El rechazo
Anochecía y los jejenes ya comenzaban a molestar.
Benjamín hizo un último corte a la manaca, juntó las palmas, las amarró y las arrastró, bajando del cerro, de regreso a la vivienda.
Estaba agotado y tenía hambre. Ansiaba llegar a casa y estar con Amada.
El final de la jornada era su hora favorita del día.
Amada solía recibirlo con uno de esos guisos exquisitos que solo ella sabía preparar.
Qué destreza la suya para encontrar ingredientes en ese bosque.
Plantas y frutas que el suelo y el clima de esa bendita región hacían posible disfrutar.
Bien decían los lugareños que en la selva del Soconusco nadie se moría de hambre.
Nadie excepto los mecos ignorantes como él que no sabían distinguir una planta venenosa de una comestible.
Por fortuna, Amada poco a poco le iba enseñando a identificar y disfrutar manjares que cuando era su temporada estaban al alcance de la mano: el chicozapote, la pitaya roja, el jobo, el mamey, el marañón y el caimito, entre tantos.
Pensar en esas delicias le dio más hambre, por lo que apretó el paso arrastrando las palmas detrás de él.
La rutina de cada noche era la misma. Después de comer, se sentaba con Amada bajo un cielo estrellado a tomar una taza de café de su propia cosecha, tostado en el comal.
Él fumaba un cigarrillo, y ella bordaba sus telas, o tejía figurines con los retazos de las palmas.
A veces no hablaban. Cada uno disfrutaba el silencio que todo decía y de vez en cuando sus miradas se encontraban.
Él sonreía y ella bajaba la mirada, sonrojada.
Las más de las veces platicaban, hablando de cualquier tema sin importancia, sus palabras arrulladas por el canto estridente de las chicharras que anunciaban lluvia.
Juntos disfrutaban del baile luminoso de las luciérnagas hasta entrada la noche.
En algún momento, en un acuerdo silencioso, apagaban la hoguera y entraban a la casa tomados de la mano.
Adentro, sus cuerpos se buscaban y se encontraban, y así, sin poder soltarse, se amaban con ansiedad y luego con ternura sobre el lecho, revolviendo las mantas.
Después, satisfechos y agotados, Amada buscaba el hombro de Benjamín para acurrucarse en él y acariciar los vellos dorados de su pecho.
Era entonces cuando Benjamín, embriagado por el aroma de su piel de canela y sus cabellos lacios y negros que olían a especias, a humo de leña y a flor silvestre, se felicitaba por haber tomado la decisión de mudarse a ese país.
Nunca imaginó que encontraría tanta dicha en México.
Amaba su tierra con la misma pasión que amaba a Amada, ambas relaciones sin ataduras.
Amada era la amante que todo le daba sin pedir nada a cambio.
La tierra era la esposa caprichosa de un matrimonio, a veces colmado de abundancia y otras de escasez.
Ante la naturaleza no quedaba más que rendirse.
Y rezar. Benjamín ahora comprendía la fe profunda de los indígenas que pedían clemencia a los dioses cada mañana. Como Amada.
Al acercarse a la vivienda el Choco salió a recibirlo.
Eso lo sorprendió. El perro no se apartaba de Amada ni por un segundo, pero ahora ahí estaba, ladrando furiosamente, como queriendo decirle algo.
La actitud del animal inmediatamente lo puso en guardia.
Soltó las palmas y se dirigió hacia la casa.
Antes de llegar supo que algo no estaba bien.
No había luz, ni leña en el fogón. La puerta estaba abierta.
Cuando entró vio el rebozo de Amada en una silla.
En la cocina había verduras a medio picar.
Algo había pasado, ya no le quedaba duda.
—¡Amada! —la llamó con voz ronca, pero nadie contestó.
Inquieto, bajó a la pocilga, sabiendo que ahí tampoco la encontraría.
Amada solía alimentar a los cerdos por las noches, después de que ellos comieran, para no desperdiciar los restos.
Nunca antes. Al verlo, los cerdos se aglomeraron, emocionados e impacientes, pensando que les daría de comer.
Amada no estaba ahí, y su inquietud creció.
Recorrió la milpa, llamándola a voces, apartando espigas al azar.
Ahí tampoco había señales de ella. ¿Dónde estaba esa mujer?
