Tiempo de flor y de ceniza Cenizas
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Cenizas

Amada reclamó el cuerpo de Julián para darle santa sepultura de acuerdo con la tradición tzotzil.

Nadie se opuso. Después de todo, la madre de Julián también había sido indígena.

El padre, por su parte, estaba ausente; se había marchado a Alemania sin despedirse de su hijo, prefiriendo conservar en la memoria la imagen de Julián con vida.

En el ranchito, Amada y María prepararon el cuerpo y el alma- ch’ulel de Julián para el viaje al Otro cielo – Otra tierra.

Amada lo vistió con sus prendas más preciadas: calzoneras de gamuza, camisa de algodón, y las botas de campana que tanto le gustaban.

Sobre sus brazos cruzados colocó el sombrero de fieltro y junto a él las espuelas plateadas y su látigo, emblemas de su autoridad y carácter enérgico.

Pensando en su largo viaje, dobló varias mudas de ropa, y las acomodó debajo de su cuerpo, haciendo un colchoncito para que mitigara la dureza y frialdad del ataúd.

Lo peinó amorosamente y al hacerlo notó que tenía el ceño fruncido, incluso en la muerte.

Le acarició la frente, intentando suavizar la expresión de enojo, pero nada ganó con ello.

Moll Julián llegaría al lugar de los muertos enojado.

Con justa razón, pensó Amada, su padre, don Guillermo, le había negado sus tierras y ella le había negado su amor.

Tal vez si el destino no la hubiera cruzado con el kaxlan , su corazón habría aprendido a amar a Julián, pensaba Amada.

Si nunca hubiera descubierto el cielo en la diáfana mirada del extranjero, probado la miel de sus besos y sentido la fuerza delicada de sus manos recorriendo su piel, quizás entonces habría estado dispuesta a abrirle su corazón a Moll Julián.

Pero como fue, la Luna- Su la había guiado directo a la finca San Francisco, y allí había encontrado lo que más anhelaba: libertad.

El kaxlan la hacía sentir su igual. Su cómplice.

Con él podía hacer lo que quisiera y decir lo que quisiera también.

Nadie antes la había tratado con tanto respeto.

Ya no podía conformarse con menos. Aunque Moll Julián la hubiera convertido en su esposa, la felicidad les habría sido negada, tanto a ella como a él.

—No se amuine usté conmigo, Moll Julián —le dijo con cariño, acariciando su frente fría—. Lo queremos. ¡Harto lo queremos!, pero no pa ser su mujer. Usté es mi Xibnelil . Mi hermano mayor, pue.

A María no le resultaba extraño que Amada conversara con Moll Julián.

Aunque el alma- ch’ulel del difunto ya se había desprendido del cuerpo, ahí andaba todavía, rondando, escuchando todo lo que se hablaba sobre él.

Era tradición hablarles a los que partían y decirles todo aquello que quizás no se les había dicho en vida.

En el caso de Moll Julián, esto era aún más necesario pues había muerto durante un combate y su espíritu podía quedar errante.

Era preciso hablarle bonito y rezar mucho para que pudiera cruzar al Otro cielo- Tonátiuh Ilhuícatl e a descansar, y no se quedara vagando y causara males a las cosechas, a la gente o a los animales. Nadie quería eso para él.

—Por usté me puse esta blusa, solo por usté —le decía ahora Amada a Moll Julián con voz quebrada. Era el huipil de Zinacantán que él le había regalado, una blusa de flores bordadas con mucho colorido. ¡Qué bonita se miraba Amada con esa blusa! pensó María, a pesar del dolor en su rostro.

Mientras Amada le hablaba bonito a Moll Julián, María colocó cuidadosamente en el ataúd el resto de los enseres que acompañarían su tránsito: la vara que le serviría de báculo, un cordón para asirse y escalar obstáculos, una vela para alumbrar su camino, y provisiones de alimentos y agua, tanto para él como para obsequiar a sus ancestros.

Añadió hojas de maíz para apaciguar a los fieros animales que pudiera encontrar en su trayecto y gorditas de maíz para agradecer al pequeño perro que lo guiaría al cruzar el río caudaloso del más allá.

Cuando acabó, encendió cuatro velas de sebo formando una cruz alrededor del ataúd, marcando el rumbo para el regreso de su alma- ch’ulel.

