Tiempo de flor y de ceniza El reencuentro
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El reencuentro

La batalla era un desorden. Los indios peleaban con sus machetes, jalando jinetes de sus caballos, repartiendo golpes, patadas y palazos.

Los soldados, en uniformes desgastados, disparaban a diestra y siniestra tratando de esquivar al rival que caía sobre ellos como una bandada de buitres.

El escandaloso impacto de los balazos era seguido por los gritos de los heridos y los alaridos de venganza.

Los caballos relinchaban, galopando en círculos, levantando polvo.

Olía a pólvora quemada, a sangre y a miedo.

María observaba la violenta escena desde la puerta de la bodega a donde había corrido a esconderse junto con Jerónimo.

Atrincherados detrás de los sacos de café veían hombres enredados que gritaban y caían.

Algunos clamaban ayuda. Otros caían en silencio y ya no se movían; sus cuerpos desmembrados a machetazos o acribillados a plomazos.

Esa era la escena de su sueño, pensó María, recordándola.

Un santo la había llevado a un lugar caótico y atronador para entregarla a los brazos de su hermana.

Y ahora ahí estaba. Su sueño se había vuelto realidad.

Por eso, a pesar del miedo que la abrazaba, sabía que nada malo le pasaría ni a ella ni a Jerónimo.

Pronto, muy pronto, estaría abrazándose con Amada y las dos se elevarían muy alto.

Nada ni nadie las podría tocar. Nadie las volvería a separar.

De pronto, a través del polvo y la humareda, vio al Picho.

El viejo caporal estaba arrebujado detrás de unas matas, quejándose. Estaba herido.

Sin pensarlo dos veces, María salió de su escondite y se arrastró hacia él, ignorando las protestas de Jerónimo que, al no poder detenerla, tuvo que seguirla.

—Don Picho, somos soy María —le dijo cuando lo alcanzó.

El herido esbozó una sonrisa débil al verla.

—Ven pa acá, niña —gimió—. ¡Arrimáte, pue!

María se acercó y vio que alguien lo había apuñalado en el brazo. La sangre brotaba con rapidez, empapando la tierra. Si seguía desangrándose así, pensó, se moriría prontito.

—Saca mi chicha —urgió él, señalando con el brazo sano su pantalón—. Sácala niña y dame un traguito. Anda.

María hurgó en el pantalón del hombre y enseguida encontró la botellita de aguardiente. La abrió, sostuvo la cabeza del herido y le dio de beber.

—Mi hermana, don Picho, ¿ónde está? —preguntó, con urgencia.

El rostro del viejo caporal se torció de dolor, pero a pesar de ello se esforzó en contestar su pregunta.

—En la Casa Grande. Ahí está, pue. Dame otro traguito.

María obedeció, y esta vez dejó que el hombre se bebiera todo el aguardiente.

—Lo vamos voy a curar —le dijo, dándole ánimo.

El Picho trató de hablar, pero perdió el conocimiento. María no perdió tiempo. Jaló la manga desgarrada, empapada en sangre, y con rapidez y precisión tiró de ella, sacando de la prenda una tira de tela.

—Tráeme un palito. ¡Púrate, pue! —le ordenó a Jerónimo. Cuando regresó, María hizo un torniquete usando la banda de tela y el palo. Lo amarró en el brazo lastimado, justo arriba de la puñalada. La hemorragia se detuvo inmediatamente.

Solo entonces la niña colocó una mano directamente sobre la herida, cerró los ojos y rezó.

No era fácil rezar con tanto bullicio a su alrededor, con ese olor que quemaba la nariz y con el corazón latiendo fuertemente en su pecho.

Se obligó a concentrarse y poco a poco los ruidos, los olores, y el miedo se fueron desvaneciendo, hasta que solo quedó el murmullo de su plegaria.

Jerónimo la miraba hacer, aterrado. Sabía que María intentaba un milagro.

¡Un milagro!, pero, ¿ahí mero? Ese no era ni el momento ni el lugar para dormirse, como solía ocurrirle tras obrar prodigios, pensó con ansiedad.

¿Qué tal que venían los soldados? ¿Qué tal que les brincaba encima un indio malo?

Si eso llegara a pasar, se dijo, se haría el dormido; mejor aún, se haría el muerto.

¡Eso haría! Se embarraría el cuerpo con la sangre del Picho y se tumbaría ahí mero, junto a María.

Esta vez, sin embargo, la santita apenas durmió. Despertó pronto, abrió los ojos y cuando retiró la mano de la herida del caporal, Jerónimo comprobó, maravillado, que el brazo había sanado. Ese tenía que ser el milagro más rápido del mundo, pensó.

—Vamos voy a la Casa Grande —le informó María, limpiándose la mano ensangrentada en el pantalón del Picho que ahí seguía, roncando como un bendito.

Se dispuso a irse pero Jerónimo no se lo permitió.