Una posibilidad surgió en su mente y enseguida trató de descartarla.
El río. No, Amada no se hubiera atrevido a bajar al río y arriesgarse a otro encuentro con el jaguar.
O al menos no por voluntad propia. El animal la hubiera tenido que arrastrar.
La posibilidad le congeló la sangre pero seguro que eso no había pasado, se dijo, tratando de calmarse.
Solo había una manera de saberlo con certeza.
Regresó a la vivienda, encendió una rama gruesa de ocote, asió su rifle y bajó al río.
Recorrió la orilla de arriba abajo, llamándola a gritos, moviendo la lumbre para espantar a cualquier animal que se acercara.
Lo único que encontró fueron los restos de un tapir.
El jaguar ya había comido y Amada no había sido su cena, pensó, sintiendo gran alivio.
Regresó a la vivienda y el Choco una vez más salió a su encuentro.
Se sentó a pensar, exhausto y preocupado.
El perro se acurrucó a sus pies gimiendo.
Lo acarició y encendió un cigarrillo para calmarse.
Ya no tenía hambre, solo ansiedad. Y con cada chupada a su tabaco, poco a poco comenzó a concebir el escenario más probable de lo que había sucedido durante su ausencia.
Alguien había revelado el paradero de Amada.
Alguien había ido a buscarla y se la había llevado a la fuerza.
No había otra explicación. Ella jamás se hubiera ido así nada más, sin despedirse.
Pero ¿quién se la había llevado? No la autoridad.
Tenía rato que ellos habían cesado de culparla por la muerte de don Macario.
La única persona que él conocía que seguía rastreándola era Julián.
Sí. Julián se la había robado. Un sentimiento de rabia e impotencia se apoderó de él.
Le enfermaba pensar lo que Julián podría hacerle a Amada.
Ese hombre era capaz de cualquier cosa. Arrojó su cigarro, asió su rifle y fue al establo por Modestine.
Aunque fuera a paso de mula, iría a La Victoria por ella.
No fue un viaje fácil. Modestine, agotada igual que él, avanzaba en una travesía ardua y arriesgada, en la que más de una vez tuvo que detenerse a encender la antorcha de ocote para iluminar el sendero y evitar desbarrancarse.
La fina llovizna, típica en esos tiempos de siembra, dificultaba esa labor.
Por fortuna, Modestine no puso oposición a los deseos del jinete.
Ni siquiera el escándalo estrepitoso de una rama que cayó justo enfrente de ellos la acobardó.
Mantuvo su ritmo lo mejor que pudo incluso en las empinadas veredas.
Benjamín estaba seguro de que la mula compartía su premura por encontrar a Amada. Ella la atendía con más cariño que él.
Amanecía cuando por fin llegaron a La Victoria.
La bruma se deslizaba suavemente entre los cafetales mientras los primeros rayos del sol teñían las hojas verdes y húmedas de las plantas.
El aire olía a tierra mojada, a leña quemada, y al aroma dulce que despedían los hornos del trapiche.
Los pájaros comenzaban su canto matutino y el murmullo de las voces de los pizcadores se esparcía por las matas.
A la entrada de la finca Benjamín desmontó para darle un merecido descanso al animal.
Continuó a pie, jalándola por esa última vertiente que llevaba a Las Nubes, el lote más alto en la finca, en donde estaba el jacal de Amada, junto a la Casa Grande.
Cuando por fin vio la vivienda, amarró a Modestine a un árbol y allá fue, el corazón latiendo con fuerza y anticipación.
Estaba seguro de que Amada estaba ahí. La pregunta era si estaba sola, o con Julián.
La duda nubló sus pensamientos y espoleó sus pasos. Desenfundó su rifle.
Alguien estaba adentro del jacal. Lo sabía por el olor a leña encendida con la que alguien alimentaba el fogón. Se acercó sigiloso. Tiró de la agarradera del rifle hasta que escuchó el «clic» que lo armaba. Justo entonces la puerta se abrió y Amada salió. Llevaba en la cadera un cántaro de agua.
Bajó el rifle y la llamó.
—¡Amada!
Amada giró y al ver que era él, soltó el cántaro. Este cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos.
— ¡Kaxlan ! ¡Aquí está usté! —exclamó, y corrió a sus brazos.