Una vez que el cuerpo estuvo listo, las hermanas se abocaron a trazar sobre el piso el signo de la cruz utilizando arena, cal y flores, creando así el albergue para la «sombra» del difunto.

Hoy, tan pronto terminara el velorio, enterrarían el cuerpo, pero el alma- ch’ulel , esa sombra que aún permanecía, aguardaría nueve días más.

Durante ese tiempo la vigilia continuaría con cantos, rezos y ofrendas, hasta que, al terminar el novenario, se celebraría una nueva ceremonia, esta vez para «levantar la sombra» o cruz.

Llevarían la cruz al camposanto y la enterrarían en el sepulcro del difunto y entonces sí partiría Moll Julián al lugar a donde van los muertos.

Al día siguiente, las mujeres de la finca llegaron para ayudar y bajo la dirección de Lupita, molieron maíz, guisaron gallinas y prepararon café de la finca.

Sobre una mesa colocaron los alimentos mientras Amada y María levantaban un altar adornado con flores, velas y los manjares preferidos de Moll Julián: carne de gallina, tortillas recién hechas y un platito con frijoles.

Después de servirle al difunto, comieron los demás.

Más tarde llegaron los músicos con sus arpas y guitarras, y la vigilia comenzó con cantos y rezos.

Todo el espacio se impregnó con el aroma cálido y reconfortante de las velas y las flores. Era un ambiente solemne y espiritual.

El velorio transcurría cuando hicieron su aparición Benjamín y el señor Meyer acompañados por Luciano y Esperanza.

Poco después, el Picho llegó con la cuadrilla de hombres que durante años habían trabajado con Moll Julián.

Todos venían a presentar sus respetos al joven caporal, ese muchacho impetuoso y justo que sabía mandar.

Los ladinos aguardaron a que concluyera el rito del velorio; al recibir la señal de Amada, levantaron el ataúd y emprendieron el camino hacia el camposanto.

El cementerio, situado en el pante Las Nubes, cerca del ranchito de Amada y a un lado de la Casa Grande, era un lugar privilegiado con vista al volcán.

En un extremo de la parcela se alzaban las tumbas de los alemanes con mausoleos suntuosos adornados con hierro forjado, mármol importado y epitafios en sus lenguas nativas.

Al otro lado descansaban los trabajadores, cuyas sepulturas solo lucían sencillas cruces de madera.

Amada había pedido que Moll Julián fuera enterrado a un lado de su Tata y la fosa ya había sido excavada.

Hacia allá se dirigieron. El ataúd fue depositado cuidadosamente en la fosa.

En ese momento aparecieron unos hombres.

Por sus vestimentas, Amada supo que eran tzotziles: vestían las prendas que se usaban para ocasiones solemnes.

Al verlos, el corazón de Amada dio un brinco.

Eran los Abuelos, ¿será?, se preguntó nerviosa.

Venían por ella, ¿será? O pior tantito, venían por María, ¿será?

Hubo un tiempo, después de la muerte del Tata, en que habría partido con ellos sin dudarlo.

Pero ya no. Amada dirigió una mirada de angustia a Benjamín quien, comprendiendo su llamada silenciosa, se acercó discretamente a su lado.

El hombre de mayor edad, quien parecía ostentar la autoridad del grupo, se acercó a Amada. Ella, en señal de respeto, se arrodilló y ofreció su frente, permitiendo que el anciano la tocara suavemente con los tres dedos de su mano.

—Estás aquí- Li’oyote —la saludó, en tzotzil.

—Aquí estoy- Li’oyune —contestó ella también en tzotzil, sin alzar la mirada.

Al anciano le agradó que la joven supiera la lengua y respetara, hasta ese momento, el modo de su gente. Tomándola de las manos, la ayudó a ponerse de pie con delicadeza.

—Eres la nieta del gran h’ilol —pronunció.

—Sí. Yo somos soy Amada.

—Y la otra nieta, ¿ella es? —preguntó señalando a María.

—Sí, pue.

El tzotzil asintió y contempló a María con detenimiento. La niña sostuvo su mirada, firme y serena, sin pestañear.

—Ojos color ámbar. Ojos de jaguar —pronunció el hombre, deslumbrado—. ¡Juerte es su nahual!

