La fiesta de Corpus Christi #2
Cuando el desfile terminó, se dirigieron a la Plaza Principal a comer y a convivir con la comunidad, como era su costumbre.
La Plaza era el punto de encuentro de los cafetaleros que ahí se reunían a escuchar la marimba y a degustar de las delicias típicas de la región: tamales de chipilín, de bola, de jacuané, frijol escumite con chipilín y carne salada de res.
Había todo tipo de bebidas: pozol reventado, cacao, pinol y agua de chicha .
Para Jerónimo lo mejor eran los postres, ¡había tantos!
, puxinú, chimbos, gaznates, nuegados, pero su postre preferido eran las empanadas rellenas de manjar.
Esperanza se abrió paso entre las mesas de los portales, deteniéndose a saludar a sus conocidos.
Sus amigas las finqueras, a quienes tenía tiempo de no ver, Gloria, Amalia y Rosaura, estaban presentes con sus respectivas familias.
La única que faltaba era Elena. Rosaura la detuvo más de la cuenta, saludándola con entusiasmo y aspavientos.
Al parecer se había olvidado de su desaire la última vez que había visitado su casa, cuando había tenido que correrla.
Esperanza creyó, con alivio, que el incidente había dado fin a esa amistad cargada de hipocresía.
Pero no. Aquí estaba la señora, saludándola como si nada hubiera pasado, y atajándola con preguntas impertinentes.
—Dime querida, ¿es cierto lo que se dice por ahí?
—No lo sé, ¿Qué se dice? —preguntó, sabiendo bien la respuesta.
—Que estás comprometida con tu administrador —contestó la finquera, guiñandole el ojo con picardía—. No canta mal las rancheras tu italiano.
Esperanza sabía que su relación con Luciano era el bocadillo más degustado en Tapachula.
Y que esa mujer se había encargado de propagar la información.
Había todo tipo de rumores: que Luciano era su amante, que con la ayuda de la «santita» lo tenía embrujado, que Luciano estaba tratando de aprovecharse de ella porque, ¿quién en sus cinco sentidos estaría interesado en una viuda venida a menos como ella?
Las habladurías se esparcían venenosas no solo por la ciudad, sino por las fincas.
Esperanza había hecho caso omiso de ellas, pero hasta aquí llegaría el entretenimiento de aquella señora, portadora de calumnias.
—Si. Es verdad. Luciano y yo nos casaremos a la brevedad. Nunca hemos sido más felices.
Y tras decirlo se despidió, observando de reojo la mirada libidinosa que Rosaura le lanzaba a Jerónimo. ¡Era un asco esa mujer!
Buscaron la mesa más apartada y se sentaron a comer. En eso estaban, cuando un par de caballeros se acercaron.
— Guten Tag , doña Esperanza. Buenas tardes, Luciano. Un gusto verlos por aquí.
Luciano inmediatamente se incorporó y le extendió la mano.
—Señor Schellenger, el gusto es nuestro. ¿Nos acompañan?
—No, no se levante, Luciano, nosotros ya comimos. Solo queríamos saludarlos. Me parece que ya conocen a mi vecino, Benjamín Wolf.
Esperanza sí lo reconocía. Era ese joven extranjero que se había presentado sin cita previa para hablar con Elena.
—Claro, nos conocimos en La Victoria. Sos el caporal de Elena, ¿sí o no? —y antes de que Benjamín contestara preguntó—. Decíme, señor Wolf. ¿Dónde está Elena? No la he visto.
—No lo sé, señora —contestó él—. Desde hace unos días ya no trabajo en La Victoria.
Esperanza y Luciano se miraron entre sí. En las fincas siempre se necesitaban manos. Sobre todo, manos de gente capacitada como él. Esperanza dudaba mucho que Elena lo hubiera corrido. Lo más probable era que él hubiera renunciado, decidió. No era fácil trabajar para Elena.
