Promesas rotas #2
—La gente debe encomendarse con Dios- Riox por lo menos, a lo que corre el año, tres veces.
Al principio, a mediados y al final. Para los rezos necesitan la ayuda del h’ilol .
La familia debe llegar en ayuno. Entonces ponemos velas, copal y plantas en su vivienda, y después en lugares sagrados y en las iglesias.
En cada lugar se reza seis veces. Por eso los rezos ocupan tres días.
Los ángeles- aj’elitiks abren las puertas de sus casas para escuchar y prodigar favores a quienes los buscan solo los jueves y viernes.
—¡Acá no podemos darles tanto tiempo libre! —protestó ella—. La pizca no espera, señor h’ilol .
El anciano giró la mirada para darle oportunidad al finquero de amonestar el tono irrespetuoso de su señora.
Pero nada decía su semblante. Nada decía su lengua.
Parecía no importarle el comportamiento majadero de la finquera.
Sintió ganas de dar la charla por terminada y marcharse, pero pensó en la gente que estaba perdiendo su alma- ch’ulel en esa finca de extranjeros.
Muchos de ellos venían de su paraje. Los conocía.
Por ellos estaba ahí, y no por ayudar a esos ladinos.
Se armó de paciencia y bondad para contestar.
—Señora, nadie recogerá el grano si sus pizcadores se enferman.
Lo primero es lo primero y lo primero es Dios- Riox .
Pero allá como usté guste. Usté nos mandó a llamar y aquí estoy estamos.
Pero si no le gusta mi consejo no se apure, mañana regresamos al pueblo.
Solo les pido que nos dejen descansar esta noche.
— Moment mal, bitte. Un momento, por favor —intercedió don Guillermo para alivio del h’ilol .
Por fin despertaba la lengua del finquero—.
Tomemos las cosas con calma, meine liebe .
Ahora mismo nos preocupa mucho la salud de un caporal.
Lleva años trabajando en esta finca y le guardamos aprecio.
Le pido que por favor lo cure, cuando menos a él.
La frase del finquero: «le guardamos aprecio» resonó en la mente del h’ilol . Miró detenidamente al alemán buscando la sinceridad en sus palabras. Y sí, decidió, aunque el hombre era débil e inútil, sí hablaba con el corazón. Además, mostraba el debido respeto.
—Lléveme a verlo y ya le decimos si podemos sanarlo o no —replicó él.
A Julián le tocó llevar al h’ilol a ver al enfermo. El anciano pulsó al caporal y escuchó sus síntomas atentamente. Después de evaluarlo ofreció su opinión.
—Sí podemos sanarlo —le informó a Julián—. Dile eso a tu patrón, kerem .
—¿Qué tiene? —preguntó él, sin poder contener su curiosidad.
—Tiene alteración- Me vinic —pronunció—. Esa enfermedad entra por el cuerpo y no por el alma- ch’ulel . Por eso podemos curarlo. Si la enfermedad llegara por muc’ta ch’ulel entonces no podemos sanar. Está prohibido que el h’ilol trate de curar. Pero eso no tiene el caporal. Él tiene alteración.
Era la primera vez que Julián escuchaba que las enfermedades «celestiales» no las curaba nadie. Solo Dios- Riox .
Don Guillermo aceptó agradecido la ayuda del h’ilol .
El anciano le había agradado desde un principio.
Quizás él podría ayudarlo a entender un poco más la cultura tzotzil, pensó.
Quizás, incluso, estaría interesado en aprender sobre las grandes obras literarias que atesoraba en su despacho.
Después de todo, el curandero hablaba la castilla como si fuera su primera lengua.
A Julián le dieron la encomienda de proporcionar cualquier menester que el h’ilol necesitara. Para curar al caporal el h’ilol recetó baños con cocimientos de raíz de zorra, caldos y reposo. En pocos días el enfermo sanó y regresó a atender su pante .
El rumor de que en La Victoria había un h’ilol prontamente atrajo más trabajadores.
Los finqueros, gratamente sorprendidos, ya no dejaron ir al anciano.
Le ofrecieron privilegios que pocos recibían en esa finca: la vivienda más codiciada cerca de la Casa Grande, comer en la cocina con los sirvientes, una parcela para sembrar, raciones de maíz, el derecho de apacentar animales, una nodriza que alimentara a su nieta pequeña hasta que pudiera masticar sus alimentos y trabajo para ambas niñas cuando estuvieran en edad de desempeñarlo.
El Tata aceptó con una condición: que su nieta, la Amada, asistiera a las clases con el tutor que habían contratado para la educación de Julián.
Los finqueros estuvieron de acuerdo. Desde entonces el Tata y las niñas vivían en la hacienda.
Ahora, al recordar aquel primer encuentro con Amada, Julián comprendió que no, que esa mujer no lo había embrujado con ningún menjurje. No lo había «endulzado», pues. Él mismo, desde el momento que la vio, con la escoba en la mano, le había entregado su corazón.
Diego tardó un buen rato en regresar y cuando lo hizo, no trató de ocultar su contrariedad.
—Dicen los patrones que pase usté al despacho del siñior. Orita vienen, pero le advierto que doña Elena está amuinada, como le dije.
Julián agradeció la advertencia, pero no esperaba menos de su madrastra.
