dos sponsors, quizá permitir que una cámara captara mi perfil bueno junto a una actriz que no recuerdo haber conocido pero que luego Twitter decidiría que era mi prometida secreta.
El plan real consiste en subir a mi habitación, cerrar la puerta, quitarme la máscara y hacer una videollamada a una niña de seis años que cree que soy famoso porque sé dar toques con una mandarina.
Nathan responde al segundo tono.
—Llegas tarde —dice.
—Por Dios, otra vez no.
—¿Capitán de Inglaterra incapaz de cumplir horarios? Escándalo nacional.
—Estoy siendo perseguido por una narrativa.
—Maya, Jamie está siendo perseguido por una narrativa —grita hacia algún lugar fuera de cámara.
Maya aparece con Elsie colgada de la cadera y una cuchara de madera en la mano. Tiene esa cara de mujer que ha hecho demasiadas cosas por demasiadas personas y aun así podría destruirte con una frase dicha en voz baja.
—¿La narrativa tiene nombre?
—No.
—Entonces sí lo tiene.
—Me niego a declarar sin abogado.
Elsie se lanza hacia la pantalla.
—¡Tío Jamie!
Ahí está. El golpe bajo. La grieta exacta.
La demolición controlada de todo mi personaje público.
Puedo aguantar pitidos, titulares, marcajes dobles y preguntas de periodistas que empiezan con “la gente dice”.
Pero Elsie Hale diciendo “tío Jamie” me deja convertido en flan emocional con abdominales funcionales.
—¡Lady Elsie! —digo—. ¿Pero cómo has crecido tanto?
—Tengo seis años.
—Ya, pero eso no responde a mi pregunta.
—He hecho un león.
Desaparece y vuelve con una hoja de papel. El dibujo muestra una criatura naranja con melena, botas de fútbol y, por motivos artísticos que respeto profundamente, siete piernas.
—Es Inglaterra —explica.
—Magnífico. Mejor equilibrio que mi compañero Lewis Brooks.
Nathan, fuera de cámara, dice: