La fiesta de Corpus Christi
La diócesis de Tapachula había convocado a los feligreses al festejo de Corpus Christi.
La fiesta se organizaba la segunda semana después del domingo de Pentecostés para celebrar la presencia de Cristo en la Eucaristía.
En la finca La Concepción, Esperanza terminaba de alistarse para asistir al festejo.
No podía faltar. Además, necesitaba hablar con el padre Camilo y compartirle su decisión.
Se casaría con Luciano lo antes posible y quería que el sacerdote oficiara la misa y les diera su bendición.
—¡Mercedes! Vení vos, atenida. Vení prontito.
La sirvienta llegó tan pronto pudo. Su cadencia era cada día más lenta y aunque nunca se quejaba, era obvio que las rodillas la traicionaban.
—Mirá que los chitos se pongan de limpio. No me hagán pasar vergüenzas. Apuráte que ya merito llega Anastasio a recogernos.
—Tiene rato que están listos, señora. Tempranito se bañaron, pue. Solo la niña no quiso ponerse zapatos.
—Descalza no va. Decíle eso, Mercedes. ¡Dios nos dé fuerza y paciencia para lidiar con esta!
—No, descalza no. Se puso los caites nuevos, pue.
—Está bien, dejála. Lo bueno es que en esta fiesta los niños se visten de indígenas a propósito. Andá por ellos Mercedes. Y andá también por don Luciano. No queremos llegar tarde.
—Don Luciano ya está esperando, señora. Solo falta usté.
El arriero llegó puntual a recogerlos con la primera luz del sol.
Esta vez Anastasio traía dos carretas por si acaso alguien ocupaba transporte en el camino.
En una carreta viajaron los adultos, Luciano, Esperanza y Mercedes.
En la otra María y Jerónimo. El carretero era joven también. Era hijo de Anastasio.
María estaba emocionada. Llevaba días esperando ese viaje pues tenía la certeza de que hoy vería a Amada.
Varias veces había soñado con ella. En sus sueños siempre aparecía la figura iluminada de San Juan, patrono de su pueblo.
María atesoraba el escapulario que Amada le había encomendado antes de partir.
En sus sueños, el santo la tomaba de la mano amorosamente y la guiaba hasta un lugar caótico y atronador, en donde había violencia, sangre, muerte.
Era un campo de batalla. No obstante, María no sentía miedo.
El Santo, amparándola con su divina presencia, la entregaba sana y salva en los brazos de su hermana.
Mientras otros caían a su lado, atravesados por balas o acuchillados, nada malo les pasaba a ellas.
Las hermanas se abrazaban y se elevaban muy alto, fuera de todo peligro.
En otro espacio se encontraban con el Tata, y tal como él les había prometido, eran uno con él.
María estaba segura de que hoy, en Tapachula, cuando se postrara ante la hostia consagrada, el Cristo resucitado le concedería el milagro de volver a ver a Amada.
La carreta comenzó el lento descenso, tambaleándose.
Con cada brinco que daban por los baches, los niños se reían divertidos.
El juego era ver quién soportaba más tiempo de pie, sin darse un sentón.
En una de esas Jerónimo casi se cae de la carreta por lo que el joven cochero ordenó que se aplacaran y que hicieran el resto del viaje sentados.
—¿Sabías que hoy también es el día de las mulas? —preguntó Jerónimo.
—¿Cómo así?
—Sí, dicen que hace muchos años un hereje retó a San Antonio.
—Hereje, ¿eso qué, pue? —lo interrumpió María.
—Herejes son esos que no creen en Dios. No creen en nadie, pue. No rezan.
María no supo qué decir. Nunca había conocido a una persona que no le rezara a nadie. Tras una pausa, Jerónimo retomó el hilo de su relato.
—Como decía, el hereje retó al Santo y le dijo: si encierras a tu mula y no le das de comer por tres días, y luego le pones enfrente un montón de heno por un lado, y una hostia consagrada por el otro, si la mula elige la hostia, creeré en tu Dios.
El Santo aceptó el reto y encerró a su mula, y luego, tres días después cuando la sacó, hambrienta, la mula ignoró el heno, bajó la cabeza hasta los jarretes y se arrodilló ante la hostia consagrada.
El milagro convenció al hereje y a muchos otros de que Jesús sí está en la hostia.
Desde entonces, en el día de Corpus Christi celebramos también a las mulas.
—Entonces vamos a celebrar a estas mulas, ¿será? —preguntó señalando a las mulas que jalaban la carreta.
—No, estas no. Estas tienen que trabajar.
Otra vez la niña no entendió. ¿Acaso no trabajaban todas las mulas?
—Ya verás que en el festejo venden muchas mulitas de paja —siguió Jerónimo—. Es por eso, por la mula de San Antonio. Es casi una santa.
Ese cuento era muy raro, pensó la niña. Las mulas que ella conocía solo se arrodillaban cuando les entraba el miedo, o si las entrenaban para hacer eso, y nadien las entrenaba porque ellas nomás no obedecían.