Pasados unos minutos, los finqueros aparecieron en el despacho enfundados en sus ropas para dormir.
¡Qué vieja se veía doña Elena!, pensó Julián.
Tenía el ceño fruncido y los labios apretados y sus ojos eran un par de cuchillos.
A su lado su padre estaba encogido, frotándose las manos en ese gesto tan suyo que siempre ocurría cuando su hijo y su mujer hablaban, como ahora.
—Vaya hora indecente de venir a molestar —dijo ella, con voz áspera—. Lo que tenga que decir dígalo rapidito.
Julián esbozó una sonrisa llena de desdén.
—No se preocupe, señora, seré breve. Vengo a informarles que encontré a Amada. Está en el ranchito. Me voy a casar con ella, así es que necesito que me entreguen mi tierra. Quiero alzar una casa cabal.
Los finqueros, desconcertados por sus palabras, se miraron entre sí. Tras un segundo doña Elena se apresuró a tomar la palabra.
—Nos importa poco si quiere casarse con esa india, Julián. Hágalo. Pero ¿exigir tierra? Eso ni lo sueñe. La Victoria es patrimonio de mi hijo Kurt.
—Kurt será su hijo, pero quiera o no, es mi hermano. Mi padre aquí presente me hizo una promesa. Vengo a que la cumpla.
—Pues si mi marido le prometió algo, lo hizo indebidamente. Su promesa carece de validez legal.
—Pero sí tiene validez moral —rebatió y dirigiéndose a su padre agregó—: usted me dio su palabra de honor. No vengo a discutir y menos con su mujer. ¿Me va a dar la tierra o no?
—¿Pero de cuál tierra hablas, hijo? —preguntó don Guillermo con voz trémula.
—No se haga el pendejo —espetó Julián, sacando del pecho todo el resentimiento acumulado—. Usted sabe bien qué tierra. Y no me llame hijo. Si lo fuera no tendría que estar aquí, humillándome para exigir lo que usted me prometió.
Don Guillermo alzó las manos en un ademán sereno, intentando calmar los ánimos.
—Calma, Julián. Bleib ruhig . Me parece que aquí hubo un malentendido. Por supuesto que podemos asignarte un terreno para que ahí construyas tu casa y vivas con Amada el tiempo que quieras. Estoy seguro de que Kurt no tendrá ninguna objeción. Incluso, Amada puede regresar a la cocina a trabajar.
—En eso estoy de acuerdo —terció doña Elena, con tono más suave.
Extrañaba la deliciosa sazón de la cocinera.
Además, tenía que reconocer que necesitaban a Julián, sobre todo ahora que Kurt se negaba a asumir sus responsabilidades—.
Que trabaje en la cocina. Y no te preocupes, que nadie delatará la presencia de Amada a la autoridad.
Julián apenas pudo contener su furia.
—A la autoridad no le interesa encontrar a nadie, señora, y menos a Amada. Su caporal recibió su merecido castigo. Así que guárdese sus amenazas.
Sin esperar la reacción de doña Elena se plantó enfrente de su padre, obligándolo a verlo a la cara.
—Que le quede claro, don Guillermo. No vine a pedirle el usufructo de la tierra.
Vengo a exigirle el título. Oiga bien. Mañana mismo iré a la Oficina del Registro de la Propiedad en Tapachula.
Más vale que se presenten para hacer los trámites del traslado.
Se lo advierto: si no se presentan, tomaré lo que me pertenece por las malas.
Dicho esto, se dio la media vuelta y se marchó.
Afuera, la neblina abrazaba la tierra y ocultaba los senderos. Julián no necesitó encender el ocote para llegar hasta el ranchito de Amada. Conocía bien el camino. Apuró el paso. Hoy Amada sería suya. La tomaría a la fuerza de ser necesario. Como a su tierra.
Cuando llegó al jacal se llevó una decepción.
Lupita, la comadre de Amada, y su marido se encontraban con ella.
Tan pronto supieron del regreso de Amada habían acudido a verla.
Le llevaron agua, leña y comida para que pasara bien la noche; incluso se ofrecieron a dormir en el jacal, haciendo guardia, por si acaso llegaban las autoridades a buscarla.
Amada estaba agradecida con Lupita por haberle mandado algunos menesteres con el kaxlan , pero sobre todo por no haber divulgado su paradero.
La presencia de Lupita y su marido molestó mucho a Julián, pero tampoco pudo correrlos.
Quizás ya estaba dicho que Amada no sería suya del todo hasta que la hiciera su esposa.
Quizás el h’ilol , a pesar de estar muerto, seguía negándole la entrada a esa puerta.
Quizás primero tendría que acatar las tradiciones de matrimonio de su gente y entregarles a María, como había prometido.
Pues bien, eso haría. Él sí era hombre de palabra, se recordó. No era un embustero, como su padre.
Amada lo recibió en la puerta del jacal. Él la jaló hacia sí y la besó con ansiedad.
—Mañana me darán mi tierra, Amada. Y en cuanto eso suceda vendré por ti. Iremos a buscar a María para entregarla a tu gente en San Juan, como prometí. Ahí nos casaremos. Y en el pante más alto te haré una casa. No trabajarás nunca más.