Promesas rotas
Julián dejó a Amada en su ranchito en la finca La Victoria y se fue directo a hablar con los finqueros. Era tarde, pero lo que tenía que decir no podía esperar. Tocó la puerta de la Casa Grande varias veces con impaciencia, hasta que el portero por fin la abrió.
—Buenas noches, Diego —lo saludó. El hombre parpadeó, adormilado y confundido de ver a Moll Julián ahí, a esas horas.
—Buenas sean —contestó sin más.
—Diego, hágame el favor de decirle a mi padre que tengo que hablar con él.
El portero se mantuvo resguardando la entrada.
—Es tarde, oiga. La siñiora se va a amuinar.
—Me vale madres lo que diga su patrona. Llame usted a don Guillermo y dígale que es urgente.
El hombre titubeó un instante y después se alzó de hombros, en un gesto de resignación. Ese tono del patroncito no permitía desobediencia.
—Ta bueno. Pase usté —dijo, y lo dejó entrar.
El portero fue a cumplir la encomienda arrastrando los pies, y Julián entró a aquel «castillo del odio» sintiendo ese malestar que siempre lo asaltaba cada vez que cruzaba el umbral.
Los malos recuerdos seguían ahí, arrejuntados en su mente, fermentando como posos de café.
Lo único bueno de todo lo que había vivido entre aquellas paredes era Amada.
Nunca olvidaría el día que la conoció. Él era apenas un mocito escuálido con hartas ganas de hacerse hombre y ella una niña haraposa, muerta de hambre.
Recordó la escena como si fuera ayer. El sol caía detrás de los cerros, y en el campo las matas, cargaditas de cerezas, se estremecían bajo una suave llovizna.
El olor fuerte de la fruta fermentándose en los tanques permeaba el aire.
A él lo habían mandado a limpiar la caballeriza.
En eso estaba, barriendo y recogiendo estiércol, cuando un ruido llamó su atención.
Alzó la vista y vio a través de la distancia y la lluvia, la figura de un anciano que se acercaba puyando su mula con una vara larga.
Sus ropas eran de chamula. Su pobre chuj blancuzco estaba empapado y chorreaba mugre.
A su lado, montada en la mula iba una niña flacucha.
Era Amada. Su enredo y su huipil también estaban sucios y mojados, llenos de nudos, lo mismo que su cabello enmarañado.
Conforme se acercaron notó lo bonita que era a pesar de estar tan sucia.
A Julián le pareció extraño que llegaran así, solitos, sin enganchador o cuadrilla.
¿Qué andaba haciendo por esos lares el señor con una niña?
El abuelo le hizo señas para que se acercara y él obedeció, sin soltar la escoba.
Entonces su sorpresa aumentó. La niña tenía amarrada a su espalda a una criatura, cuyas piernitas colgaban del rebozo.
De reojo vio que el tanate del bastimento que cargaban en un costado de la mula estaba vacío.
Seguro llevaban días viajando sin probar tortilla. Han de estar hambreados, pensó.
—Llama a tu patrón, kerem —pidió el anciano en tzotzil, con voz fatigada.
Julián no podía arrancar los ojos de la niña bonita y ella tampoco soltaba los suyos. No se movió.
Justo entonces se escuchó la jiribilla de los peones que comenzaban a llegar de la pizca.
Terminada la jornada se dirigían al trote, aventando de pasada los canastos recolectores en los depósitos de grano, a lo largo del jacalón de la gallera.
El Picho venía con ellos. En aquel entonces era un hombre joven, pero desde entonces, cojeaba.
Julián corrió a alertarlo de la presencia del anciano y las niñas y él se les acercó dispuesto a despacharlos.
—Nuay trabajo. Nos sobran chamulas. Anda de vuelta a tu paraje —dijo, con desprecio.
El Tata sostuvo la mirada del hombre con fría impasibilidad.
—No queremos pizcar. No stamos enganchados. Somos soy el h’ilol. Su patrón me mandó a llamar.
El Picho lo miró de nuevo con más detenimiento. Observó los rasgos afilados, amarillentos y el porte haraposo. Daban la impresión de pobreza y no de autoridad.
—¿Usté es el curandero? —preguntó dudoso.
—Sí. Ya dije. Somos soy el h’ilol. —Y para demostrarlo alzó su vara de mando —. Vinimos de lejos y traemos hambre.
El Picho titubeó un segundo. Las palabras del anciano no cuadraban con su apariencia, pero tampoco era bueno contrariar a un h’ilol , pensó. Por si acaso, mandó a Julián a buscar a don Guillermo.
—Suelta esa escoba, haragán, y ve por don Guillermo.
Julián se apuró a acatar la encomienda. Su padre estaba en el cuarto de libros, leyendo, como siempre. Cuando entró, don Guillermo comenzó a regañarlo por interrumpir su lectura, pero al saber del anciano que lo esperaba afuera, ordenó que lo dejaran entrar de inmediato.
Julián titubeó.
—Viene con dos chamacas. Y están sucios. Traen hambre.
