El convenio
En el Palacio Municipal de Tapachula, los Schmidt esperaban impacientes la llegada del interventor.
El interventor era la persona asignada por el Juzgado de Paz y Conciliación para resolver cualquier disputa sobre la tierra.
Sentadas alrededor de una gran mesa estaban las partes adversarias frente a frente.
A un lado los alemanes y al otro lado las personas que acudían en representación de los intereses de los indígenas, el Picho y Adolfo Meyer.
La atmósfera era densa y expectante. Don Guillermo evadía la inminente confrontación, sumergiéndose en la lectura de uno de sus preciados libros, el único que había logrado rescatar antes de salir huyendo a la posada del señor Schitnzle en Huehuetán.
Junto a él, doña Elena se mantenía con el ceño fruncido, la espalda erguida y el mentón alzado, de cuando en cuando miraba con desprecio a sus rivales.
Enfrente de ella estaba Adolfo Meyer, sosegado, acariciando su barbilla de chivo.
El Picho, apostado junto a él, disfrutaba ampliamente de la incomodidad de los finqueros, y respondía a las miradas de rencor de doña Elena con una sonrisa burlona.
La puerta se abrió y entró un hombre cuyas ropas reflejaban la moda europea de la élite, con corbata y sombrero de ala ancha. Se dirigió a la cabecera y depositó en la mesa un maletín. Lo abrió y extrajo una pila de documentos, una libreta y una pluma. Se quitó el sombrero y finalmente se sentó.
—Buenas tardes, dama y caballeros —saludó—. Mi nombre es Ramón Álvarez. He sido asignado a su caso que, según entiendo, es una disputa sobre la propiedad registrada como La Victoria, una finca cafetalera ¿es correcto?
— Ja, Herr Álvarez —se apuró a contestar doña Elena en alemán, dejando en claro su posición de superioridad—.
Mi marido y yo somos los dueños de La Victoria y de varias otras haciendas.
Esta gente organizó una revuelta y se adueñaron de nuestras tierras.
Hemos venido para que usted nos ayude a correrlos. No queremos más muertos.
El interventor lanzó una mirada fugaz a don Guillermo, esperando encontrar un gesto de respaldo hacia su esposa, pero lo único que encontró fue una mueca de desprecio.
Desde la muerte de Julián, don Guillermo no soportaba la presencia de su mujer.
La culpaba por lo sucedido, y se culpaba a sí mismo, por haberlo permitido.
El amor que por tantos años le había profesado a su mujer, elevándola a la categoría de musa, su propia Dulcinea, se había desmoronado.
Por primera vez la veía por lo que verdaderamente era: una mujer fría, ambiciosa y sin alma.
No le bastó con arrebatarle a su hijo; ahí estaba, aferrada a la tierra maldita que Julián había trabajado con tanto esmero y que ahora sería su tumba.
A él ya no le importaba el destino de la finca, ni el poder de la peonada.
Si estaba ahí, era solo para insistir en que su mujer no mintiera, cuando menos esta vez.
El señor Álvarez asintió.
—Bien, ustedes son los Schmidt—. Se puso los lentes, tomó nota en su libreta y giró su atención hacia el otro lado de la mesa.
—¿Cuál de ustedes es Petrono Pérez Canario? —Hacía la pregunta solo por educación, pues el aspecto de los hombres dejaba claro que uno era indígena y el otro extranjero.
—Yo mero soy, patrón, pero llámeme Picho. Así nomás —contestó el aludido.
El Picho dudaba mucho que ese ladino, tan arregladito y estirado, tomara su palabra en cuenta. Se alegró que estuviera ahí el señor Meyer. A él sí le pondría atención.
—Tengo entendido que usted viene en representación del personal de la finca, señor Petrono.
—Sí, pue. Vengo a reclamar lo que nos robaron estos señores a mí y a mis compañeros.
—Entendido. Y usted, ¿quién es? —le preguntó al alemán—. ¿Y en qué capacidad comparece?
—Mi nombre es Adolfo Meyer, Herr Álvarez. Trabajé en la finca como administrador hasta hace poco.
—¿Está aquí para apoyar a los finqueros o a los trabajadores?
— Nein . A ninguno de los dos. Yo no participé en la revuelta.
Tampoco defiendo a los Schmidt. Estoy aquí por Moll Julián, el hijo de don Guillermo, quien por desgracia perdió la vida en la batalla.
Julián fue mi jefe de campo. Fue mi amigo.
Yo sé por qué Julián lideró el levantamiento.
Y también sé por qué la peonada lo ayudó.
He venido para contestar cualquier pregunta que usted tenga. Nada más.
El señor Álvarez alzó la ceja, mostrando sorpresa e interés.
—Muy bien, habiéndose presentado las partes, damos comienzo a este proceso.