—Escucháme, señor Wolf. Si necesita trabajo venga a La Concepción a platicar con Luciano. Seguro que llegan a un arreglo.
—Me dará gusto recibirlo —terció Luciano—. Lo esperamos en La Concepción, señor Wolf.
—Pues bien, no seguiremos interrumpiendo sus alimentos. Buen provecho —se despidió el señor Schellenger.
Solo que Benjamín no se movió. Estaba embelesado mirando a la niña sentada a un lado de doña Esperanza.
De cuando en cuando lo miraba con timidez y curiosidad.
Benjamín estaba acostumbrado a esas miradas por ser un extranjero alto y blanco.
A lo que no estaba acostumbrado era a los ojos como los de aquella chiquilla, ojos de jaguar, dorados y rasgados.
Tenía que ser María, se dijo. El padre Camilo se los había dicho: María estaba viviendo en La Concepción.
—¿Eres la hermana de Amada? —le preguntó para cerciorarse.
La niña asintió con la cabeza, bajando su ambarina mirada. No conocía a ese señor, pero estaba segura de que él era una respuesta divina. Era el milagro que la Hostia le estaba concediendo. De otra forma, ¿por qué mencionaba a su hermana?
—Ocupamos verla —dijo con voz llena de anhelo.
Esperanza escuchó el intercambio entre el extranjero y la chiquilla con asombro.
Sabía que Amada andaba de fuga. Sabía que la cocinera tenía una hermana pequeña.
Pero nunca sospechó que esa niña fuera María.
De haberlo sabido, jamás la habría aceptado en su casa, por mucho que se lo hubiera pedido el padre Camilo.
—¿Es verdad que sos hermana de Amada? —le preguntó, asombrada.
María volvió a asentir con la cabeza. Estaba al borde de las lágrimas. Con voz quebrada preguntó:
—Ocupo saber. ¿Buena está?, ¿mala está?, ¿ónde stá, pue?
Las angustiosas preguntas iban para Benjamín y él las contestó sin titubear.
—Amada está en La Victoria. Está bien. Nada malo le ha pasado.
Iba a agregar algo cuando escucharon voces de alarma desde la plaza.
—¿Qué está pasando? —le preguntó el señor Schellenger a un mesero.
—Según dicen se armó una revuelta en la finca de los Schmidt, señor —contestó el hombre, nervioso—. Dicen que la cosa se está poniendo fea, pues.
Luciano brincó de la mesa.
—Tenemos que ir a ayudarlos —dijo resuelto—. Jerónimo, corre por Anastasio y dile que venga a recogernos. ¡Apúrate!
El niño salió disparado a obedecer. Y Luciano, dirigiéndose a los hombres, agregó:
—Caballeros, tenemos dos carretas. En una carreta iremos directamente a La Victoria a defender la finca. En la otra mandaré a los niños y a las mujeres a La Concepción.
—Pero ¿qué decís vos, Luciano? —objetó Esperanza—. O vamos todos o no va nadie.
El alemán intercedió antes de que Luciano reaccionara.
—Lo que propone Luciano es lo sensato, señora. No sabemos qué tan mal estén las cosas.
Esperanza no iba a perder tiempo discutiendo con ese hombre que apenas conocía. Por su mente ya corría lo que debería de hacer. Justo entonces llegó Anastasio y los hombres rápidamente partieron, unos en caballo y otros en la carreta en la que se apiñaron más hombres armados.
El hijo de Anastasio llegó un poco después. Ayudó a subir a las mujeres y a los niños y partieron rumbo a La Concepción. A la altura del desvío, Esperanza dio la orden.
—Agarrá por acá —le dijo, señalando el camino hacia a La Victoria. Cuando el joven titubeó, alzó la voz—. ¡Andá prontito, pazguato!
Entonces María supo, con certeza, que la Hostia le había concedido el milagro. Hoy, por fin, abrazaría a su hermana.