Tiempo de flor y de ceniza Amor y Café
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Amor y Café

Esperanza abrochó el último botón de su vestido de novia.

Ella misma lo había confeccionado usando un patrón que había guardado tiempo atrás, después de coserle un vestido a una clienta.

Aquel modelo, con encajes y satín dorado, era uno de sus mayores orgullos; la novia había quedado encantada, se veía verdaderamente hermosa.

Solo por eso Esperanza había conservado el patrón, sin imaginar jamás que algún día lo usaría para su propio vestido.

Claro que ella, siendo una mujer práctica, había usado muselina blanca en lugar de satín; no estaban para derrochar dinero en banalidades.

Además, quería un vestido que pudiera usar en otras ocasiones y la muselina resultaba mejor para sobrellevar el calor.

También había cambiado el diseño de las mangas para que fueran amplias en lugar de ser estrechas como el modelo original.

Y solo por rebeldía, porque después de todo, esa era su segunda boda, le había agregado botones rojos.

Y ahora, mirándose en el espejo, le pareció que había sido una buena decisión.

Le sentaba bien el vestido. Era elegante y a la vez «ponedero».

—¡Mercedes! Vení vos. Vení prontito —la llamó.

La sirvienta acudió apresurada a la recámara. Al ver a su patrona se quedó pasmada: se veía rebonita con ese vestido nuevo.

—¡Jo burro! Qué chula stá, señora —exclamó.

Sus palabras ofuscaron a Esperanza. No estaba acostumbrada a los piropos y menos en boca de su sirvienta, quien, por naturaleza, era callada y parca.

—Andá y buscáme el collarcito de mi abuela —pidió, sentándose en la butaca para acomodarse la mantilla en el cabello—. No lo encuentro por ningún lado.

Merceditas, que no acababa de salir de su sorpresa viendo lo linda que estaba su patrona, se sorprendió más todavía, porque le estuviera pidiendo semejante cosa. Buscó la mejor manera de hablar con la verdad sin avergonzarla y al no hallarla, replicó:

—¿No se acuerda, doñita, que me mandó a empeñarlo?

Esperanza dejó de peinarse.

—¿Cómo? ¿Qué decís vos? ¿Cuándo fue eso?

—Ya tiene rato, señora. Estábamos en Tapachula. Pero si quiere le traigo su collarcito de ámbar. Ese sí está en su joyero todavía. Igual ese es mejor. Ya ve que esa piedra protege del «mal de ojo» pue.

—Qué hablás, vos, Mercedes. El ámbar no quita nada. Es una piedra, mujer, como cualquier otra.

Mercedes no quería discutir, pero no resistió defenderse.

—Pos los santitos y vírgenes en las iglesias también son de piedra, señora, y asegún usté quitan males.

—Como sos de totoreca, Mercedes. Vos no entedés nada y por eso me canso de decirte que debés de ir a la iglesia. Andá, dejá de discutir y traéme la cruz de filigrana.

Mercedes acudió a acatar la orden, y en breve regresó con la joya. La ayudó a ponérsela y al hacerlo, una lagrimilla se escapó de sus ojos cansados.

—¿Ideay? ¿Qué te pasa, pues? —le preguntó Esperanza.

Mercedes se enjugó la lágrima, pero nada dijo.

—Andá que no sos sorda. Echálo fuera. ¿Qué tenés? —insistió Esperanza ahora con voz suave.

—Na, señora —contestó la sirvienta, tratando de controlar sus emociones—. Nomás quiero saber. ¿Se casa usté pa que podamos comer? Porque si es eso, no se case, pue. Mi Jerónimo y yo igual agarramos pa Tapachula y allá nos da un taco mi prima.

—¿Por qué decís semejante disparate?

—No queremos que se case a la juerza, pue. Usté ya bastante sufrió. Mi hijo y yo estamos agradecidos, pero no queremos que sufra más.

—Agarrá juicio, Mercedes —la amonestó cariñosamente—. Bien sabés que ustedes son mi familia. Mi única familia, ¿entendés? Además, no me caso por ustedes sino por mi propia voluntad.

Sus palabras no acabaron de convencer a Mercedes.

—Dígame la verdad, doñita. ¿No quiere usté ni tantito a don Luciano? Tan bueno que es él, pue.

La angustia dibujada en el rostro envejecido de la indígena enterneció a Esperanza.

Sabía que aquella pregunta nacía desde un lugar de cariño y que por eso merecía una respuesta sincera.

Pero ¿cómo explicarle lo que sentía por Luciano?

Su corazón era un enredo de hilos, un ovillo confuso donde el anhelo y la esperanza se enmarañaban con el miedo.