Ante nada quiero aclarar mi función: yo no soy juez y no estoy aquí para dictar sentencias.
Mi labor es escucharlos y ayudarlos a que lleguen a un acuerdo mutuo cuyos términos estén dispuestos a cumplir.
Si llegan a un acuerdo, el documento será formalizado ante un juez y deberá cumplirse. ¿Hay alguna pregunta?
Al no haber preguntas siguió.
—Les explico el proceso. Los señores Schmidt tendrán quince minutos para exponer su caso.
Nadie los va a interrumpir. Después usted, señor Petrono, tendrá el mismo tiempo para dar su versión de los hechos.
Nadie lo interrumpirá. Acto seguido yo, en mi capacidad de interventor, haré preguntas.
Al final, cuando queden establecidos los hechos, hablaremos de una negociación que sea aceptable para ambas partes.
Por lo tanto, le cedemos la palabra a ustedes, los señores Schmidt ¿cuál de los dos desea exponer su caso?
Don Guillermo señaló a su mujer.
—Mi señora. Este asunto es cosa de ella.
Doña Elena dirigió a su marido una mirada cargada de repugnancia. No le sorprendía que su inepto marido volviera a delegarle la responsabilidad. Siempre esperaba que ella resolviera los problemas, y después tenía la audacia de culparla cuando las cosas salían mal.
—Este asunto es cosa de toda mi familia —replicó con voz gélida—. Pero estoy dispuesta a explicarle lo que pasó.
Tras tomar la palabra, la alemana desgranó con vehemencia los detalles de la traición de sus empleados: la urdida conspiración que desembocó en el levantamiento, el tiempo robado bajo la sombra de la intriga y el hurto silencioso de herramientas convertidas en armas.
El ataque fue tan repentino que apenas lograron escapar con vida de la violencia brutal y desmedida de esos salvajes que nada entendían sobre las reglas de combate.
La finca, ahora dañada, requeriría meses de esfuerzo para repararla, justo cuando más escaseaban las manos para la cosecha.
Pero lo que más le dolía era la ingratitud, ¡tanto que había hecho por ellos!
, tantos años alimentando a sus familias, derrochando dinero en sus fiestas.
¿Y así le pagaban? Aquel compadrazgo al que ella se rebajaba solo por respetar sus costumbres se había desvanecido en un instante.
¿En dónde estaba su lealtad? ¿Con qué derecho reclamaban lo que nunca les había pertenecido?
Y aunque les entregaran la tierra ¿qué iban a hacer con ella?
, ¿cómo iban a manejar el negocio cuando ni siquiera hablaban castellano?
Cultivar una milpa era una cosa, y otra muy distinta exportar café al mundo.
—Que les quede claro, señores —remató, mirando con furia al Picho—. Si no devuelven la finca ya y se ponen a trabajar, pasarán hambre todos.
El rostro del interlocutor se mantuvo impávido. Cuando tuvo la certeza de que la alemana había terminado de hablar, continuó el proceso.
—Muchas gracias, señora Schmidt. Entonces, ¿cuál de ustedes desea presentar su versión de los hechos? —preguntó, dirigiéndose al otro lado de la mesa.
El Picho carraspeó antes de hablar. Tenía la garganta seca y hubiera dado cualquier cosa por un traguito de chicha .
—Pos yo digo que hable usté don Adolfo —le dijo—. Yo no sé de hablar así, largo y bonito como doña Elena. Como yo veo la cosa este asunto no es pa darle tantas vueltas. Los patrones nos robaron fichitas. Nos jodieron, pue. Nomás eso.
—¿Desea usted tomar la palabra, señor Meyer? —le preguntó el interventor al administrador.
—No es mi deseo entrometerme Herr Álvarez. Prefiero que me pregunte lo que quiera.
—Bien, entonces dígame, por favor ¿qué fue lo que orilló a don Julián y a la peonada a tomar las armas?
—Como ya dijo el Picho, la peonada se alzó porque les estaban robando.
El hijo de los Schmidt, el señor Kurt, tenía un arreglo con el contador para descontar fichas a los trabajadores.
Que yo sepa, ese dinero se lo repartieron entre los dos.
En cuanto a Julián, él jamás recibió pago alguno.
La finca sí cubría sus gastos, eso sí, pero nada más.
Moll Julián aceptaba ese arreglo, un arreglo peor que el de los asalariados, porque su padre le tenía prometidas tierras.
Cuando se hartó de esas falsas promesas, buscó a los caporales y juntos llevaron a cabo la embestida.
A decir verdad, Herr Álvarez, no me sorprende que se hayan levantado.
Durante mis años de experiencia me tocó ver demasiados abusos: mala paga, mala alimentación, hacinamiento, jornadas extenuantes, robo en la tienda de ralla, deudas contraídas con las que los peones jamás lograron liberarse del yugo del hacendado.
