El levantamiento
Lo único que rondaba la mente de Benjamín mientras avanzaban hacia La Victoria, era Amada.
¿Estaría a salvo? ¿Dónde estaría? El brincoteo parsimonioso de la carreta era un suplicio.
¡Le urgía llegar! Quería convencerse de que los indios no le habían hecho daño; después de todo, Amada era chamula.
Pero igual la inquietud no lo soltaba. Bien sabía que, pese a sus orígenes, los chamulas no consideraban a Amada su igual.
Decían que esa india bonita estaba «ladinada» por haberse criado fuera de San Juan.
Que había perdido el modo tzotzil. Además, Amada recibía un trato diferente, privilegiado, porque así lo exigía don Julián.
«Anda arrecho con ella» comentaban, y solo por eso no se atrevían ni a mirarla.
Pero si los jornaleros habían tomado la finca, estarían envalentonados.
Quizás buscarían cobrarse las injusticias atacando aquello que más quería el Mayordomo.
La posibilidad de que ese fuera el caso lo llenaba de ansiedad.
Y por más que trataba de acallar su mente, rechazando las imágenes que se arrejuntaban y lo atormentaban, no podía.
Lo único que lo tranquilizaba era la certeza de que, fueran cuales fueran las circunstancias en La Victoria, él sabría encararlas.
No era la primera vez que la vida lo empujaba al peligro.
Anochecía cuando por fin llegaron a La Victoria.
Por todos lados había evidencia del saqueo: matas arrancadas, el almácigo pisoteado, los animales fuera de sus corrales rumiando a la deriva.
Lo raro era que las bodegas, el beneficio y demás inmuebles estaban intactos.
Eso sí que era extraño. El fuego era la agresión favorecida por los indios; borraba la autoridad y humillaba al patrón.
Aquí, en cambio, no había evidencia de que se hubiera encendido ni una mecha.
Era como si los asaltantes no hubieran querido perjudicar las instalaciones de producción ni dañar los cultivos.
Quizás lo que querían no era destruir la finca y dañar con ello a los patrones, pensó.
Quizás pretendían apropiársela. Pero ¿para qué?
se preguntó mirando perplejo su entorno.
Los indios no podrían manejar el negocio por sí solos.
Necesitaban tutela. Mucho que aprender. Comenzando con aprender el castellano.
Sacar provecho de una finca como La Victoria no era tarea fácil, ni siquiera para él.
Los hombres se bajaron de la carreta empuñando pistolas y rifles.
—Espérenme aquí —les dijo Benjamín—. Voy a hablar con ellos.
El señor Schellenger lo tomó del brazo, deteniéndolo.
—No es buena idea. Lo van a hacer picadillo.
—No. Conozco a esos hombres. Eran mis caporales.
Luciano sintió la necesidad de intervenir.
—Con todo respeto, señor Wolf. Usted no conoce a los indios. Cuando se envalentonan, no escuchan razón. Es mejor que esperemos a que lleguen las tropas.
Anastasio, que hasta entonces solo había obedecido órdenes, soltó una risita mordaz desde la carreta.
—Las tropas no van a llegar, señores. Y si llegan serán pocos, pue.
—¿Por qué dice eso? —preguntó Schellenger, molesto con el carretero.
—No son tontos. Esta no es su bronca. No se van a echar a los indios encima así nomás. Y menos cuando los dueños de esta finca les están robando su jornada, pue. O al menos eso alegan. Usté sabrá si es verdá, kaxlan —dijo, hablándole directamente a Benjamín.
Era cierto. Benjamín lo sabía porque se lo había dicho Adolfo Meyer el día que le había presentado su renuncia.
« Hace bien en renunciar», había dicho el administrador, compartiéndole que en La Victoria todo iba de mal en peor desde que doña Elena había dejado el mando en manos de su hijo.
El muchacho, hundido en el alcohol y las apuestas, estaba arrastrando la finca a su desgracia.