Se besaron apasionadamente, hasta que ella, nerviosa, rompió el abrazo. Miró a todos lados con cautela, lo tomó de la mano y lo metió al jacal cerrando la puerta tras de sí.
—¡Váyase ya, kaxlan ! —urgió con la ansiedad pintada en su rostro—. Si Moll Julián lo mira lo va a matar. Eso dijo. ¡Harto bravo stá!
Benjamín la volvió a abrazar, con ternura, tratando de calmarla.
—Julián no va a matar a nadie, Amada. No es tonto. Además, no me voy a ir sin ti. Así es que vámonos.
—Pero ¿ónde vamos, pue? Moll Julián nos buscará. Va a matarle él. Eso no queremos.
—Que no me va a matar, Amada. Primero lo mato yo a él.
—¡Eso tampoco queremos! —gimió ella.
Benjamín tomó el rostro de Amada entre sus manos y la miró con firmeza.
—Escucha. Ahora mismo tú y yo bajaremos al registro de Tapachula para casarnos. Cuando seas mi esposa estaremos amparados bajo la ley. Julián no podrá hacer nada para separarnos. Pero vámonos ya.
La tomó de la mano y la jaló hacia la puerta. Pero ella se soltó.
—No. No podemos casarnos.
Benjamín la miró sin entender.
—¿Por qué no?
— Moll Julián fue a mi pueblo y me pidió. Por eso. Los ancianos firmaron el Papel que Habla. Ya estoy dada. Vamos voy a ser la esposa de Moll Julián.
Tras decirlo se cubrió la cara con las manos y se dejó caer al suelo, sollozando.
Benjamín se acuclilló a su lado.
—¿Cómo es eso de que «estás dada»? ¿Eso qué quiere decir?
—No podemos casarnos con usté. No podemos.
Él la obligó a incorporarse. La abrazó. Le acarició el cabello y enjugó sus lágrimas.
—Sí. Sí podemos casarnos, Amada. Nadie, ni siquiera los ancianos de tu pueblo pueden dictar en tu corazón. Solo tú decides.
—¡Usté no entiende! —replicó ella con voz quebrada—. ¿No sta viendo? Somos soy tzotzil. Los ancianos mandan. La costumbre manda. No podemos casarnos con usté. No podemos. ¡Váyase ya!
Por su tono contundente Benjamín comprendió que el rechazo era irrevocable.
No había argumento capaz de persuadirla para desafiar las órdenes de los ancianos.
Sabía que Amada no amaba a Julián; estaba convencido de que su amor era para él, ¡muchas veces se lo había demostrado!
Entonces, ¿por qué lo rechazaba?, ¿por qué se negaba la posibilidad de ser feliz?
La respuesta estaba en la mirada atormentada de Amada.
Le recordó al hombre que él mismo había sido: prisionero de una vida sin sentido y a punto de casarse con una mujer que no amaba.
No había sido fácil romper esas ataduras, bien recordaba.
Y si lo había hecho se debía, quizás, a que era hombre, porque siempre había sido independiente, por el ejemplo de sus padres que desde niño le habían enseñado a defender su libertad a puño y espada.
Ese no era el caso de Amada. Ella era una mujer indígena sometida desde siempre por una sociedad ladina, clasista y racista, avalada por las costumbres y tradiciones de su propia gente.
No. Amada no podría romper esas cadenas sola.
Él tendría que luchar a su lado y ayudarla a reclamar su lugar y a exigir respeto.
No obstante, aunque así fuera, Amada no escaparía del ostracismo y el desprecio de la sociedad.
Ni su comunidad tzotzil, ni la sociedad huacalera la aceptarían.
La tratarían mal. Y él sería la causa de ese maltrato.
No podía permitirlo. No. La amaba demasiado.
Se le acercó, rozó suavemente su mejilla y le habló desde lo más hondo de su alma.
—Haz lo que dicte tu corazón, Amada. Lo que decidas está bien. Me conformaré. Me voy solo porque me lo estás pidiendo, pero estaré esperándote en la finca el tiempo que sea necesario.
Con eso la besó una última vez y se marchó.
Afuera, desató a su mula y se dirigió a las oficinas del beneficio. Necesitaba hablar con Adolfo Meyer para presentarle su renuncia. No podía seguir trabajando en esa finca.