Promesas rotas #3
Amada sintió lástima por él. Eso no iba a suceder. Lo sentía ahí merito en las costillas.
—Si no le dan la tierra, Moll Julián, nos quedamos en Chamula con María, ¿será?
—No. Si no me dan la tierra armaré una revuelta. Tendré que sacarte de aquí primero porque se pondrán feas las cosas. Si eso pasa, el Picho vendrá a avisarte, así es que estate pendiente y prepárate para cualquier cosa.
Amada lo miró con consternación y ternura, como se mira a un hermano.
—Usté es mi patrón. Usté manda. Pero no queremos revuelta.
Él la volvió a besar y ella lo dejó hacer. ¡Qué sabor tan amargo había en sus besos! No eran una caricia. Eran un reclamo. Un reclamo a la vida. El enojo que Moll Julián cargaba en su espalda, y que quería soltar, seguro pesaba más que diez tercios de leña.
Julián partió y Amada se quedó en la puerta, abrazándose con su rebozo.
Entre el escándalo nocturno y reconfortante del bosque, sobresalía el croar de las ranas.
Las ranas macheteras. O «machiteras» había dicho el kaxlan .
Y lo vio clarito con su mirada serena, celeste, el hoyo en la barba, el cabello amarillo de elote.
Vendría por ella, sí, y cuando lo hiciera tendría que rechazarlo. Lo dictaba el Papel que Habla.
Desde un árbol- chalum se dejó escuchar el ulular de un búho- Xooch .
Uh, uh, uh, uh, uh, uuuuuuuh.
Sintió un escalofrío y se abrazó más fuerte. Julián armaría su revuelta, pensó. Y habría muertos. No por nada cantaba el búho.
Julián se dirigió a la galera a buscar al Picho. Lo encontró profundamente dormido, roncando en su catre. Tuvo que sacudirlo varias veces para que se despertara.
—Picho. ¡Despiértate, cabrón!
El viejo caporal por fin abrió los ojos, y al reconocer a Moll Julián, se sentó sobresaltado.
—¿Ideay patrón? Ora qué pasó.
—Júntate a los caporales y tráemelos a la cocina.
—¿Orita? —preguntó extrañado.
—Si, carajo. Ahorita es cuando. Apúrate.
En la cocina despertó también al cocinero que ahí mismo dormía en su petate, resguardando la alacena.
A él le dio órdenes de hacer café. Mientras el hombre lo preparaba, encendió la leña del fogón.
Los caporales fueron llegando paulatinamente.
No acababan de despertarse, se tallaban los ojos y bostezaban, quejándose, estaban ahí a regañadientes.
¿Ora que quería el patroncito? ¿Tampoco los iba a dejar dormir, pue?
Así no iban a rendir la jornada, se decían, malhumorados.
Conforme fueron entrando se fueron sentando alrededor del fuego.
Se cubrían con sus zarapes de lana, arrimándose a las llamas, lanzando a Julián miradas de desprecio.
Julián los fue contando, y cuando ya estuvieron completos, orde nó al cocinero que les diera café.
El cocinero fue pasando los pocillos humeantes de barro, y esto mejoró el ánimo de los hombres y los despabiló.
Julián se sentó, tomó un trago de su café y encendió un cigarrillo.
—Por ahí me dijeron que el cajero no está pagando bien las fichas —dijo, yendo al tema que le interesaba—. Quiero saber si es cierto.
Los hombres se miraron entre sí. ¿Caso no estaba enterado el patroncito? ¿Cómo pue? ¡Él era el jefe de campo!
Nadie respondió. Algunos bebían su café y otros jugaban con el pocillo ya vacío, dándole vueltas. El Picho iba a hablar, pero Julián lo calló con un gesto de la mano.
—Que se quejen ellos —le dijo y, recorriéndolos con la mirada firme, altanera, volvió a hablar—: Entonces qué cabrones, ¿es verdad? Hablen de frente. Ya saben que no me gustan los chismes de verduleras.
El caporal del primer pante , que era el que más años tenía trabajando en la finca después del Picho, se aclaró la garganta, arrojó un gargajo y habló.
—Sí, pue. Es verdá. Ora nos pagan menos que don Macario, ¿caso no está usté enterado? Eso sí está raro patroncito.
Los hombres soltaron una risita desdeñosa, resentida. Julián la ignoró.
—No. No estaba enterado. Por si no lo sabe, yo nada tengo que ver con los dineros. A mí me toca sacar la cosecha. Nada más.
Su respuesta no convenció al caporal.
—Si usté na tiene que ver con los dineros, como dice, tons, ¿qué le importa que nos estén robando?
—Me importa porque a mí también me están robando. Por eso. Estoy harto de que me estén viendo la cara de pendejo. Ya es hora de ajusticiar a estos hijos de la chingada.
Esto sí sorprendió a su audiencia que de pronto lo miró con otros ojos: con ojos cómplices. El Picho se atrevió a hacer la pregunta que bailaba en los labios de todos.
—¿Y cómo quiere usté ajusticiar a los señores, Moll Julián?
—Mañana voy al Registro a que firmen los papeles de la tierra que me prometieron. Y también voy a exigirles que les paguen. Si no lo hacen, armaré una revuelta. Tomaremos la finca a la fuerza, señores. Así que prepárense. Vayan jalando gente. Esto así no se queda.
Un silencio pesado cayó sobre los hombres.
Solo el chasquido de la leña en el fogón rompía la quietud.
Los caporales se buscaron la mirada, y esta vez compartieron una sonrisa de asentimiento.
El Picho hurgó en su jorongo y sacó una botella de posh .
Se la empinó y se la pasó al caporal que estaba a su lado.
El aguardiente pasó de mano en mano, calentando gargantas y disipando temores.
Porque sí, al patroncito también lo estaban chingando.
Ellos vivían acostumbrados a esos abusos, pero él no, pue.
Se le notaba la rabia que tenía por dentro.
De seguir así, su ch’ulel iba a chamuscarse con tanto coraje.