No «agarraban rienda» pue. Por muy santa que fuera la mula de San Antonio, si estaba hambreada, no le iba a tener miedo al pasto.
Se lo comería todito, pue. Pero ya no hizo más preguntas.
En vez de ello se concentró en mirar el camino.
La gente iba bajando de los cerros. Salían de las chozas de sus parajes, ufanos con sus flamantes atavíos de fiesta.
Al andar se hincaban ante las cruces que encontraban en el camino, que eran muchas, a llorarle a Dios su devoción o su agradecimiento por permitirles tomar parte en el regocijo del festejo.
Las mujeres vestían sus más vistosos enredos, nuevos chujs adornados, altos tocados de lana y alguna flor entre las gruesas trenzas del peinado.
El sombrero de los plebeyos se veía más basto y no tenía listones de seda.
Los hombres caminaban siguiendo huellas, mientras que las mujeres y criaturas se salían de las veredas y marchaban solas y a campo traviesa para evitar el encuentro con los varones que pudieran venir en sentido opuesto y que, aun siendo sus vecinos, no fueran sus maridos.
Tanto hombres como mujeres llevaban el cacaxtli de su mecapal cargado de gruesas flores silvestres, orquídeas de extraños colores extraídas del cerro, flores blancas de manzanilla y girasoles menudos de campo.
Con ellas debían adornar los exteriores de los altares de la vieja parroquia de San José, dedicada a la eucaristía.
La música se dejó escuchar y así supieron que estaban llegando a Tapachula.
Era una combinación de cantos eucarísticos y melodías autóctonas de tambor y chirimía.
La música se fue haciendo más fuerte conforme se iban acercando a la parroquia.
Las calles principales de la ciudad y el atrio de la iglesia estaban adornados con flores, papel picado y tapetes de aserrín de colores.
Una gran cantidad de devotos llenaba las avenidas, avanzando hacia el templo.
Se unían a la peregrinación las cofradías de San Juan, San Jerónimo, Santa María y San Sebastián, patronos de los cuatro barrios que acudían a la sagrada misa ese día para adorar la presencia viva de Cristo, presente en la eucaristía.
Anastasio detuvo las carretas justo enfrente de la Parroquia de San José, en el corazón de Tapachula.
La solemne misa estaba por comenzar. Descendieron presurosos, entraron al templo y se sentaron en las últimas bancas, todavía disponibles.
Esperanza inmediatamente se arrodilló y oró con devoción.
Tenía mucho que pedirle al Santísimo Sacramento.
Luciano, Mercedes y los niños aguardaron de pie a que el párroco comenzara la ceremonia.
María miró embelesada el ostensorio que encumbraba el altar. Era una pieza de metal precioso, dorado, que semejaba un sol radiante. En su centro, dentro de un cristal sostenido por una media luna, estaba la Oblea.
—¿Esa es la Hostia? —le preguntó a Jerónimo con voz baja, para cerciorarse.
—Sí. Es el cuerpo de Cristo.
—Queremos orarle —dijo y se arrodilló.
La aparente y repentina devoción de la chiquilla sorprendió y agradó a Esperanza.
Quizás le caía bien vivir en La Concepción, pensó, lejos de su gente y sus supersticiones.
Quizás esa siempre había sido su encomienda, convertir a la niña a la fe verdadera y con ello salvar su alma.
¡Cómo había cambiado esa chiquilla! Qué diferente se miraba ahí arrodillada, limpia y peinada, a la niña haraposa y destrenzada que había llegado a tocar su puerta aquel día.
Su modo también era diferente. Antes deambulaba por los pasillos como un fantasma.
Ahora se sentía su presencia incluso a veces bulliciosa y juguetona, como cualquier otra niña.
Mercedes insistía que María seguía haciendo sus «cosas raras».
Cosas que nadie podía explicarse. Pero Esperanza hacía caso omiso a sus protestas porque esas «cosas», fueran lo que fueran, se agradecían y no se reprochaban: encontraba objetos perdidos, adivinaba el clima con precisión, sanaba a los animalitos y a los peones, quienes acudían a ella cada día con más frecuencia.
Lo único que no había cambiado en esa criatura de Dios eran sus ojos raros.
Aunque ya no daban miedo, sino todo lo contrario.
Varias veces Esperanza había encontrado en ellos una mirada de cariño hacia su persona.
Eran miradas que le conmovían el alma. Tenía que reconocerlo: estaba encariñada con María y el día que el padre Camilo la reclamara, sería un día muy triste.
Terminado el sermón, los fieles alzaron el ostensorio y llevándolo en alto comenzó el recorrido por las calles. La música litúrgica acompañaba la peregrinación, mientras que unos hombres disfrazados de tigres bailaban la Danza del Calalá para pedir buenas cosechas y alejar a los malos espíritus.