Su último despropósito era ese, se estaba apropiando del salario de los peones.
—Los chamulas aguantan todo tipo de abusos, señor Wolf: que se les niegue el alimento y la medicina, que les cobren de más en la tienda de raya, que ultrajen a sus mujeres.
Pero su jornal es intocable. Ahí pintan su raya.
¿Cuánto tiempo cree usted que aguanten sin exigir lo justo?
En cualquier momento se nos echan encima con machetes, piedras y palos, o lo que tengan a la mano, para ajustar cuentas. Kurt es un idiota- er ist ein idiot.
Y ahora ahí estaban, tal como el administrador lo había augurado.
—Lo que dice Anastasio es verdad —admitió Benjamín—. Las cuadrillas no han estado recibido su jornada completa.
El alemán y Luciano se miraron entre sí, sorprendidos.
No podían creer que doña Elena estuviera cometiendo tal error.
La finquera tenía muchos defectos, pero tonta no era.
Sabía hasta dónde podía exprimir a los indios y sabía lo peligroso que era negarles su pago.
Además, nadie en su justa razón estaría provocando a la indiada cuando lo que más se necesitaba eran manos.
—Aunque ese sea el caso —comentó Schellenger después de una larga pausa—, estoy seguro de que el Coronel Antuñez no se quedará de brazos cruzados. La Unión de Cafetaleros del Soconusco no lo permitiría. Las tropas vendrán, se lo aseguro. Lo prudente es esperar.
Anastasio se alzó de hombros.
—Pos yo ya dije.
Benjamín no estaba dispuesto a esperar a nadie. La finca estaba tomada y ahora mismo lo único que necesitaba saber era que Amada estaba bien. ¿Dónde estaba? ¿Qué habían hecho con ella? Tenía que saberlo.
—Voy a hablar con ellos —dijo contundente. Saltó la barda ignorando las protestas, y se encaminó hacia la Casa Grande.
Cuando estuvo cerca, alzó los brazos en alto, en señal de paz.
—¡Picho! Soy yo, Benjamín Wolf.
Los hombres brincaron de sus bancas y le apuntaron con sus rifles. El Picho entrecerró los ojos frunciendo el ceño y trató de identificarlo, sin lograrlo. Cada día estaba peor su ceguera.
—Es el meco —le dijo un caporal—. Parece que viene solo.
El Picho inmediatamente hizo un ademán para apaciguarlos.
—Tranquilos. Bajen sus armas y déjenlo que se acerque. Vamos a ver qué quiere el patroncito —ordenó y dirigiéndose a Benjamín, le gritó—: ¡Arrímese, pue!
Los hombres bajaron los rifles y Benjamín avanzó hacia ellos.
—¿Ideay? ¿Qué hace aquí, patroncito? —le preguntó el Picho.
—Vengo a ver qué está pasando, Picho.
—Pos cómo usté ve. Agarramos la finca, pue.
—Esto no va a acabar bien, Picho. ¿Y los finqueros? ¿Dónde están?
—Tiene rato que salieron corriendo como alma que lleva el diablo. Sí, pue.
Benjamín nada dijo. El Picho le sonrió socarrón. Le caía bien ese meco .
—Esta no es su bronca, kaxlan . Hace usté mal en venir onde nadien lo ha llamado. Váyase a su finquita. Hágame caso. No se meta entre las piernas del caballo.
Benjamín ignoró el consejo y lo miró de lleno.
—¿Dónde está Amada? —preguntó, con un dejo de desesperación en su voz.
El Picho soltó una carcajada abierta y los demás, que miraban la escena muy atentos, rieron con él.
— No, pos sí. Ora entiendo —dijo el Picho, burlón—. Usté sigue cachondo con esa indita. Lo malo es que llega tarde, kaxlan . Aquí Moll Julián ya se comió el pichón.
Benjamín apretó los puños y resistió el deseo de darle un puñetazo en esa boca parlanchina. ¡Nunca dejaba de hablar! Con voz ronca volvió a preguntar.