—¿Con dos niñas? —preguntó su padre muy sorprendido—. Pero ¿a quién se le ocurre viajar desde Chamula con un par de Mädchen ? —preguntó.
—No sé. No pregunté —contestó Julián.
Don Guillermo suspiró resignado. ¡Nunca entendería las costumbres del tzotzil! Lo que sí entendía era que tenían sus razones y que había que dejarlos hacer sin preguntar.
—Entonces dile al Picho que les den de comer. Y que los ponga en el rancho más cerca de la Casa Grande. Ya que esté comido y descansado que venga a hablar conmigo. ¿Verstehst du –entiendes?
El Picho llevó al abuelo y sus niñas a la cocina y ahí comieron con avidez, incluso la criatura desnutrida que no sabía andar.
A ella le dieron leche de burra. Saciada su hambre, el Picho ordenó a Julián que los llevara al ranchito más cercano a la Casa Grande.
Estaba en el pante de Las Nubes. Cuando llegaron ya había oscurecido, pero aun así Julián les mostró el pozo, para que sacaran su agua, y les llevó leña y lumbre para abastecer el horno.
Después se sentó a esperar debajo del guayabo con su ocote encendido, hasta que el anciano por fin salió.
—Vamos voy a hablar con tu patrón, kerem —le dijo.
¡Qué diferente se miraba limpio y ufano en su traje de fiesta el chamula!
Ahora sí parecía lo que era, según decían, el curandero más afamado entre la gente tzotzil.
Debajo de su nuevo chuj , este de color negro, brotaban albas las mangas de su limpia camisa de manta.
Los flecos que orlaban el chuj llegaban hasta las perneras, también blancas, del calzón de rodilla.
Pero lo que más le gustó a Julián fue su sombrero de palma fina con listones largos de seda de vivos colores que colgaban hasta su cintura.
Julián de repente se sintió orgulloso de ser su escolta.
Don Guillermo los recibió en su despacho.
No estaba solo, a su lado estaba su mujer, doña Elena.
Julián iba a retirarse, ya que no soportaba la presencia de esa arpía, pero su padre lo detuvo por si acaso necesitaba que tradujera sus palabras.
Eso no fue necesario. El anciano hablaba la castilla tan bien como cualquier ladino.
—Bienvenido- Willkommen a La Victoria —lo saludó doña Elena.
Al h’ilol le sorprendió que fuera la hembra la que tomara la palabra, pero nada dijo. Los kaxlanes tenían su modo. Además, algo ya había oído de que en aquella finca la voz de mando la tenía la señora.
Correspondió el saludo con una leve inclinación de cabeza, y se mantuvo en respetuoso silencio pues se notaba que la señora tenía harto que decir.
—Antes de abordar el tema por el que lo mandamos a llamar quisiéramos hacerle una pregunta. Nos han enterado que llegó usted a la finca con un par de niñas. ¿Quiénes son y dónde está la madre de esas pequeñas?
Al h’ilol le agradó que a la señora le preocupara el bienestar de las niñas. Quizás detrás de aquel frío semblante había un corazón que latía como todos.
—Las niñas son mis nietas. Mi hija fue una persona débil y enfermiza, nacida en Luna tierna a mitad del ciclo. Su alma- ch’ulel era débil, recibió un animal- vayielil pequeño y sin fuerza. Murió de parto.
—¿Y el padre?
—Ese hombre se perdió en el monte. Nada sabemos de él.
La finquera, aparentemente satisfecha con las respuestas, retomó el tema que a todos interesaba.
—Lo mandamos a llamar porque aquí cuando se enferma la gente se rehúsan a seguir las indicaciones del doctor —explicó—.
Dicen que usted es el único que los puede sanar.
No podemos seguir así, con la gente enfermándose.
Estamos en plena cosecha. Necesitamos manos.
Queremos que usted haga lo que tiene que hacer para mantener a esta gente sana.
El h’ilol escuchó con claridad el escepticismo en la voz de esa patrona.
Ocupaba de su ayuda, sí, pero no creía en sus poderes.
Era una ladina como tantas que tachaban al tzotzil como gente ignorante y supersticiosa.
Igual daba, pensó, al cabo que él tampoco estaba para convencer a nadie, y menos a ladinos extranjeros.
Su labor era sanar y no «salvar almas». Ese era el oficio de los hombres de sotana que predicaban en las iglesias de kaxlanes .
Se irguió dentro de su chuj y la miró apaciblemente.
—Si les ha pegado la enfermedad como usté dice, señora, seguro es porque se han olvidado la costumbre tzotzil.
—¿Qué costumbre?
El anciano se esforzó por elegir las palabras que pudieran caber en la mente estrecha de la finquera.
—La salud depende si uno cumple con Dios- Riox y sus deidades, el Señor Jesucristo, la Virgen, los Apóstoles del Cielo y los Apóstoles y Angelitic de la Tierra. A ellos hay que ofrendar, señora. Hay que orar en ese orden para no enfermar.
—¿Y cada cuándo deben hacer eso?