Más bien yo diría que se tardaron en levantarse en armas. Eso es todo lo que tengo que decir.
El interventor giró su atención hacia los Schmidt.
—¿Están de acuerdo con lo dicho por el señor Petrono y el señor Meyer?
—Por supuesto que no —zanjó la alemana, airada—.
Lo que acaba de escuchar son calumnias. En La Victoria tratamos a los empleados mejor que en cualquier otra finca.
Además, mi hijo no le robó dinero a nadie.
Es verdad que los últimos meses la peonada no recibió su sueldo completo, pero eso fue por la ineptitud de un contador que ya despedimos.
—Mientes —susurró en voz baja don Guillermo.
Doña Elena le lanzó una mirada fulminante.
—¡ Halt den Mund ! ¡Tú cállate! Dijiste que este es mi asunto, así es que ahora no te metas.
El interventor parpadeó y el Picho soltó una risita sagaz.
—En cuanto a Julián —siguió la alemana.
—¡No te atrevas a mencionar su nombre! —la volvió a interrumpir don Guillermo, temblando de furia.
Su mujer lo miró, sorprendida e incrédula. Jamás le había hablado de ese modo. Aunque su marido podía molestarse ocasionalmente, como cualquiera, nunca levantaba la voz, y mucho menos a ella.
Don Guillermo inmediatamente lamentó su arrebato.
— Verzeihung –perdón —dijo avergonzado—. Pero lo que dice Meyer es la verdad: le prometimos tierras a mi hijo Julián y no le cumplimos. No tienen idea de cuánto me arrepiento.
El dolor por su pérdida era evidente; hacía un esfuerzo visible por mantener la compostura. Nadie se atrevió a romper el silencio que se dio a continuación. Todos temían desbordar esa frágil contención que mantenía a raya los sentimientos del finquero.
Tras una larga pausa, don Guillermo aclaró su garganta con una tosecilla y habló con voz calmada.
—Jamás me interesó la finca y ahora mucho menos.
No quiero que esta reunión se extienda. Tampoco deseo perder mi tiempo, ni el de ustedes, señores.
En cuanto este asunto quede resuelto, regresaré a mi país, donde me espera Kurt, el único hijo que me queda.
Ignoro lo que quiera mi mujer, pero las propiedades están registradas a mi nombre y yo, como propietario legal, quiero ofrecerles lo siguiente: a los empleados se les pagará hasta el último centavo que se les adeude, don Picho, y además, les cederé las tierras que le prometí a Julián.
Ustedes podrán repartirlas como consideren justo.
—¿Qué estás diciendo? —brincó su mujer, furiosa.
— ¡Halte dich da raus! ¡No te metas! —la calló, en un despliegue de furia que doña Elena, en ninguna ocasión, había visto en él. La mujer enrojeció de vergüenza, se mordió la lengua y se retrajo.
—En cuanto a usted, señor Meyer —siguió el alemán—, le pido que retome su puesto como administrador. Le pagaremos un sueldo superior al que estaba recibiendo. Ojalá lo considere.
El Picho y Adolfo Meyer se miraron entre sí. La sonrisa burlona había desaparecido del rostro del Picho y por primera vez desde haberse sentado tomó el asunto en serio. El patrón había hablado como macho y además, le había llamado «don Picho». Ahora sí se podrían arreglar, pue, pensó.
—Pos por mí está bien, oiga —dijo el Picho—. Pero y ¿cómo sabemos que su señora nos va a cumplir si usté se va a su patria? Ya ve que la doña nos ha quedado mal antes, pue.
—Mi mujer se irá conmigo a Alemania, y el señor Meyer, si acepta el puesto, se quedará a cargo de la finca.
—¿Y quién te dijo que me quiero regresar a Alemania? —preguntó doña Elena, lívida de coraje.
El alemán le clavó una mirada de desprecio.
—Francamente, meine liebe , no me importa lo que quieras.
La mujer no pudo soportar la humillación. Se levantó abruptamente de la mesa, y salió del aula azotando la puerta.
Tras un breve silencio, el interventor se aclaró la garganta y retomó la negociación.
—Caballeros, el señor Schmidt ha hecho una propuesta para resolver el conflicto. ¿Qué dicen al respecto?
—Pos por mi está bien —dijo el Picho.
—¿Y usted señor Meyer?
— Ja, ich akzeptiere —contestó, mirando directamente al finquero—. Acepto con una condición, y es que contraten de nuevo a Herr Wolf. Necesitaré un buen jefe de campo si queremos sacar la cosecha.
—Cuente con ello —respondió don Guillermo.
Los hombres sellaron el trato con un apretón de manos.