—¿Dónde está Amada?
Justo entonces se abrió la puerta de la Casa Grande y Julián salió al porche. Llevaba su escopeta en la mano y al ver a Benjamín la subió y le apuntó directamente al pecho.
—¿Qué carajos hace aquí? ¡Lárguese antes de que lo mate!
Benjamín mantuvo la calma. La furia y los celos que ardían en la mirada de Julián lo delataban.
No, Julián no iba a matarlo sin antes sacar del pecho su coraje, pensó.
Lo odiaba y ese odio era porque Julián sabía —¡tenía que saberlo!
— que Amada lo amaba a él, y que aunque hubiera conseguido la bendición tzotzil, jamás lograría hacerla feliz.
—¿Dónde está Amada, Julián? —preguntó sereno.
—¿No me oyó? Le dije que se largara —rugió el aludido.
—No me iré sin verla. No me iré hasta saber que está bien.
Julián avanzó con el rifle alzado y Benjamín sostuvo su mirada sin dar un paso atrás.
Se clavaron los ojos con una intensidad feroz, retándose sin palabras, como si el mundo se redujera a ese duelo silencioso. Cada músculo tenso, cada respiración contenida, ambos midiendo la fuerza del otro, su coraje y su hombría, ninguno decidido a ceder ni un ápice.
—No te lo voy a volver a decir.
Benjamín vio de reojo que el Picho, quien parecía disfrutar de la escena, le estaba haciendo señas sin que Julián lo viera, indicando que Amada estaba dentro de la Casa Grande.
—Déjame verla —exigió Benjamín.
Julián tiró de la agarradera de la aguja hasta que escuchó el «clic» que lo armaba. Pegó la mejilla sobre la carrillera y alineó el ojo con la mira. Un leve temblor recorrió la mano de Benjamín. La acercó lentamente a su pistola.
Justo entonces se escuchó un grito seco, seguido por el ladrido de los perros y el relincho de caballos.
—¡Es la autoridad! —exclamó uno de los caporales.
Un grupo de soldados avanzaba hacia ellos, alzando polvo.
—¡Patrón, dé la señal a la indiada! —exclamó el Picho, nervioso.
Pero Julián seguía como estatua, con el rifle alzado apuntando a su rival.
—¡Dé usté la señal, patrón, si no, nos va a llevar a todos la chingada!
En un último momento, Julián desvió el cañón de su rifle, apuntó a los soldados y disparó al que venía enfrente.
El hombre cayó muerto. Julián asió el ocotero que el Picho le alargaba y lo alzó, meneando la lumbre hacia la majada.
Era la señal que los indios esperaban escondidos entre los cafetales.
—¡A ellos compañeros! ¡Que se acabe el yugo! —gritó Julián.
Al instante, una piedra voló desde las sombras y golpeó el casco de otro soldado.
Fue la chispa que dio comienzo a la batalla.
Los indios salieron de los matorrales y se abalanzaron sobre los uniformados.
Movidos por el deseo de justicia, luchaban con todo lo que tenían a la mano.
Los machetes brillaron, y el estruendo de los gritos llenó el aire.
La autoridad intentaba recuperar el control a fuerza de balas y órdenes.
El aire se llenó de polvo y del olor acre y picante de la pólvora.
Benjamín aprovechó el caos y se escabulló dentro de la Casa Grande.
—¡Amada! —la llamó, con el corazón palpitando desenfrenado—. ¡Amada! —Pero los gritos, órdenes, choque de machetes y el ruido ensordecedor de los balazos opacaban su voz.
Obedeciendo su instinto, corrió directo a la cocina y ahí, en una esquina, abrazada de su comadre Lupita, estaba Amada.
Al verlo, Amada corrió a refugiarse en sus brazos, sollozando.
—¡Ya estás aquí, kaxlan ! ¡Ya viniste! Ora sí vamos voy contigo, ora sí.