El carácter serio de Luciano, además de su manera reservada y taciturna a menudo la desesperaban ¡qué difícil era sacarle una sonrisa!

Y sin embargo, no podía negar que era un hombre responsable, sensato y leal.

Tampoco era mal parecido. A veces, cuando sus miradas se encontraban, la serenidad de sus ojos verdes y esa sonrisa contenida, cargada de amor y deseo, despertaban en ella sentimientos que creía olvidados.

Acabó de colocarse el velo con la peineta, dejó el cepillo, y abrazó a su sirvienta.

—Sí. Sí lo quiero un tantito —contestó ruborizada—. Andá pues, decíle a tu patrón que ya voy.

«Tu patrón» había dicho la doñita. Mercedes sonrió.

Eso era justo lo que hacía falta en esa casa y en la vida de su señora: un patrón joven y bueno como don Luciano, y además arrecho por ella.

Porque como bien decía el dicho, con amor la milpa es rancho y el atole champurrado. Ora sí se iban a enderezar las cosas.

Mercedes estaba por salir de la recámara cuando Jerónimo llegó apurado. Estaba recién bañado y vestido de limpio, con la camisa bien almidonada y los zapatos de cuero relucientes.

—Que dice el cura que se apuren. Don Luciano está como chucho con rabia. Bien nervioso, pue.

—Dígale que ya venimos. ¡Píquele!

El niño se quedó inmóvil, mirando con asombro a la señora que apenas se asomaba por la puerta de su cuarto. ¡Jo burro! ¡Qué bonita estaba!

—¡Échale jule a tu canía, pazguato! —lo apremió su madre.

Afuera, el aire estaba impregnado del olor a hierba recién cortada tras el chaporreo; era tiempo de limpia.

El azul intenso del cielo parecía un regalo nupcial.

Las mujeres se dirigieron al jardín, ese espacio que solía servir de almácigo antes de que Esperanza lo transformara nuevamente en un edén: un lugar sagrado y perfumado, poblado de dalias, tulipanes, gardenias y bugambilias.

En varias macetas florecían sus predilectas, las llamadas «donpedro», obsequio de María y Jerónimo cada vez que se perdían en el monte.

Los canarios cantaban alegres desde sus jaulas y los periquitos armaban alboroto, como si también supieran que era un día de fiesta.

Al final del jardín, bajo un arco nupcial adornado con ramas de café y hortensias, aguardaba el padre Camilo, enfundado en su sotana negra y la estola que Esperanza le había bordado años atrás.

Entre las manos sostenía su biblia de tapas gastadas, la misma con la que había bendecido tantos matrimonios.

Al lado del párroco, Luciano se mantenía erguido, ataviado con un traje de corte europeo.

Al verla aparecer, quedó embelesado: la recorrió con la mirada, hasta que sus ojos, cargados de admiración y deseo, se encontraron con los de ella.

Entonces sonrió abiertamente, como pocas veces sonreía.

Los primeros acordes del violín y la guitarra marcaron el paso de Esperanza por el caminito de adoquines. Avanzó inclinando la cabeza en señal de saludo hacia los pocos invitados: Benjamín, Amada y María, quien, desde la muerte de Julián, vivía en la finca San Francisco, junto con el Choco.

Mercedes y Jerónimo fueron los padrinos.

En el momento indicado por el sacerdote entregaron los anillos y tendieron el lazo nupcial que unió a los novios.

Terminada la ceremonia, el padre Camilo los bendijo declarándolos marido y mujer.

Animó a Luciano a besar a su esposa y él se volvió hacia Esperanza, tomó su rostro con una delicadeza que la desarmó y la besó en la mejilla.

El gesto bastó. Los presentes rompieron en aplausos.

Concluida la ceremonia, los novios salieron a los patios recién barridos.

En cuanto los trabajadores los vieron llegar rompieron en vítores y se acercaron a felicitarlos, entregándoles sus humildes ofrendas: calabaza en dulce, mazorcas tiernas, flores silvestres, y lana de sus borregos.

Los músicos reanudaron la música y la fiesta comenzó en grande.

Los peones bailaron como solo ellos sabían hacerlo: al estilo fandango, la dama y el caballero de frente, avanzando y retrocediendo al compás de la música.

Llamaban al baile «zapateado», aunque lo hacían descalzos.

A intervalos se oía el grito «¡Sala!» y las primeras parejas se replegaban para dar paso a otras dos.

Jerónimo no pudo resistirse y sacó a María a bailar.

Ella se mostró renuente al principio, pero pronto le agarró el gusto al baile y acabó luciéndose, lanzando cabriolas de más con alegría y gracia.