El hombre hizo un gesto para que sus acompañantes se acercaran y vieran los ojos de María.

—Mírenla. El Sol- Chultotic está ahí, en sus ojos. Por eso sabe proteger, sabe sanar. Fuerte es su nahual, como el jaguar. Sabio su pensar. Sí, pue.

Amada nada dijo, pero dirigió una mirada furtiva a María.

Su hermana permanecía imperturbable; en su rostro no había rastro de temor, solo una genuina curiosidad.

Las palabras del hombre resonaban con la verdad, pensó Amada.

María era fuerte, capaz de enfrentarse incluso a la muerte.

Aquellas cosas raras que hacía, y que tanto le había reprochado, no eran sino dones de Dios y no obra del demonio.

Ahora lo sabía con certeza. Nunca debió de haberlo dudado, se reprochó. Su hermana era una niña buena.

El hombre sacó de su morral un documento y se lo extendió a Amada.

—El señor Julián Morales Toro hizo una promesa. Prometió casarse contigo y de ahí traernos a esta niña, la pequeña h’ilol , a San Juan.

Amada recibió el papel y lo observó, aunque ya sabía de qué se trataba; era una copia del registro, el «Papel que Habla», preparado por el escriba del pueblo y firmado por Julián.

Fingió leerlo con atención, mientras en su interior se debatía qué hacer y qué decir.

Al final soltó las palabras que salieron directamente de su corazón.

— Moll Julián es hombre de palabra, pero ya no stá.

—No, pue —respondió el tzotzil, moviendo la cabeza con gravedad—. Y por eso vinimos. Pa regresarle el papel y liberarlo del compromiso. No queremos que esté con el pendiente. Queremos que se vaya en paz con sus muertos.

Amada asintió y arrojó el «Papel que Habla» en la fosa sin comprender del todo las palabras del anciano.

—Tons no van a llevarnos a San Juan, ¿será? —preguntó para entender bien lo que estaba diciéndole.

—No. Eso no vamos a hacer. Si quieren venir, stá bien pero no vamos a llevar a la juerza.

Eso no. —Amada sintió desmayarse de alivio.

¡No quería separarse de su hermana!—. El tzotzil, dirigiéndose a María directamente agregó—: ocupamos a la h’ilol en el pueblo.

Hartos enfermos hay. Hartas almas perdidas que no saben el camino.

María se acercó con timidez y se arrodilló, tal como había hecho Amada. El hombre tocó su frente y la ayudó a incorporarse.

—No es tiempo —dijo la niña con convicción, clavando en él sus ojos ambarinos—. Los Señores hablan en sueños. No es tiempo, dijeron. Un día iré a San Juan pero ahora no.

El anciano recibió sus palabras con reverencia y respeto.

—Sea lo que digan los Señores, pue. Ellos hablan. Cuando estés crecidita vas.

—Cuando sea tiempo voy —replicó ella—. Vamos voy con Choco, mi chucho.

El anciano soltó una carcajada y los demás indígenas, atentos al intercambio, compartieron la risa con él.

—Sí, pue. Trae a tu chucho, y también la vara de tu abuelo. Cuando estés lista vas. Orita no es tiempo.

Amada, agradecida por el acuerdo, invitó a los tzotziles a que se quedaran al entierro y ellos aceptaron sin hacerse del rogar. Traían hambre, dijeron y estaría duro el regreso.

Al caer el Sol- Chultotic , los sepultureros tomaron sus palas y cubrieron el ataúd con tierra, vertiendo posh para expulsar las malas energías.

Cuando acabaron, taparon la tumba con hojas de pino y flores de cempasúchil para guiar a su alma- ch’ulel con su aroma y color.

Las mujeres dejaron de llorar y la música comenzó a sonar, transformando el duelo en una celebración de la vida de Julián.

En algún momento en medio de la celebración, las miradas de Amada y Benjamín se cruzaron. Él se acercó a la mesa de los alimentos, tomó un mango y se lo llevó. Con su mirada celeste, intensa y cargada de pasión, se lo ofreció en silencio, reteniendo sus manos unos segundos al entregar su ofrenda.

Ella sonrió con ternura.

—Se llama mango, kaxlan . Hay que pelarlo.