—¡Pérate! —exclamó, jalándola al suelo—. No podemos atravesar así nomás. ¡Nos van a matar!

María fijó en él su mirada ambarina llena de paz.

—La muerte- Kiimil hoy no nos lleva —le prometió con convicción—. No es su hora, pue. Hoy no.

Jerónimo quería creerle. Debería creerle después de todo lo que había presenciado con sus propios ojos.

¡Después de lo que acababa de ver! Pero estar ahí, en medio de aquel campo de guerra, escuchando los silbidos de las balas y viendo a gente caer y morir como moscas, le hacía dudar. El miedo se apoderaba de él.

Viendo su indecisión, María tomó el rostro de su amigo entre sus manos y lo obligó a mirarla directo a sus ojos:

—Confía en mi corazón- K’aot ch’ab ta yo’nton . Confía.

—Está bien —replicó él, no muy convencido—. Pero hay que entrar a la casa por detrás, porque mira cuántos guardias hay enfrente. No nos van a dejar pasar.

Jerónimo tenía razón, pensó ella.

—Yo sabemos cómo. Por acá, pue.

Los niños se metieron entre los arbustos bordeando la propiedad hasta alcanzar la parte trasera de la casa.

María, que conocía cada rincón, se dirigió hacia la entrada de servicio, esa puerta olvidada que nadie vigilaba y que daba directamente a la cocina.

María sabía, porque así lo sentía todo su ser, que ahí encontraría a su hermana.

Aquel espacio oloroso siempre había sido el refugio de Amada, casi un segundo hogar.

Avanzaron sigilosos desde el corral de los animales de cría, hasta ocultarse tras el espeso arbusto de las bugambilias, donde María solía desgranar mazorcas.

Desde ahí observaron la puerta, para cerciorarse de que no había nadie custodiando el acceso.

De pronto vieron salir a varias personas: un hombre alto, seguido por dos mujeres indígenas cruzaron el umbral con pasos cautelosos y miradas furtivas.

El hombre llevaba una pistola desenfundada.

Los niños lo reconocieron al instante: era el extranjero que acababan de ver en Tapachula.

—¡Amada! —gritó María, y sin importarle quien la viera, o lo que pudiera suceder, corrió a los brazos de su hermana.

María sintió que había llegado al Otro-Cielo. Qué suaves eran las manos que acariciaban su cabello, qué dulce la voz que la arrullaba ahí, en ese abrazo postergado que se alzaba sobre el caos de su entorno. Tal como había sucedido en su sueño, el abrazo las alzaba de todo peligro.

—¿Qué hace usté aquí, niña? —le preguntó Amada amorosamente.

—Ocupaba verla —dijo ella, entre lágrimas de alegría—. Mire lo que le traigo —dijo, quitándose del cuello el escapulario de San Juan.

—Bien te cuidó el santito —sonrió Amada, abrazándola de nuevo.

De repente el abrazo fue interrumpido por una voz colérica que provenía de la cocina.

—¿Dónde carajo están las mujeres?

Era Julián. Alguien contestó, pero la respuesta no se llegó a escuchar.

—¡Les dije que no la dejaran ir, carajo! —gritó iracundo—. ¡Búsquenla, pues, pendejos inútiles!

Benjamín hizo una señal urgente con la mano, apremiándolas a dirigirse al corral.

Allá fueron a refugiarse ellas y Jerónimo, mientras él permanecía atento con la pistola en alto, vigilando la puerta de la cocina y esperando a que en cualquier momento Julián saliera por ella.

De pronto se escuchó un alboroto en el corral.

Los animales hacían escándalo, anunciando que algo fuera de lo común estaba sucediendo.

— ¡Kaxlan ! —gritó Amada.

Al escuchar el grito de Amada, Julián abrió la puerta con una patada y apareció en el umbral.

Benjamín, sin darle tiempo de reaccionar, le asestó un golpe seco con la culata de su pistola en el rostro, derribándolo y arrebatándole el rifle en un solo movimiento.

Sin perder tiempo, corrió hacia el corral para auxiliar a Amada.

Adentro, dos soldados mantenían acorraladas a las mujeres en un rincón.

Ellas se abrazaban, sobrecogidas, mientras Jerónimo intentaba protegerlas con su cuerpo.

Al entrar Benjamín, los soldados le apuntaron con sus rifles, amenazantes.

Él dejó caer las armas y alzó las manos en señal de rendimiento.

—Déjenlos ir —pidió Benjamín.

Los soldados se miraron entre sí, confundidos. Aquel señor parecía ser alemán, quizás, incluso, era uno de los dueños de la finca, ¿por qué entonces estaba defendiendo a esos indios?

—¿Usted quién es? —preguntó el soldado que parecía tener más edad y autoridad.

—Mi nombre es Benjamín Wolf, conozco a los finqueros y vine a ayudarlos. Estas personas son inocentes. Déjenlas ir.