A la hora de la comida llegaron de la cocina los grandes cazos de barro llenos de guisos calientes y aromáticos.

Esperanza había hecho sacrificar la ternera más grande para destazarla y hacerla en barbacoa y caldo para la ocasión.

Se repartieron jícaras con carne y caldo, arroz y frijoles; de postre ofrecieron los pastelillos de limón en los que Mercedes se había esmerado, y para beber hubo café, chocolate y, por supuesto, el posh casero.

En medio del bullicio, Jerónimo tomó a María de la mano.

—¡Vámonos al agua! —le dijo jalándola.

No hizo falta insistir. Los niños corrieron al riachuelo y la Perra y el Choco fueron tras ellos, felices de escaparse del ruido y del alboroto de la fiesta.

Al llegar al arroyo se quitaron los zapatos nuevos que tanto lastimaban, sobre todo después del baile, y metieron sus pies ampollados en el agua fresca.

Corrieron por la orilla, atrapando cangrejos y correteando cuatetes; pescar una de esas iguanas no era cosa fácil.

En la arbolada buscaron semillas y se hartaron de comer jícaras de mono.

—Ven, mira que hay aquí —dijo Jerónimo señalando una choza que apenas estaba levantando cerca de las bodegas—. ¿Ves ese ranchito?

—Sí, pue.

—Será nuestra escuela. Don Luciano quiere que aprendamos números.

—¿Números?

—Eso dijo. Que si quiero ser caporal, primero tengo que saber contar. Ya se arregló con un maestro de Tapachula y con Anastasio pa que vaya por ti todos los días. Dice que todos los niños debemos estudiar.

María no supo qué decir. Recordó cuando su hermana Amada aprendía números con Moll Julián.

Le gustaba. Volvía a casa contenta. A ella, en cambio, el Tata nunca la había mandado a la escuela; su maestro era él, decía.

Y también Dios- Riox . Caso don Luciano no sabe que soy h’ilol ¿será?

, se preguntó. Los números no curan, pue.

Por otro lado, pensó, sería bueno estar con Jerónimo, y el sí ocupaba aprender.

Lento era pa cortar y lento pa andar era ese kerem . Pal campo no servía más que en caballo.

—Pos si don Luciano quiere, sta bien. Vamos voy a la escuela —dijo al fin.

Los invitados empezaron a despedirse en cuanto el sol comenzó a caer. El último en marcharse fue el padre Camilo quien, tomando del brazo a Esperanza, caminó cojeando con ella hasta la carreta.

—Pongo mi vida en prenda que seréis felices, hija —dijo palmeando su mano con afecto—. Y debo agradeceros por haberle dado albergue a María todo este tiempo.

—Vos querés hacerme llorar, ¿sí o no? —respondió ella sonriendo.

—Que no, que no, hija. Hombre, que hoy es un buen día. Demos gracias a Dios por ello, ¿vale? Ahora ayúdame a subir a la carreta, que el cuerpo ya me traiciona.

Entre Anastasio y Esperanza lo ayudaron a acomodarse. Desde lo alto de la carreta el sacerdote hizo la señal de la cruz y se despidió.

—Que Dios te bendiga, hija. Que bendiga tu matrimonio. Que bendiga esta tierra.

Al caer la noche se sentaron frente a la hoguera a tejer canastas con las varas del «bejuco arpón» como era su costumbre. Luciano, recostado en su sillón los observaba en silencio mientras fumaba. Mercedes sirvió atole y cuando terminaron de beberlo, se disculpó.

—Si no ocupan más, me retiro, señora.

—Buenas noches —dijeron todos.

—Tú también, muchacho —apremió a Jerónimo —. Vámonos a dormir.

—¿Orita mesmo? Pero mire que temprano pue, no tengo sueño —protestó él.

—¿Caso le pregunté eso? Ande, ¡píquele! —ordenó su madre.

Jerónimo obedeció a regañadientes.

Cuando por fin estuvieron solos, un silencio incómodo se tendió entre los recién casados. Solo se oía el chasquido de la leña en el fogón, y el zapateo de la lluvia sobre las tejas.

Al cabo de un rato, el mutismo de Luciano colmó la paciencia de Esperanza.

—Decí algo, Luciano, por Dios. Me ponés nerviosa.

Él se levantó despacio, se encuclilló a su lado, le tomó la mano y se la besó con ternura.

—No se hagá ilusiones, Luciano —dijo ella, retirando la mano—. Se lo dije clarito, me casé con vos solo para salvar la finca. Y nada más.

Luciano sonrió.

—Y yo también se lo dije antes, señora. Soy un hombre paciente. Sé esperar.