—No. No podemos hacer eso, señor —replicó el soldado—. Dice aquí mi compañero que a esta mujer la busca la ley —y al decirlo señaló a Amada.

El soldado joven se apuró a corroborar.

—Así es, señor. Tenemos rato buscándola. Mató a un caporal en esta mera finca.

—¡Eso es mentira! —exclamó Lupita—. Mi comadrita no mató a nadien, pue.

Benjamín hizo un gesto conciliador.

—Ustedes están aquí para defender la finca y no para arrestar a nadie. Olvídense de esta mujer y vayan a pelear, antes de que los indios nos maten a todos.

—Sí, señor. Vamos a ir a pelear, pero primero aprenderemos a esta fugitiva. Así que hágase a un lado y no interfiera con la ley —ordenó y luego, dirigiéndose a Amada, agregó—: está usted bajo arresto, mujer. ¡Vámonos!

Amada no se movió.

—¡Obedezca! —gritó el soldado, y como ella no lo hiciera, fue a agarrarla a la fuerza.

Justo entonces Julián irrumpió en la escena.

El cuchillo brillaba en su mano. Al ver que un soldado forcejeaba con Amada, se abalanzó sobre él.

Benjamín aprovechó ese instante, se arrodilló a recoger su pistola caída, y le apuntó al soldado joven.

Pero era tarde. El soldado ya había disparado.

El estruendo del disparo cortó el aire y Julián cayó de rodillas, herido por la bala que le atravesó el cuerpo.

— ¡Moll Julián! —gritó Amada.

Benjamín no lo pensó, apretó el gatillo y disparó al joven soldado, hiriéndolo en la pierna.

Amada, encendida por la rabia, se liberó del brazo que la retenía y se lanzó sobre su agresor, descargando golpes de furia.

Jerónimo, impulsado por el mismo coraje, brincó tras ella.

María y Lupita se sumaron al ataque y juntos, con manos aferradas al uniforme, forcejearon hasta derribar y desarmar al hombre.

Mientras tanto, Benjamín mantenía su arma apuntando al soldado herido.

Jerónimo hizo lo propio con el rifle del otro, en un tenso equilibrio de fuerzas.

Amada corrió al lado de Julián. Respiraba con dificultad y tenía los ojos vidriosos. Él la miró con ternura y sonrió.

—Amada…

—¡No se vaya, Moll Julián! —sollozó ella, tomándolo en sus brazos —, ¡no se vaya! Usté es el patrón. Échele pleito a la muerte- cham . No se vaya.

Julián alzó la mano con dificultad y le acarició la mejilla.

—Amada, arrima a la autoridad. Tengo algo importante que decirles.

Amada buscó con los ojos a Benjamín.

—Traiga al soldado. Rapidito, pue.

Benjamín empujó a su rehén, acercándolo al herido. Julián alzó la voz lo más que pudo y habló, deteniéndose al final de cada frase para respirar.

—Oiga bien, muchacho. Esta mujer no mató al caporal. Fui yo. Yo mandé a un indio, el Tuerto, a que le diera una paliza a don Macario. Quería ajusticiarlo por meterse con ella. Pero al Tuerto se le pasó la mano y lo mató. Eso pasó. Esa es la merita verdad.

Comenzó a toser por el esfuerzo, echando sangre por la boca. Amada puso un dedo sobre sus labios.

—No hable más, se va usté a poner pior.

Julián asió y besó la mano de Amada. Luego cerró los ojos y murió en sus brazos.

—¡No! —gritó Amada.

María se acercó a su hermana.

—¡Cúralo, pue! —exigió Amada—Tu eres h’ilol . ¿ónde están tus poderes?

Lágrimas corrían por el rostro de la niña.

—No podemos curarlo, Amada —dijo, quedito—.

El alma- ch’ulel de Moll Julián ya dejó su cuerpo.

Es su tiempo, pue. Murió por violencia- K’op y por eso su alma- ch’ulel andará cerca, siempre rondando, como el aire.

Es un alma en pena. Vamos voy a rezar pa apaciguarla y pa que se vaya prontito al Otro cielo – Otra tierra.

Las hermanas se abrazaron, sollozando.

En algún momento los soldados anunciaron la libertad de Amada, y solo entonces Benjamín y Jerónimo bajaron las armas.

Afuera, el enfrentamiento había llegado a su fin con la retirada de las fuerzas de la autoridad. Los soldados no habían logrado sacar a los indios de la finca. La Victoria había quedado en manos de ellos.

Entre todos llevaron el cuerpo de su líder, Moll Julián, al ranchito de Amada.

Ahí, con las velas encendidas, y el incienso humeando la choza, María rezó con fervor para que el alma- ch’ulel de Julián encontrara el camino de las flores y llegara al lugar de los muertos.

Amada se unió a su plegaria. Rezaron para que Julián encontrara paz en el Otro cielo – Otra tierra.

La paz que nunca había encontrado en este mundo.